‘Normas de inseguridad’, de Almu Ballester

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Normas de Inseguridad, de Almu Ballester

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Madrid, 2017

221 páginas

Prólogo de Clara Obligado

Cuando me preguntan qué tipo de cuentos me gusta vacilo pensando si es posible elegir, dentro de la variada producción actual. Pero sí hay dos elementos que me parecen indispensables para que un texto tenga sabor, y que podría resumir en aquella máxima famosa que dice: “Todo buen cuento guarda un secreto”, que nadie sabe si pertenece a Erskine Caldwel o a Andrés Neuman o a la simple esencia lógica del género.El otro elemento indispensable, bajo mi punto de vista, consiste en la certeza de un trabajo lingüístico depurado.

Dicho esto, quiero añadir que me gustan los cuentos de todas las formas y colores, poéticos, patéticos, realistas, fantásticos, con o sin historia. Pero no me gustan los cuentos evidentes ni los que presentan una ignorancia del instrumento base de la escritura, y que es el idioma.

Me gustan los cuentos precisos y que, poco a poco, me obligan a asomarme a un abismo cuando yo sentía que me estaba asomando a una ventana.

Quizás la esencia de un buen cuento sea la levedad, lo que no termina de hacerse evidente, y los relatos de Almu Ballester transitan por este camino difícil. Al leer el libro, se disfruta de la ausencia de detalles, de lo oculto que salta a primer plano, y sé que estas historias permanecerán en mi recuerdo porque señalan la compleja aventura que supone vivir. Este oficio, quizá, no sea otra cosa que una herida que llevamos en la espalda, cartografiada por la escritura.

 

Personajes que hacen pan y la masa se les pega a las manos. Curas que confiesan en los pasillos del metro. Gente que mira escaparates. Chatarreros que dominan las matemáticas. Monjas que enseñan a escribir en pizarras. Palabras que dan risa. Retoques de fotos de difuntos. Vicios que terminan de golpe. Malas decisiones con los vendedores ambulantes. Revelaciones en casas recién reformadas. Heridas. Y mucha gente que se transporta, siguiendo unas muy pulcras y ambiguas directrices.

Normas de inseguridad es un compendio de anomalías. Irrupciones de lo extraño en vidas cotidianas de hombres y mujeres que llevan una talla de ropa que no creen haber elegido, con la continua sospecha de que tampoco es seguro que vayan a la moda. A los protagonistas de estos relatos les han dado un libro de instrucciones mal traducido. Y además el original está repleto de errores gramaticales. La inseguridad, como es natural, sigue sus propias normas. Por ejemplo, creerse que uno hace pan, cuando en realidad corre por un parque. Convencerse de que nos cogerán el teléfono. O de que no lo cogeremos nosotros. Decidir no mirar. Preferir quedarse con las siluetas y los dibujos y el olor del papel. Varias fórmulas para llegar a lo mismo: ninguna certidumbre. Aunque lo más probable es que andar seguros todo el tiempo resultara aburrido.

Seguir las normas tiene premio: un recorrido por el subsuelo madrileño, comentado por un grupo escogido de expertos en inseguridad.

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