Edna O´Brien devuelve la Yugoslavia más cruenta con ‘Las sillitas rojas’

Por Pablo Escudero.

Portada del libro ‘Las sillitas rojas’

¿Hay lugar para las obras maestras en el siglo XXI? ¿Tienen derecho los escritores a intentar escribirlas o están condenados a hacer el ridículo? ¿Y los lectores a esperarlas? ¿O debemos dar el panteón de las obras maestras por cerrado? ¿Qué es exactamente una obra maestra? ¿Se reconocen al instante? La historia parece sugerir que no, que los lectores y los entendidos no caen de rodillas de inmediato ante los libros que generaciones después se presentarán como obras maestras.

¿A qué vienen todas estas preguntas sobre obras maestras? ¿Quiero decir que Las sillitas rojas es una? No me atrevería a decir tanto. Empezando porque necesitan el poso del tiempo para acabar siéndolo. Me atrevo a decir que es un libro que no te suelta una semana después de terminarlo y que te perturba y golpea. Philip Roth, en la portada de la edición de Errata Naturae, afirma que: “La gran Edna O´Brien ha escrito su obra maestra”. ¿Ha escrito Philip Rorth alguna obra maestra, así sin más? Probablemente no si con ese nombre apuntamos a las verdaderas cumbres de la creación literaria. Roth sí ha escrito una obra importante, que define su tiempo, y que se leerá dentro de décadas. Este libro de Edna O´Brien apunta a esa categoría.

No he leído otras novelas de la autora, aunque parece que es bastante conocida su trilogía de Las chicas del campo, que en España ha publicado con cierto éxito la misma editorial. Y que añado que apunto en mis próximas lecturas. Por la sinopsis que encuentro me hace pensar en la tetralogía de Elena Ferrante, aunque esa relación puede no existir fuera de mi cabeza.

Al libro: Edna O´Brien ha escrito un libro de una ambición admirable. El libro llegará o no a la categoría de obra maestra, probablemente no. No obstante, es un libro escrito con la ambición con la que me imagino que se escriben esas obras maestras. Edna O´Brien parece haberse lanzado a su aventura literaria magna con más de ochenta años, una lucidez implacable y una prosa magistral. ¿De qué tratan las obras maestras? Independientemente de que la trama se sitúe aparentemente en un ballenero, en el dormitorio de un agente de seguros o en los círculos socialistas de San Petersburgo, las obras maestras hablan de los grandes temas universales: el amor, la muerte, el miedo, las traiciones, el horror. Las obras maestras, además, se escriben con la forma.

Las sillitas rojas es una novela que habla de todo eso. Es una historia de amor entre una mujer y un hombre. Es la historia de la traición de esa mujer a su marido. Es la historia de repudio de su comunidad hacia esa mujer. Es la historia de una mujer embarazada que no quiere ese ser que crece en su interior. Es una historia de violencia. Contra las mujeres. Contra todos los perseguidos y refugiados. Es una historia de horror y nacionalismo, que parte de la Guerra de los Balcanes. Alguien que allí ha encendido la mecha del horror a base de discursos poéticos y compromiso con la tierra en la que uno nace, a la que amará por encima de todo, se esconde de quienes lo persiguen. Acaba llegando a una pequeña localidad de Irlanda, donde monta un pequeño consultorio que está entre la medicina y la curandería. Ese curandero místico es también un poeta y un hombre con una voz profunda que convence a quien lo escucha. Ese hombre, que se esconde bajo el nombre de Vlad, recuerda inevitablemente a Radovan Karadzic, que se hace aún más explícito (aunque poco más explícito puede hacerse que cogiendo a un criminal de guerra serbobosnio con amor por la poesía que se escondió bajo la personalidad de un apacible médico alternativo) con un juego entre el alias de Karadzic durante sus años de huida: Dr. Dragan David Dabi, y el del criminal de guerra de O´Brien: Vladimir Dragan.

Las sillitas rojas toma su título de la conmemoración que se hizo en 2012 en Sarajevo, donde se colocaron 11.541 sillas rojas en recuerdo de las personas muertas durante los más de cuatro años de asedio de la ciudad. Esa cifra y esas imágenes son parte del motor de la historia. Los generales e ideólogos serbobosnios, con Karadzic a la cabeza, nunca admitieron haber cometido un genocidio. La novela está cruzada de excusas, de comentarios que afirman que las autoridades de Sarajevo manipulaban al espectador occidental, que allí no estaba muriendo tanta gente. Nunca se bajaron de ahí. Vlad tampoco admite las sillitas rojas. Son una exageración, una mentira.

La novela está escrita con un bello tono violento. A veces el lector queda confundido y no sabe si lo que está leyendo le impacta más por lo horrible que es o por lo fascinantemente bien escrito que está. Me ha recordado Lolita, de Nabokov, un libro que cuenta una historia horrorosa con un lenguaje y una construcción casi perfectos, quizá el máximo ejemplo de contradicción entre forma y fondo (consiguiendo así un efecto brutal en la conciencia del lector) que yo he leído. Aquí, a veces, cuesta trabajo no dejarse seducir, cuando el narrador entra en estilo indirecto libre y nos asoma a la cabeza de Vlad, por su discurso incendiario.

El tono es el ideal porque la Guerra de Yugoslavia de la década de los 90 fue una guerra de intelectuales y de poetas. De soldados también, claro, pero fueron los intelectuales enardecidos por el amor a la patria los que hicieron hervir la sangre que luego los soldados derramaron. Karadzic era un psiquiatra de prestigio y era un poeta laureado. Esos intelectuales convencieron a las masas de que su tierra estaba por encima de la vida de la gente. Autorizaron la matanza de inocentes, crearon el régimen del terror. Vlad habla enardecido por sus lecturas e interpretaciones de Shakespeare. Declama más que declara, parece tener la razón profética que poseen los poetas e iluminados.

La estructura encaja perfectamente con lo que se está contando. La novela tiene tres partes. En la primera vemos la llegada a la Irlanda rural (creo que no es casual la elección de Irlanda, aparte de por ser la tierra de la autora y donde parece haberse centrado su mundo narrativo, porque es un país también muy corroído por el nacionalismo y la religión y las creencias) de un misterioso curandero de barba y melena blanca, llegado de algún país del Este. Lo vemos asentarse y perturbar la comunidad a la que ha llegado. Vemos cómo el cerco policial se va ciñendo sobre él y cómo es su amor por la poesía el que lo hace caer, pues después de haber huido del pueblo regresa para una lectura poética y es en el autobús cuando lo detienen. La tentación es a veces deshumanizar al monstruo, hacerlo malo en todos y cada uno de los aspectos de su vida, hacerlo además de malo feo, guarro, desagradable, con voz de pito, pero es en estos detalles que lo acercan al ser humano sensible donde realmente descubrimos al monstruo, al monstruo mayor, el que se parece a nosotros en algunos aspectos, sin maniqueísmos.

La segunda parte nos cuenta la peripecia de Fidelma, la mujer que se quedó embarazada del monstruo (hay una larga historia en el pasado de Fidelma, la chica guapa del pueblo, que no ha podido tener hijos con su marido por más que lo ha intentado) y que al final de la primera parte es brutalmente atacada por sicarios de acento balcánico. Llega a Londres y se odia a sí misma. Odia al bebé y conoce a otras mujeres que huyeron de guerras y también odian sus cuerpos después de ser violados. Es la parte más descorazonadora de la novela. Terrible en algunas confesiones. Parece que sin lugar para la esperanza. Quizá porque hay veces en que no hay lugar para la esperanza.

La tercera parte nos lleva al tribunal de La Haya, donde van a juzgar a Vlad igual que juzgaron a Karadzic. Volvemos a encontrarnos con el pasado y lo enfrentamos en forma de trámites judiciales y burocráticos, quizá la parte narrada de forma más desapegada y otra vez un acierto, porque nos abofetea con más fuerza. Los que conocieron personalmente a Vlad entonces, los que lo conocieron en su disimulada forma de curandero místico, los que sufrieron los crímenes que la mecha de sus palabras encendieron, esperan lo que tenga que pasar.

Volvemos al principio. ¿Hay obras maestras en el siglo XXI? ¿En 2136 se hablará de la narrativa de las primeras décadas del siglo XXI como ahora se habla de Kafka, Proust o Joyce? Parece difícil, pero si es así, quizá quede un huequecito en los libros de texto del futuro para hablar de este libro lleno de horror y poesía. Por si acaso lo fuera, y por si acaso no, deberíamos leerlo ahora que lo tenemos a mano.

A leerlo.

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