‘La composición de la sal’, de Magela Baudoin

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

La composición de la sal

Magela Baudoin

Navona

Barcelona, 2017

125 páginas

El breve prólogo de Alberto Manguel es un recordatorio, extenso, de la teoría del iceberg aplicada a la literatura. Pero incide en el aspecto casi siniestro de las profundidades marinas en las que se hunde el iceberg: la conciencia oscura, la ballena blanca, las condiciones infames, la cadena trófica, los monstruos imaginarios y, sobre todo, que es no es el hábitat natural del ser humano. Ese, apunta, es el punto fuerte de estos cuentos de Magela Baudoin (La Paz, 1973), una propuesta con la que, si el lector acepta comulgar, no se topará con las tinieblas, sino con la víspera de las tinieblas. Baudoin no cierra los cuentos de la forma habitual, sino que nos deja servida la continuación de la historia que, eso sí, solo puede ser una, y por lo general poco amistosa. Destrocemos uno, el primero, Amor a primera vista. Mientras se nos habla de algo tan convencional como la decisión de una pareja para comprar un piso, ha aparecido brevemente la dueña del que más les gusta y apenas se dan dos detalles de ella: fuma y tiene peluca. Baudoin no lo menciona, pero si uno pone su imaginación en juego, el final está condicionado por esos dos datos: lo que fuma es marihuana y lo hace por prescripción terapéutica, dado que padece un cáncer terminal. Esa parece la conclusión más plausible, el fondo del océano que Manguel comenta.

Esa sensación de tener conciencia de que siempre hay algo más y que la emoción o acto tiene un peso superior a lo que vemos, se cimenta en un pasado común, pues siempre versan los relatos sobre las relaciones humanas, y por lo general sobre las relaciones entre dos personas. Los demás actores quedan un poco al margen, son parte inevitable del acto. Y los vínculos afectivos pueden ser de enamorados o desenamorados, familiares o sacando cadáveres de los armarios de las familias. Y así consigue que existan temas en el relato. Por ejemplo, el que trata sobre la inevitable atracción de la histeria, algo que confundimos con una personalidad enigmática. Y, sin embargo, cuántos no nos hemos visto superados por esa atracción. O la descripción que hace de la difícil edad de la adolescencia, situándonos en un contexto extremo, donde no existe el padre ni siquiera por ausencia. No faltan los vínculos platónicos, las inexplicables lágrimas que, posiblemente, lleven toda una vida esperando para asomarse, un concepto de moral que nos consume como brasas de cigarro, una terapia exprés cuando se rompe con la pareja para reconciliarse con la infancia, los choques de creencias o el primer vistazo al mundo para darse de bruces con una de sus caras más amargas. Mención aparte merece Borrasca, donde Cumbres borrascosas se convierte en una metáfora emocional sobre la que hablan la abuela y la nieta en un día de playa con mucho sol. Aunque podríamos haber elegido cualquier otro, pues ese océano en el que flota el iceberg es lo cotidiano, algo de lo que no se aparta Baudoin, algo que convierte en un estilo literario.

A favor de la luz

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