María Negroni: deletérea disposición de avanzar

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Exilium

María Negroni

Editorial Vaso Roto

Por José de María Romero Barea

Meras etiquetas, las cosas son apenas significantes, “objetos indebidos/ en el kiosco del cielo”. Hay cuerpos, pero no se nombran, “silencio/ de animales/ blancos/ tras una luz/ pensante”. Preocupaciones gravitan en torno a la búsqueda de “un tesoro/ ni verdadero ni falso, / con su follaje de labios”. Lo repetitivo es apenas una cualidad de la voz que persigue su tema. El sentimiento, la antítesis impenetrable de lo carnal, la dura negación de lo humano, “aureola de cintas (…) de retroceso en retroceso”. La belleza se reconoce como parte del proceso continuo de lo natural, parte de una erótica, orgánica calidad “con vocación de incerteza”.

En los poemas de Exilium (Vaso Roto, 2016) la escritora, poeta, ensayista y traductora María Negroni (Rosario (Argentina), 1951) se dedica a extraer juegos de palabras de su experiencia vital: “tinieblas lúcidas/ (…) militancia/ a favor de las cicatrices”. Sus composiciones son menos apotegmas que bocetos surrealistas, enunciados con el ritmo entrecortado de un anuncio televisivo; el colapso de las literaturas, a veces, cabe en dos versos: “Noche fundamental/ que se escribe sola”.

Una forma cada vez más expansiva permea un conjunto a golpes de imaginería: líneas compactas desembocan en tensas estrofas que privilegian lo efervescente, lo sincopado, el eco interno a la rima: “Muchos pájaros/ para tan poca/ emoción desabrigada”. Un romanticismo melancólico se hace eco de Rilke y Mallarmé, así como de las posteriores generaciones de expresionistas: Paul Celan, los poemas simbolistas de Mandelstam, poetas como Emily Dickinson o Edgard Allan Poe.

Diríase que la novelista de La anunciación (2007) conoce los trucos del oficio, pero los evita, con la inocencia de la que acaba de descubrir el mundo, “la daga poderosa/ de la claridad”. Su lírica, medida y controlada, nace casi totalmente desprovista de especificidad. Sucede en paisajes jamás arquetípicos: “Por las sendas del sol/ poco se ve”. Genera ámbitos de significación mítica, poblados sólo en su forma genérica de “lección/ de tinieblas, / de una estela sonora que hace antiguo lo antiguo”.

En Exilium, la Premio Nacional del Libro Argentino se exilia a su libro para denunciar el detritus de nuestras aspiraciones y la ruina de lo sentimental, “esa impureza que sueña/ sin referentes”; habla para condenar al lenguaje y su representación; redefine la identidad, la ausencia y la percepción. Habitan su lirismo panoramas apocalípticos, vulnerables a los ladrones: “¿Cuánto es nada?”. Plegarias seculares se solazan en la intensidad de la abundancia, se lamentan por los muertos, se burlan de los vivos: “En el cielo/ se desnuda una/ sombra”. Difícil no encontrar estas suposiciones de libertad embriagadoras. La buena poesía nos demuestra un valor impar, contemporáneo, postfeminista:  pese a todo, la deletérea disposición de avanzar.

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