“En busca de Spinoza”, de Antonio Damasio (I)

Por Ignacio G. Barbero.

Este libro, publicado en 2005, busca comprender qué son los sentimientos y las emociones y qué papel juegan en nuestra manera de relacionarnos con los demás, en nuestra forma de habitar el entorno que nos ha tocado en suerte, en nuestro ser y estar en el mundo. Su autor, el neurólogo portugués Antonio Damasio, afirma en él que “los sentimientos de dolor o placer, o de alguna cualidad intermedia, son los cimientos de nuestra mente”; nosotros no somos conscientes de eso porque vivimos la realidad en ellos y a través de ellos. Ignoramos su naturaleza. Por tanto, una investigación que permita esclarecer sus mecanismos nos será de enorme utilidad.

SPINOZA Y DAMASIO

Los afectos

Damasio considera que toda meditación en torno a la esencia de los sentimientos y emociones tiene que aludir, en mayor o menor medida, a Spinoza, pensador holandés del s.XVII; sus argumentos, opina, no han perdido vigencia. Para contemplar estos y juzgar críticamente su importancia e influencia en las teorías que nos ocupan, las cuales expondré posteriormente, hemos de acudir a la tercera parte de la “Ética” spinozista, titulada “Del origen y naturaleza de los afectos”.

Al comienzo de ese texto, en las definiciones, el pensador holandés expone: “Por afecto entiendo las afecciones del cuerpo, con las que se aumenta o disminuye, ayuda o estorba la potencia de actuar del mismo cuerpo, y al mismo tiempo, las ideas de estas afecciones”. El afecto es y existe en función del cuerpo y de su capacidad de actuar y, por otro lado, es la idea de esa afección corporal.

La extensión del concepto de afecto en Spinoza es muy amplia. Su uso abarca cualquier tipo de modificación o alteración de la vida humana, aunque preferiblemente aquellas causadas por un objeto o sujeto externos, a saber: las modificaciones pasivas, pasiones/emociones. El deseo, la alegría y la tristeza constituyen los tres afectos básicos, porque “cualquier cosa puede ser, por accidente, causa de alegría, tristeza o deseo”. Mientras, aquellas afecciones que nosotros nombramos con el término “sentimiento” -amor, cólera, ira, entre otras- serían más complejas que las mencionados afectos primarios, en los que estos últimas tienen su asiento y fundamento.

Así, “el amor no es otra cosa que la alegría acompañada de la idea de una causa exterior; y el odio no es otra cosa que la tristeza acompañada de la idea de una causa exterior”. En otras palabras, el sentimiento amoroso consiste en experimentar una alegría y tener la idea de que algo exterior ha causado esa emoción. Spinoza separa, por tanto, el proceso de sentir una emoción de la posesión de la idea acerca del objeto que la ha motivado. La alegría es una cosa; el objeto que causó la alegría es otra. Ambas entidades terminan en la mente, pero son movimientos distintos de nuestro organismo. Comenta Damasio que “Spinoza había descrito una disposición funcional que la ciencia moderna revela como un hecho: los organismos vivos están diseñados con la capacidad de reaccionar emocionalmente a objetos y acontecimientos. La reacción es seguida por algún patrón de sentimiento, y una variación de placer o pena es un componente necesario del sentimiento”.

El conatus

Para Spinoza, los afectos, como hemos visto, son las afecciones del cuerpo en la medida en que aumentan o disminuyen el poder de actuar de éste. Además, identifica esta potencia de actuar con lo que él denomina “conatus” o perseverancia en el ser propio: “Cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser”. Este perseverar en el ser, por tanto, es la misma esencia de cada ente. 

El conato, cuando sólo se refiere al alma, se llama voluntad, y cuando se refiere a la unión del alma y el cuerpo, se llama apetito. Los afectos tristes disminuyen la potencia de actuar de la voluntad y, por tanto, disminuyen la perfección del alma; asimismo, el alma rehúye imaginar aquellas cosas que disminuyen o reprimen su potencia y perfección y las del cuerpo. De la naturaleza del conatus del hombre, manifestado en la voluntad y en el apetito “se sigue necesariamente aquello que contribuye a su conservación y que el hombre está, por tanto, determinado a realizar”. Por lo tanto, el ser del hombre, y de todo existente natural, es la supervivencia, el mantenimiento en la vida.

Mente/alma y cuerpo

Por otro lado, encontramos la consideración spinozista sobre el problema alma/mente-cuerpo, que el filósofo holandés resume en la Proposición 13 del segundo libro de la “Ética”: “El objeto de la idea que constituye el alma humana, es el cuerpo, o sea, cierto modo de la extensión que existe en acto, y no otra cosa”. El objeto eidético de nuestra alma es el cuerpo existente, y no otra cosa, de lo que se deduce la unión intrínseca de ambas entidades. Ambas funcionan de modo paralelo, expresando lo mismo de maneras diferentes; son dos caras de la misma moneda: “el alma y el cuerpo es una y la misma cosa, que es concebida ora bajo el atributo del pensamiento, ora bajo el de la extensión. De donde resulta que el orden o concatenación de las cosas es uno solo”.

Las tesis mantenidas por el filósofo holandés son claramente contrarias al pensamiento de su época y están centradas en el ser humano, es decir, todo su pensamiento en torno a los afectos, el alma y el cuerpo, es parte determinante en su preocupación principal: situar al hombre dentro del orden de la naturaleza, que es su condición básica, y proponer a partir de ello un plan para su salvación y vida feliz.

La doctrina Spinozista en torno a la naturaleza de las emociones en general y los temas relacionados con ellas, como son el conatus y la cuestión mente-cuerpo, determinan decididamente las hipótesis establecidas en este libro por Damasio, que a continuación empezaré a glosar.

LAS EMOCIONES

Su papel en el organismo

Antes de establecer qué son y cómo actúan, distingue muy claramente Damasio las emociones de los sentimientos:

“En nuestro intento por comprender la compleja cadena de acontecimientos que empieza con la emoción y termina en el sentimiento, puede ayudarnos una separación de principios entre la parte del proceso que se hace pública y la parte que permanece privada. Para los fines de mi trabajo, denomino a la primera parte emoción y a la segunda sentimiento”.

La emoción es una manifestación pública de un proceso que precede a los sentimientos. Es una acción visible, ya que se produce en conductas determinadas o gestos corporales; al contrario, los sentimientos están escondidos, son imágenes mentales invisibles a todo aquél que no sea su “dueño”.

La justificación que da Damasio de esta separación es naturalista, a saber, la evolución dotó al ser humano primero de emociones y después de sentimientos. Las emociones se caracterizan por ser reacciones simples que sirven para la supervivencia y la regulación del organismo en cuestión (homeostasis). Esta consideración esta íntimamente relacionada con la descripción, a cargo de Spinoza, del “conatus” y los apetitos que le acompañan, que van dirigidos a la supervivencia propia. Sin embargo, Damasio da un paso más: “el equipo innato de regulación de la vida no se dirige a un estado neutro (…) En lugar de ello, el objetivo de los esfuerzos homeostáticos es proporcionar un estado vital mejor que neutro, que como animales pensantes y ricos identificamos como comodidad y bienestar”.

A saber: la evolución nos ha dado las herramientas que nos dotan de la comodidad y el bienestar. Esta justificación a cargo de Damasio pone de relieve el papel que tiene la conciencia en la supervivencia; cuando el sobrevivir ya no es un proyecto, sino un supuesto, el ser racional entra en una situación que va más allá de ese mero afán de persistir y percibe sus sensaciones de comodidad y de bienestar. Damasio prosigue: “Las emociones proporcionan un medio natural para que el cerebro y la mente evalúen el ambiente interior y el que rodea al organismo, y para que respondan en consecuencia y de manera adaptativa”. Entiende el psicólogo portugués que las emociones son el medio a través del cual entramos en contacto con lo real. Además, expone que, a partir de ellas, elaboramos mapas de lo que hay en nuestro organismo y lo que nos afecta desde el exterior, de cara a sobrevivir.

Hace falta destacar que para que se den las emociones no hay necesidad de analizar conscientemente el objeto que las ha causado, ni tampoco evaluar la situación en la que aparece: “Incluso cuando la reacción emocional tiene lugar sin conocimiento consciente del estímulo emocionalmente competente, la emoción significa no obstante el resultado de la evaluación de la situación por parte del organismo”. El proceso que genera la estimación de una situación y su respuesta automática es un logro biológico de gran calado; es más, el desencadenamiento de emociones a partir de objetos externos puede darse de manera consciente o inconsciente. La evolución, por un lado, y las experiencias individuales, por otro, son los dos “disparadores” que fomentan la aparición de unas u otras formas de emoción.

Aquellas experiencias individuales, en los animales complejos, determinan el ajuste automático de la expresión de una emoción en función del lugar en el que se encuentre. No nos expresamos de la misma manera en nuestra casa familiar que una cena de empresa, por ejemplo. Así, nos adaptamos al medio en el que nos encontremos, a saber: la comprensión consciente del contexto y el cálculo de las consecuencias determinan nuestra decisión de suprimir o no una emoción. Se pone en marcha un proceso natural de supervivencia, un hecho biológico; hace falta ver cuál es su origen.

Su origen y gestación

El papel de la memoria es clave en la aparición de las emociones. No es necesario que un objeto que genere emoción se dé en el momento presente, sea real en este momento. En el caso humano, por ejemplo, observamos cómo el recuerdo de una cosa pasada o el pensamiento de una posibilidad futura generan una emoción que no estaba antes.

Esta tesis de Damasio ya se encuentra en Spinoza: “El hombre es afectado por la imagen de una cosa pasada o futura con el mismo afecto de alegría y de tristeza que por la imagen de una cosa presente”. Las emociones surgen igual ante un objeto que nos acaba de afectar como ante ese mismo objeto recordado tiempo después.

Vista la importancia de la temporalidad en la aparición de las emociones, es necesario añadir la complicada cadena de sucesos que se tiene que dar para que emanen aquéllas: “La cadena empieza con la aparición del estímulo emocionalmente competente. El estímulo, un objeto o situación determinados realmente presentes o rememorados, a partir de la memoria, llega al cerebro”.

Pasamos de una dimensión física externa a una interna mediante una sensación objetiva que incide en nosotros. En el cerebro se reciben estos estímulos dando lugar a un proceso desencadenante de emociones que tienen lugar en varias de sus regiones: la amígdala (lóbulo temporal), la corteza prefrontal ventromediana (lóbulo frontal) y otra región en el área motriz suplementada y cingulada. Más allá de estos desencadenantes y sublimados por ellos tenemos los ejecutores: El hipotálamo, el cerebro anterior basal y algunos núcleos en el tegmento de la medula espinal. Así, afirma Damasio que “El hipotálamo es el ejecutor maestro de muchas respuestas químicas que forman parte integral de las emociones. Directamente o través de la glándula pituitaria, libera al torrente sanguíneo sustancias químicas que alteran el medio interno, la función de las vísceras y la función del propio sistema nervioso central”.

Las estructuras cerebrales (desencadenantes y ejecutores) son necesarias para que cada fase del proceso emocional fisiológico se desarrolle, esto es, el cerebro es la condición sin la cual no se pueden dar las manifestaciones externas que entendemos como emociones.

En resumen, cada suceso en el cerebro implica un hecho corporal. Ambos forman parte del gran curso emocional; son dos expresiones de la misma realidad. Las implicaciones filosóficas de estas consideraciones aluden directamente al problema mente-cerebro y la importancia de una entidad respecto a la otra. En este tratamiento del proceso emocional, se advierte una visión unitaria de los desarrollos corporales y mentales, mas la base cerebral es el supuesto esencial de todo lance físico.

Sus tipos

La clasificación de las emociones, que el autor trata antes de las consideraciones sobre sus orígenes y desarrollos, es importante de cara a establecer su jerarquía y su relevancia en la evolución y supervivencia humanas. Distingue tres tipos:

Las emociones de fondo
No son especialmente visibles en nuestro comportamiento, aunque sí son muy importantes Se expresa a través de los movimientos corporales y las palabras: “Probablemente- escribe Damasio- sea un buen observador de emociones de fondo si detecta, de manera precisa, energía o entusiasmo en alguien a quien acaba de conocer, o si es capaz de diagnosticar un malestar o excitación ligeros, nerviosismo o tranquilidad en sus amigos y colegas”. Así, las emociones de fondo son estados momentáneos y se diferencian, en ello, del buen o mal humor, que es algo más estable. El surgimiento de estas emociones es complicado de establecer, pero se puede apuntar a las reacciones reguladores del organismo en la vida propia y sus encuentros con los objetos exteriores como las causantes de ese estado emocional de fondo. El resultado de esos movimientos es siempre cambiante, y por tanto, nuestro estado de ánimo varía en función de los momentos. La clave está en la sencilla pregunta: ¿Cómo estás? Nuestra respuesta desvelará claramente las emociones de fondo que en ese momento nos afectan. Así, las relaciones humanas cotidianas reflejan continuas y constantes manifestaciones de este tipo de emociones.

Las emociones primarias o básicas
Al contrario que las anteriores, estas emociones “son fácilmente identificables en los seres humanos de numerosas culturas, y también en especies no humanas”. Si nos preguntaran por emociones, contestaríamos las que se sitúan bajo este grupo, a saber: miedo, ira, asco, sorpresa, tristeza, felicidad…etc. Los estudios psicológicos sobre la emoción en general tratan de estas emociones.

Las emociones sociales
Se basan y parten del material emocional de las dos clases anteriores e “incluyen la simpatía, la turbación, la vergüenza, la culpabilidad, el orgullo, los celos, la envidia, la gratitud, la admiración, la indignación y el desdén”. Como vemos, se incardinan en una vida experimentada en sociedad, que al fin y al cabo también anidan en los ingredientes del dolor y del placer, pero de una manera muy sutil. Hay que comentar que estas emociones no se limitan a los seres humanos; los comportamientos de animales culturales también denotan emociones culturales, p. Ej.: “la simpatía que un elefante muestra hacia otro que está herido y achacoso; o el desconcierto que un perro deja ver después de haber hecho lo que no debía”, que no tienen que anclarse en el lenguaje o en instrumentos de dominación cultural. Hay ciertas especies, incluyendo la humana, que han desarrollado esta disposición general del cerebro y, por tanto, ciertas actitudes desencadenan estas emociones. En conclusión, de la clasificación de estas emociones llegamos a la idea de que la manera en la que hemos evolucionado ha provocado una complejidad de respuestas ante el medio casi irreductible a una mera tipología.

Hacia los sentimientos

Hay que distinguir, a juicio de Damasio, por un lado, la maquinaria de la emoción, primer producto de la evolución, que está destinada a generar reacciones ante un objeto o acontecimiento, a situarnos en el mundo y que permite responder a una serie de circunstancias, las cuales pueden ser o beneficiosas para la vida o perjudicial para ellas, de manera efectiva y eficiente, pero siempre determinada a lo dado, esto es, sin creatividad alguna, de, por otro lado, la maquinaria del sentimiento, elemento posterior, que se dirige a producir un “mapa” cerebral “y después una imagen mental, una idea, para las reacciones y para el estado resultante del organismo”. Los sentimientos son el elemento activo y creativo que alerta mentalmente de las circunstancias buenas o malas que experimentamos y modifica la manera en que las afrontamos al introducir en su gestión la atención y la memoria. La combinación de recuerdos, proyecciones, imaginación y razonamiento genera respuestas creativas, no meros estereotipos. La imagen de la temporalidad que mana del sentimiento, a través de la memoria, potencia, a mi juicio, nuestra capacidad para crear emociones más allá del presente. Esto implica una clara intensificación de nuestras emociones, además de la aparición de algunas desconocidas, lo que puede tener unas consecuencias complicadas para nuestra existencia. Así, Schopenhauer escribió que en el hombre:

“…cualquier cosa se ve ampliamente intensificada por el pensamiento de lo que está ausente y de lo que está por venir, que es el que da entrada en la existencia a la preocupación el miedo y la esperanza. Estas, después, lo inquietan mucho más fuertemente que la realidad presente de los placeres o de los sufrimientos a la que el animal, en cambio está limitado. A este último le falta, con la reflexión, el condensador de las alegrías y de los dolores, que por ello no pueden acumularse, como sucede en el hombre mediante el recuerdo y la previsión”.

Con esto, observamos que el sentimiento introduce una serie de factores en nuestras emociones y, por tanto, en nuestra relación con el mundo, que no estaban previamente en nosotros. Considerar el sentimiento es considerar, al fin y al cabo, la conciencia humana, la mente y su capacidad para saberse y habitar en el mundo.

EL SENTIMIENTO

Sus características

En el principio de la obra, Damasio comenta:

“La esencia de mi opinión actual es que los sentimientos son la expresión de la prosperidad o de la aflicción humanas, tal como ocurren en la mente y en el cuerpo. (…) Los sentimientos pueden ser, y con frecuencia son, revelaciones del estado de la vida en el seno del organismo entero: una eliminación del velo en el sentido literal del término (…) La mayoría de los sentimientos es muestra de los ajustes y correcciones exquisitos sin los que, con un error de más, todo el espectáculo se viene abajo”.

Entiende, en esta primera aproximación, que los sentimientos son algo así como la manifestación del estado vital del organismo que los sostiene. Son el diagnóstico preciso de nuestro ser ahora. El autor parte, inspirado de nuevo en Spinoza, de la idea de que “un sentimiento es ‘la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos con determinados temas”.

Nuestro cerebro está continuamente cartografiando muchas partes de nuestro cuerpo de tal manera que podemos percibir, de forma consciente e inconsciente, estados corporales representados por los mapas que se refieren a partes del cuerpo y a estados del cuerpo (por ejemplo, la concentración de determinadas moléculas químicas de las que depende nuestra vida está representada, momento a momento, en regiones específicas del cerebro).

En palabras de Damasio, “literalmente todas y cada una de las regiones del cuerpo están siendo cartografiadas en el mismo momento, porque todas las regiones del cuerpo contienen terminales nerviosos que pueden enviar señales de retorno al sistema nervioso central acerca del estado de las células vivas que constituyen aquella región concreta”. Puesto que el cerebro repasa todo el organismo, local y directamente (a través de las terminaciones nerviosas) y global y químicamente (mediante el torrente sanguíneo), el detalle de estos mapas y su diversificación es clave. Practica muestreos del estado de la vida en todo el organismo vivo, y a partir de estas muestras tan extensas pueden destilar mapas del estado vital.

Por tanto, leyendo a Damasio, entendemos que los sustratos inmediatos de los sentimientos son “las cartografías de innumerables aspectos de estados corporales en las regiones sensoriales diseñadas para recibir señales procedentes del cuerpo”. En resumen, el contenido esencial de los sentimientos es la cartografía de un estado corporal determinado. Un sentimiento es esa idea cartográfica, esto es, la de un determinado aspecto del cuerpo, su interior, en determinadas circunstancias. Por ejemplo, “un sentimiento de emoción es una idea del cuerpo cuando es perturbado por el proceso de sentir la emoción”. Los sentimientos, como vemos, pueden ser tan mentales como cualesquiera otras percepciones, pero los objetos que se cartografían son partes y estados del organismo vivo en el que surgen los sentimientos.

Hay que distinguir, a este respecto, entre las percepciones de los sentidos y las percepciones sentimentales: las primeras me informan de lo que me rodea, las segundas dan cuenta, por así decirlo, de mi cuerpo, afectado por eso que me rodea. Una parte de estos fenómenos de percepción se da gracias al objeto percibido y la otra parte se debe a la construcción interna por parte del cerebro.

En el caso de los sentimientos, los hechos y sucesos interpretados perceptualmente, se hallan, en su principio, en el interior del cuerpo, no en el exterior, como sucede con las percepciones visuales, ya que los objetos de estudio de los sentimientos, como hemos dicho, son estados del organismo en ese momento. Sin embargo, el contenido esencial de los sentimientos no sólo es el de un estado corporal, sino que, también comprende “el modo alterado de pensar que acompaña a la percepción de dicho estado corporal esencial; y el tipo de pensamientos que concuerdan, en cuanto al tema, con el tipo de emoción que se siente”.

A mí estado de bienestar corporal, por un lado, corresponden en paralelo pensamientos que concuerdan con dicha percepción, que son representados por la mente. Por otro lado, este proceso también puede ocurrir al contrario, a saber: que determinados pensamientos influyan en mi estado emocional: sentirse triste, por ejemplo, no sólo tiene que ver con una enfermedad o una falta de energía, sino con “un modo de pensar ineficiente que se atasca alrededor de un número limitado de ideas de pérdida”.

Sus “falsedades”

La hipótesis del libro sobre los sentimientos es que “cualquier cosa que sintamos tiene que basarse en el patrón de actividad de las regiones cerebrales que sienten el cuerpo”.

En ocasiones hay interferencias en este mecanismo de representación corporal, que crean un “mapa falso” de lo que está ocurriendo al cuerpo de verdad. Esto es realizado con un buen fin, a saber, ante un ataque, nuestro cerebro es capaz de interferir las señales de dolor y miedo segregando endorfinas, que nos permiten iniciar una huida. En este caso el cerebro, para echarnos una mano, ha impedido el paso de las señales de dolor y como resultado de este filtrado obtenemos un mapa corporal “falso”.

En otros casos, estas interferencias podrían ser las causantes de un cuadro patológico: “tal como ocurre con otras características valiosas de nuestra constitución natural, variaciones patológicas pueden corromper el uso valioso, como parece suceder en la histeria y demás trastornos parecidos” . Sin embargo, las alucinaciones corporales que hemos visto en el anterior párrafo son necesarias y dan muestra de un estado normal del cerebro, nunca psicopático.

Otro caso de creación de mapas corporales que no se corresponden exactamente a la realidad del momento del cuerpo es el que se da con la empatía: la capacidad de sentir en el propio cuerpo el dolor de un semejante. En este caso uno siente como si estuviese en el otro cuerpo que siente dolor, mas esto, de facto, no acontece. En resumen, las áreas de sensación del cuerpo constituyen “una especie de teatro donde no sólo pueden ‘representarse’ estados corporales ‘reales’, sino que asimismo pueden ejecutarse surtidos variados de estados corporales ‘falsos’, por ejemplo, a modo de estados ‘como si’, estados corporales filtrados, etc.”.

Puesto que todos los sentimientos, razona Damasio, contienen algún aspecto de dolor o placer como ingrediente necesario, y debido a que esas imágenes mentales a las que denominamos sentimientos surgen de los patrones neurales que aparecen en los mapas corporales, como hemos dichos, el dolor y sus variantes tienen lugar cuando los mapas corporales del cerebro presentan determinadas configuraciones. Por lo tanto, sentir dolor o sentir placer consiste en poseer procesos biológicos en los que nuestra imagen del cuerpo, tal como se refleja en los mapas corporales del cerebro, esté conformada en función de un determinado patrón. Éste puede ser alterado por la ingestión de drogas tales como la morfina y la aspirina: “Lo mismo hacen el éxtasis o el güisqui. Y los anestésicos. También determinadas formas de meditación. Y los pensamientos de desesperación. O, por el contrario, los de esperanza y salvación”.

Sus utilidades

Queda claro, tras lo previamente expuesto, que sin esos mapas neurales de los estados corporales, a juicio de Damasio, no se habrían dado los sentimientos. Por lo tanto, los sentimientos son acontecimientos mentales; esta característica es de enorme relevancia para nuestra supervivencia, ya que los sentimientos nos ayudan a resolver problemas no rutinarios que implican creatividad y, en consecuencia, a manejar correctamente una gran cantidad de conocimiento: “La maquinaria que hay tras los sentimientos permite las correcciones biológicas necesarias para la supervivencia al ofrecer información explícita y resaltada sobre el estado de los diferentes comportamientos del organismo en cada momento. Los sentimientos etiquetan los mapas neurales asociados con un sello que reza: ‘¡Registra esto!’.

Los sentimientos, en consecuencia, son estrictamente necesarios para nuestra vida, ya que son la expresión mental de las emociones y los estados que las subyacen. Así, como hemos visto, permiten la asimilación consciente de la realidad y su integración en el esquema de una temporalidad continua, que divide lo que acontece en presente, pasado y futuro: “Sólo a este nivel es posible que las emociones creen, a través de los sentimientos, la preocupación por el yo individual. La solución eficaz de problemas no rutinarios requiere toda la flexibilidad y el elevado poder de recopilación de información que los procesos mentales puedan ofrecer, así como la preocupación mental que los sentimientos puedan proporcionar”.

En este análisis se sitúa la aparición del yo y la conciencia de ser en la representación sentimental de la realidad. La idea de temporalidad que emana del conocimiento consciente del mundo implica una partición inevitable del yo en pasado, presente y futuro. Los sentimientos, a través de las emociones, al situarnos en un marco de conciencia, generan una substanciación de lo real, empezando por nosotros mismos. Todo se fija y se estabiliza.

Su positividad o negatividad

Damasio afirma que es un hecho bien establecido que hay estados eficientes y óptimos de regulación del organismo. Los sentimientos que por lo general acompañan a estos momentos fisiológicamente favorables son “positividad”, y se caracterizan no sólo por la falta de dolor, sino por la aparición de variedad de placeres. Por otro lado, hay otros estados del organismo, que se esfuerzan por alcanzar el equilibrio y que incluso pueden hallarse caóticamente fuera de control.

Los sentimientos que suelen acompañar a dichos estados se califican como “negativos”, y están caracterizados no sólo por la ausencia de placer, sino por variedades de dolor. Los sentimientos positivos y negativos están determinados por el estado de la regulación vital. La señal viene dada por la cercanía a aquellos estados que son más representativos de la regulación óptima de la vida, o por la lejanía de ellos, según Damasio.

Esta consideración remite de nuevo al “conatus” spinozista, esto es, a la perseverancia en el ser. Para el filósofo holandés todo sentimiento, como el miedo, la tristeza o la esperanza, que disminuye la potencia de obrar propia del ser humano y, por tanto, su “conatus”, es negativo y malo. Por el contrario, la alegría es positiva y buena en tanto que favorece nuestro perseverar en el ser y potencia nuestra acción:

“La alegría no es directamente mala, sino buena; en cambio, la tristeza es directamente mala.

Demostración: La alegría es un afecto por el que se aumenta o favorece la potencia de obrar del cuerpo; por el contrario, la tristeza es un afecto por el que se disminuye o reprime la potencia de obrar del cuerpo. Y por tanto, la alegría es directamente buena, etcétera.”

Indica Damasio, exactamente en esta misma línea, que “podemos verificar que en la trayectoria de nuestra vida los estados vitales fluidos que se notan positivos llegan a estar asociados con acontecimientos que calificamos como buenos, mientras que los estados vitales forzados que se sienten negativos se consideran asociados con el mal”.

Antonio Damasio

Vemos, por tanto, que tanto Damasio como Spinoza asocian estados positivos con lo bueno y estados negativos con lo malo. Los dos sentimientos paradigmáticos al respecto para el autor holandés son la alegría y la pena. Damasio viene a establecer que ambos son en gran parte ideas del cuerpo en un proceso de acción con el fin de una supervivencia eficaz. Recurre, de nuevo, por tanto, a una justificación naturalista, que define la alegría y la tristeza como revelaciones mentales del estado corporal del proceso vital. Así, la alegría pasa a ser una serie de mapas corporales que denotan un estado de equilibrio en el organismo, lo cual es evidentemente positivo.

En virtud de la memoria, que ya hemos explicado, puede darse como un estado que está siendo ahora mismo o que es recordado. En cualquier caso, el estado alegre indica “la coordinación fisiológica óptima y la marcha tranquila de las operaciones de la vida”, comenta Damasio. No sólo son propicios a la supervivencia únicamente, sino que generan bienestar, a saber, una mayor y mejor capacidad para actuar.

Por el contrario, la tristeza, está relacionada con una coordinación menos óptima de las funciones fisiológicas: “Los mapas relacionados con la tristeza, en los dos sentidos, amplio y estricto, del término, están asociados con estados de desequilibrio funcional. Se reduce la facilidad de acción”. Hay algún tipo de dolor, síntomas de enfermedad o señales de conflicto fisiológico; todos ellos son indicativos de una coordinación menos óptima de las funciones vitales.

Puede la tristeza llevar a la enfermedad; por tanto, deriva en una menor perfección orgánica del individuo que la siente. Spinoza comenta que “la tristeza es el paso del hombre de una perfección mayor a una menor (…) Es el acto de pasar a una perfección menor, es decir, el acto por el que la potencia del hombre disminuye o es reprimida”.

Así, a juicio del pensador flamenco, la tristeza fomenta un empobrecimiento en la autoconservación humana, ya que le priva de ser capaz de actuar con toda su perfección. Damasio, como vemos, sigue esta línea argumentativa entendiendo que los sentimientos básicos, la alegría y la tristeza, son en gran parte ideas del cuerpo con el fin de obtener una supervivencia óptima. En definitiva, son revelaciones mentales del estado de proceso vital.

Su influencia en la toma de decisiones

Escoge Damasio como ejemplo para exponer esta cuestión a los pacientes con lesiones cerebrales prefrontales. Éstos son inteligentes en el sentido técnico del término, pueden resolver problemas lógicos y tareas que requieren una sofisticada intelección, pero se muestran torpes en el gobierno de su vida; no son capaces de tomar decisiones apropiadas en situaciones problemáticas, y, tampoco mantienen relaciones sociales “normales”.

Considera Damasio que esa ausencia de destreza vital está relacionada con el sentimiento y las emociones. Esto quiere decir que, para situaciones en conflicto y de carácter social, son tremendamente útiles. En otras palabras: “Las emociones positivas o negativas y los sentimientos que de ellas se siguen se convierten en componentes obligados de nuestras experiencias sociales”. Las emociones y los sentimientos son, por lo dicho, agentes indispensables en el proceso de razonar porque, a medida que se acumula experiencia personal, se gana en una solución eficaz y eficiente.

El conocimiento que lleva a la solución se almacena en la memoria, la cual guarda: los datos del problema presentado, la opción elegida para resolverla, el resultado real de la solución y el resultado de la solución en términos de emoción y sentimiento. Las emociones y los sentimientos no poseen una bola de cristal para ver el futuro. Sin embargo, desplegados en el contexto adecuado se convierten en presagios de lo que puede ser bueno o malo en el futuro cercano o distante, según Damasio. Sin embargo, hay que señalar que “la señal emocional no es un sustituto del razonamiento adecuado. Posee un papel auxiliar, que aumenta la eficiencia del proceso de razonamiento y lo hace más rápido. En ocasiones puede hacer que dicho proceso sea casi superfluo, como cuando rechazamos de inmediato una opción que conduciría a un desastre seguro o, por el contrario, nos lanzamos a una buena oportunidad que cuenta con una elevada probabilidad de éxito”. En conclusión, observamos que tanto la emoción como el sentimiento son fundamentales en el desarrollo de las capacidades necesarias para un equilibrado desempeño de nuestro ser en situaciones más o menos conflictivas.

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