‘A favor del viento’, de Jim Lynch

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

http://tanaltoelsilencio.blogspot.com.es/

A favor del viento

Jim Lynch

Traducción de Itziar Hernández Rodilla

Alianza de Novelas

Madrid, 2017

361 páginas

 

La memoria es puro humo, hasta tal punto que uno puede jugar con ella al mismo juego que todos practicamos de niños, tumbados en los prados, imaginando qué forma tenía cada nube. El premio se lo llevaba quien fuera capaz de encontrar un cúmulo con forma de elefante, y mayor debacle que a uno le podía ocurrir era confundir con un cirro la estela de los reactores de un avión. En cualquier caso, cualquier semejanza era válida, incluso si resultaba necesario explicar cada parte de la nube mientras esta se iba transformando a merced del viento, hasta terminar por ser nada más que eso, una nube. Al igual que la memoria es nada más que memoria. Jim Lynch (Seattle, 1963) cambia nombres, familiares y ubicación, cambia amigos e ideas, cambia paisajes y todo lo que quiera, pero no deja de estar contemplando la nube que es su memoria, puro humo, aunque la novela de relatos que es A favor del viento se nos presente como ficción.

Una excéntrica familia en la que cada individuo trata de superar a los demás a la hora de llamar la atención, rodea al protagonista, enamorado de la navegación a vela, que se cita por internet con docenas de mujeres y admira a Einstein como navegante. La construcción de los personajes es la propia de las escuelas de creatividad literaria americana: tres adjetivos y dos datos de relación, una pasión y un punto débil. Con los mismos ingredientes, nadie hace la misma mayonesa. En este caso, lo que cocina Lynch con su memoria son unos relatos muy amables, que agradecerá el lector y que disfrutará, con un énfasis muy especial, el aficionado a la navegación. Su conocimiento del tema es profundo. De hecho, su alter ego se dedica a la reparación de yates y embarcaciones de cualquier tipo, siempre y cuando el cliente esté tan loco como para pagar más por conservar su inventado amor marino que por una nueva embarcación.

Los episodios son breves y el lenguaje no puede ser más sencillo. De hecho, uno se atrevería a decir que esta novela podría enganchar al público juvenil. Por otra parte, cuenta con una gran ventaja: Lynch escribe sobre lo que adora, y ese amor se contagia. Conseguir algo así sin caer en la pornografía sentimental, demuestra que Lynch conoce bien el oficio de escribir. Para los lectores más aguerridos, los que aman a Nabokov, por ejemplo, necesitarán paciencia. Lo que en principio aparenta ser lectura fácil, lineal, termina por poseer ese don narrativo que es el de no perder jamás de vista a los personajes mientras no están en escena. De hecho, lo que les ha sucedido durante la ausencia en el texto, en la narración, les ha hecho cambiar y con ese cambio arrastran a los demás, a la familia, a las nubes que son la memoria y que se modifica con el viento. Y sí, ahí está el mar, uno de los paisajes simbólicos de la libertad si se mira sobre su superficie y se atiende al cielo. Pura paradoja, navegar y volar han terminado siendo sinónimos en el sentido metafórico de los verbos. Eso sí, cuando ambos suceden sin motor, cuando ambos suceden a favor del viento.

 

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