Ser sin tiempo

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Ser sin tiempo

Manuel Cruz

HERDER

En el mundo actual la experiencia de la temporalidad ha sufrido una notable mutación, hasta el punto de que podría hablarse de un ocaso de la misma. Hemos perdido la experiencia de la duración, de la demora, que ha sido sustituida por la sucesión ininterrumpida de intensidades puntuales.

Según Cruz, todo ello es consecuencia del triunfo de un modelo de vida en el que el tiempo es un obstáculo, algo que se debe reducir al máximo hasta, de ser posible, hacerlo desaparecer. Así, de nuestro imaginario colectivo se ha eliminado la idea de los proyectos a largo plazo, quedando ocupado su lugar por el cortoplacismo más riguroso. Pero con un matiz importante: si el hombre contemporáneo se ha quedado sin ningún telos por el que apostar, ha sido precisamente porque dispone de demasiados, lo cual ha acabado por generar en él un atolondramiento esterilizador.

Manuel Cruz es Catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Ha sido profesor visitante en diferentes universidades europeas y americanas, así como investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC (Madrid). Autor de cerca de una treintena de títulos (algunos de ellos traducidos a otros idiomas) y compilador de casi una quincena de volúmenes colectivos, ha sido galardonado con los premios Anagrama de Ensayo 2005 por su libro Las malas pasadas del pasado, Espasa de Ensayo 2010 por Amo, luego existo y Jovellanos de Ensayo 2012 por Adiós, historia, adiós. Sus libros más recientes son los titulados Pensar es conversar, en diálogo con Emilio Lledó, y Travesía de la nada. En la actualidad es diputado independiente por el PSC-PSOE en el Congreso y colabora habitualmente en El País y El Confidencial.

Fuente: Diagonal

Ser sin tiempo y sin espacio

En las últimas décadas –no puede pasar desapercibido a nadie–, a una velocidad de vértigo, la tecnología ha desplazado hacia nuevas coordenadas el lugar donde el hombre había estado situándose en relación al mundo.

Se trata de un lugar abstracto cuya específica ubicación espacio-temporal queda definida por esa misma relación. Lo que entendemos por hombre, por el ser del hombre, por su existencia, está estrechamente unido al modo en que éste experimenta las dos dimensiones. Tanto es así que cuando dicha experiencia se altera, lo que cambia es el propio hombre. Digamos que sufre una trasformación ontológica.

Según explica Manuel Cruz en Ser sin tiempo, vivimos cada vez más en una realidad sin pasado y sin futuro. La memoria de lo sido está dejando de tener sustancia porque está disponible a golpe de tecla mientras que la proyección de futuro le es esquiva a nuestro imaginario colectivo.

En tanto individuos, nos resulta cada vez más difícil aspirar a concordar nuestros proyectos personales con un proyecto comunitario que nos permita vivir en la ilusión de un cierto sentido histórico.

La ausencia de un telos (la multiplicidad de ellos en lo personal y la ausencia de uno concreto en lo colectivo) nos incapacita para la trascendencia. El resultado es que caemos en picado, usando la expresión heideggeriana, en una “existencia inauténtica”. Esta atomización del tiempo, según Cruz, redunda en la atomización del ser. Lo que le queda al hombre, parece, es un presente inane, plano y sin relieve.

Igualmente plano, superficial y vacío resulta el espacio en el que nos movemos. Al menos así nos lleva a pensar la lectura de El universo de las imágenes técnicas de Vilém Flusser publicado en castellano por la editorial Herder hace apenas un año. El texto, como complemento a aquel de Cruz o viceversa (según el orden de lectura), reflexiona sobre las repercusiones ontológicas que traerían –que ya han traído– las imágenes técnicas. Asistimos más que a una revolución copernicana, a un cambio de era.

El hombre posterior a Copérnico seguía siendo un hombre histórico porque seguía inscrito en el flujo de un tiempo que lo ponía en relación con un pasado y un futuro. Seguía siendo, además, habitante de un espacio concreto llamado Tierra, ya fuese ésta o no el centro del universo.

En las últimas décadas –no puede pasar desapercibido a nadie–, a una velocidad de vértigo, la tecnología ha desplazado hacia nuevas coordenadas el lugar donde el hombre había estado situándose en relación al mundo.

Se trata de un lugar abstracto cuya específica ubicación espacio-temporal queda definida por esa misma relación. Lo que entendemos por hombre, por el ser del hombre, por su existencia, está estrechamente unido al modo en que éste experimenta las dos dimensiones. Tanto es así que cuando dicha experiencia se altera, lo que cambia es el propio hombre. Digamos que sufre una trasformación ontológica.

Según explica Manuel Cruz en Ser sin tiempo, vivimos cada vez más en una realidad sin pasado y sin futuro. La memoria de lo sido está dejando de tener sustancia porque está disponible a golpe de tecla mientras que la proyección de futuro le es esquiva a nuestro imaginario colectivo.

En tanto individuos, nos resulta cada vez más difícil aspirar a concordar nuestros proyectos personales con un proyecto comunitario que nos permita vivir en la ilusión de un cierto sentido histórico.

La ausencia de un telos (la multiplicidad de ellos en lo personal y la ausencia de uno concreto en lo colectivo) nos incapacita para la trascendencia. El resultado es que caemos en picado, usando la expresión heideggeriana, en una “existencia inauténtica”. Esta atomización del tiempo, según Cruz, redunda en la atomización del ser. Lo que le queda al hombre, parece, es un presente inane, plano y sin relieve.

Igualmente plano, superficial y vacío resulta el espacio en el que nos movemos. Al menos así nos lleva a pensar la lectura de El universo de las imágenes técnicas de Vilém Flusser publicado en castellano por la editorial Herder hace apenas un año. El texto, como complemento a aquel de Cruz o viceversa (según el orden de lectura), reflexiona sobre las repercusiones ontológicas que traerían –que ya han traído– las imágenes técnicas. Asistimos más que a una revolución copernicana, a un cambio de era.

El hombre posterior a Copérnico seguía siendo un hombre histórico porque seguía inscrito en el flujo de un tiempo que lo ponía en relación con un pasado y un futuro. Seguía siendo, además, habitante de un espacio concreto llamado Tierra, ya fuese ésta o no el centro del universo.

En cambio, el hombre actual es, según Flusser, un hombre posthistórico. No reconoce ningún flujo temporal lineal donde inscribirse, ni mucho menos una realidad material que tomar de referencia.

El mundo, nuestro mundo, está abandonando rápidamente lo concreto por la pura abstracción, perdiendo pie en la sustancia para flotar en la nada, dejando de ser proceso para pasar a ser cálculo.

Conceptos como objetivo/subjetivo, público/privado, verdadero/falso, justo/injusto pierden su razón de ser en el momento mismo en que el hombre deja de escribir sobre lo real para crear una realidad a base de tocar teclas con la punta de sus dedos haciendo cálculos de probabilidad.

Así visto, la crítica a la cultura contemporánea parece errar continuamente el tiro cuando señala como problemas actuales cuestiones que han perdido toda la base. A la luz del texto de Flusser, no es posible hablar ya de crisis política o de crisis de valores sino de crisis ontológica. Vivimos una profunda transformación del hombre, de su ser, de su estar en el mundo. Ya no es posible definir qué es el hombre con las mismas palabras con que lo hacíamos hace no mucho. Quizás estemos dejando incluso de poder pensarnos.

A treinta años de la primera publicación del libro de Flusser en 1985, cuesta abrazar “lo nuevo” con la misma altura de miras de su autor: “Superado el horror, reconozco el clima cerebral de nuestros nietos. Lo que más me impresiona en esta emergencia de la nueva especie ‘humana’ no es tanto la superación de toda ética y política, sino sobre todo la superación de toda ontología”.

Sin embargo, alguien podría alegar que el optimismo podía resultarle más fácil a quien no había convivido con la inteligencia artificial, la realidad virtual, el big-data, la biónica y ni tan siquiera internet o la telefonía móvil.

En estos treinta años, la posibilidad que apuntaba Flusser de superar el “totalitarismo” del programa de las imágenes técnicas (donde imagen técnica puede leerse hoy como el término para designar el resultado de cualquier cálculo informático), queda, si cabe, mucho más lejana. Somos esclavos de la tecnología. Y, aunque en parte conscientes, la alienación es tal que no queremos si quiera renunciar a serlo.

Inquietudes aparte, lo que en todo caso nos permite la lectura de ambos textos es, en palabras de ambos autores, abrirnos a entender lo que nos rodea desde un lugar más profundo y con mayor perspectiva, obtener respuestas sobre lo que nos sucede algo más satisfactorias que aquellas que por defecto tenemos al alcance de la mano y alcanzar a comprender cómo tomamos conciencia del mundo y de nosotros mismos. Son razones suficientes para leerlos.

 

A favor de la luz

 

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