‘Las meditaciones del paseante solitario’, de Jeann-Jacques Rousseau

Por Ricardo Martínez.

El lector es el gran necesitado en la medida que su inteligencia le exige conocimiento,  novedad, riesgo de libertad… Algo que la literatura le prestará en innumerables ocasiones, a través de los argumentos más distintos, aunque, como en el caso elegido, resulte sorprendente en ocasiones sólo si se piensa en el texto con irracional materialidad. Es el caso cuando habla, muy positivamente, de su casa sita en la isla de Saint-Pierre, en medio del lago Bienne: “El precioso far niente fue la primera y principal de estas satisfacciones que quise saborear con todo su encanto, y todo lo que hice durante mi estancia no fue otra cosa que la ocupación deliciosa y necesaria de un hombre que se ha dedicado a la ociosidad” ¿La ociosidad como referente, como paisaje necesario y fecundo para la creación?

Quepa decir, desde luego, para evitar posibles malos entendidos, que el mismo ‘paseante’ había advertido (nota 31) que “la ociosidad que a mí me gusta no es  la de un holgazán (…) A mí me gusta ocuparme en empezar cien cosas y no terminar ninguna, en ir y venir como se  me  antoja en la cabeza, en cambiar a cada instante  de proyecto” Una ociosidad activa que también reclamó para sí Gerardo Diego cuando solicitaba soñar para estar de verdad en activo; o aquel otro ilustre francés, Duchamp, tan creador, cuando sostenía que, para él, lo importante era no hacer nada, pero sobre todo hacerlo muy despacio. Esto es, reclamos del genio a favor de la libertad  creadora, y ello expresado, a veces, con ese argumento universal y fecundo que es la paradoja.

En otro pasaje del libro, correspondiente al ‘noveno paseo’ el autor hace un llamamiento que podría estar hoy de actualidad: “He observado que solo es en Europa donde se vende la hospitalidad. En toda Asia se ofrece  alojamiento gratuitamente; comprendo que no se encuentren cubiertas todas las necesidades. Pero, ¿acaso no es  nada  decirse, soy hombre y se me recibe entre los humanos? Es la humanidad pura la que me da refugio” En todo el libro es fácil expurgar llamamientos a la condición creativa, a la solidaridad social: él fue, a través de su obra, un ejemplo de autor comprometido con la causa del hombre en su sentido más solidario, más cooperador. El llamamiento al sentido de la libertad y respeto humanos mejor entendido: “La única salvaguardia que siempre tuvimos contra la corrupción fue la libertad originaria, ya irremisiblemente perdida, que una vez conservó nuestra inocencia y fue la auténtica fuente de nuestra virtud” Robert Wokler, en su extenso y clarificador estudio preliminar a esta obra, destaca oportuna y claramente el verdadero pensamiento humanista de este paseante reflexivo, liberador.

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