Nabokov, Edmund Wilson y el final de una bonita amistad

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Por Alejandro Gamero (@alexsisifo)

Muchos son los factores, tanto literarios como humanos, aunque sobre todo literarios, que contribuyeron a poner fin a los veinticinco años de amistad entre Vladimir Nabokov y Edmund Wilson, como Alex Beam describe en The Feud: Vladimir Nabokov, Edmund Wilson, and the End of a Beautiful Friendship. Es más que probable que a Wilson, que había ayudado a Vladimir ‒por mediación de su primo Nicolas‒ cuando llegó a Estados Unidos casi sin dinero en 1940, no le hiciera mucha gracia que el escritor ruso se hubiera hecho más rico y famoso que él. Pero con el tiempo también divergieron políticamente: Nabokov se mostraba partidario de Nixon mientras que Wilson era más proclive al demócrata George McGovern. Literariamente, ambos escritores stuvieron un primer enfrentamiento a cuenta de la traducción que Navokov había hecho del Eugenio Oneguin de Aleksandr Pushkin, con la que Wilson se mostró bastante crítico.

Y el sexo, que en cierto modo los había unido, también contribuyó a separarlos. Nabokov era un joven y apuesto escritor de éxito, deportista, que triunfaba entre las mujeres. Se casó a los 25 años, en 1925, con Vera, a quien había conocido dos años antes en una fiesta de disfraces benéfica, después de haber roto pocos meses antes su compromiso matrimonial con Svetlana Siewert. Además de ser su traductora, Vera fue su musa y el gran amor de su vida, si no tenemos en cuenta algunos esporádicos escarceos extramatrimoniales, entre los que destaca el de Irina Guadanini. A Wilson también le encantaban las mujeres. Se casó cuatro veces. La tercera de ellas fue la escritora Mary McCarthy ‒que, por cierto, también se casó cuatro veces‒ y la cuarta una joven aristócrata de belleza europea llamada Elena, once años más joven que él. En sus diarios, publicados póstumamente, Wilson describe sus relaciones con ambas.

El sexo era un tema de conversación habitual entre Nabokov y Wilson. En una ocasión este último escribió un limerick sobre Vladimir en el que se le describía acariciando el fémur de una mariposa, y a menudo le llevaba libros eróticos como regalo. En 1957, por ejemplo, Wilson le regaló a Nabokov la novela francesa Historia de O en una visita a Ithaca, Nueva York. «[Nabokov] estuvo de acuerdo conmigo», escribe Wilson en su diario, «que, por muy poco que sea, ejerce cierto efecto hipnótico». Vera fruncía el ceño al ver a aquellos dos hombres disfrutando de literatura indecente como dos colegiales y cuenta Wilson que tuvo que llevarse el libro cuando se fue.

Pero las disputas literarias pronto llegaron a un camino sin retorno. En 1946 Wilson publicó su segunda novela, Memorias del condado de Hecate, una colección de ocho historias relacionadas entre sí, varias de ellas bastante largas, que utilizaban el sexo como reclamo. Esta obra, que Wilson consideraba «la favorita entre mis libros», en realidad estaba llena de tesis panfletarias y no ha soportado bien la prueba del tiempo. El narrador, un mero disfraz de Wilson, insiste en acudir a conferencias sobre la Revolución Rusa y el papel del proletariado en la sociedad capitalista. Eso explica que la novela despertara malas críticas. «No es un buen libro», dijo Alfred Kazin a los lectores de Partisan Review. Cyril Connolly, a quien Wilson consideraba amigo, escribió que las descripciones sexuales eran mecánicas, casi sin erotismo, como una especie de monotonía de insectos. El New York Times directamente la ignoró.

Nabokov dijo que el libro era «maravilloso» y afirmó haberlo leído en una sola sesión ‒Wilson le había dicho que aparecía en un pequeño cameo en una de las historias, como «el inteligente novelista ruso»‒, pero las escenas de sexo le habían dejado indiferente. «Debería haber intentado abrir una lata de sardinas con mi pene. El resultado es extraordinariamente casto, perdona mi franqueza», escribió Vladimir a Wilson. El autor no tardó en responder: «Suenas como si hubiera hecho un intento infructuoso de escribir algo como Fanny Hill. El carácter congelado e insatisfactorio de las relaciones sexuales es una parte muy importante del tema central del libro ‒indicado por el título‒ que no estoy seguro de que hayas captado.»

La crítica despreció el libro, pero el público no. La novela vendió cincuenta mil ejemplares en sus primeros meses de publicación, aumentando los ingresos y la fama de Wilson. Sin embargo, poco tiempo después el poderoso editor de periódicos William Randolph Hearst se embarcó en una campaña contra los «libros indecentes», tratando de movilizar a los lectores católicos contra novelas como Memorias del condado de Hecate. En julio, la Sociedad de Nueva York para la Supresión del Vicio presentó una denuncia y 130 ejemplares fueron secuestrados de cuatro librerías propiedad de Doubleday y de la Biblioteca Pública de Nueva York. En octubre de 1946 el Tribunal de Nueva York prohibió la venta del libro, decisión confirmada por una corte de apelaciones.

En 1948 Wilson envió a Nabokov Confession Sexuelle d’un Russe du Sud, un estudio de cien páginas que Havelock Ellis había agregado al sexto volumen de la edición francesa de sus Studies of Sexual Psychology, y que según Wilson había servido de inspiración para Lolita. Una opinión incorrecta, teniendo en cuenta que Nabokov había estado trabajando en la novela desde 1930. En concreto el tema del amor por una joven se remonta a un relato de 1939 escrito en París, en ruso, y nunca publicado, de título «The Enchanter». Supuestamente Nabokov perdió el manuscrito al mudarse a Estados Unidos pero lo encontró años más tarde, aunque no lo consideró apto para ser publicado. En una carta de 1947 a Wilson, el autor ruso mencionó que estaba trabajando en dos proyectos, un «nuevo tipo de autobiografía», el futuro Habla, Memoria y «una novela corta sobre un hombre al que le gustaban las niñas, que se va a llamar El reino junto al mar» ‒y que finalmente se llamaría Lolita‒.

Wilson leyó el manuscrito de Lolita antes de que fuera publicado, mientras Nabokov esperaba ansiosamente sus comentarios. Después de leer la primera mitad, Wilson no quiso obligarse a seguir adelante. «Me gusta menos que cualquier otra cosa tuya que haya leído», dijo a Nabokov en 1954. Continuó diciendo: «La historia en la que se basa es interesante, pero no creo que el tema dé para tanto. Los sujetos desagradables pueden hacer buenos libros, pero no siento que lo hayas conseguido. No es solo que los personajes y la situación sean repulsivos en sí mismos, sino que, presentados a esta escala, parecen bastante irreales». La carta incluía además dos comentarios adicionales: una nota concisa y desaprobadora de su ex esposa Mary McCarthy ‒«la escritura era terriblemente descuidada»‒, y un elogio de su esposa actual, Elena ‒«la niña parece muy real y precisa y su atractivo y seducción son absolutamente plausibles»‒.

La tortuosa historia editorial de Lolita está ampliamente documentada. Nabokov permitió que su agente europeo vendiera el manuscrito a Olympia Press, de Maurice Girodias, en París, más conocido por publicar manuscritos de vanguardia y de pornografía, o combinaciones de ambos, como El almuerzo desnudo de William Burroughs. Corría el año 1955 y en una reseña para el londinense Sunday Times Graham Greene lo proclamó como uno de los mejores libros del año. El editor del Sunday Express declaró que era «el libro más sucio que he leído nunca» y «pura pornografía desenfrenada». De la noche a la mañana el libro se hizo famoso en todo el mundo. Inglaterra prohibió que la edición de Olympia fuera importada y entonces Francia prohibió su publicación por completo. El New York Times tomó nota de su éxito y Nabokov fue comparado con Fitzgerald, Proust o Dostoyevsky.

En 1958 G.P. Putnam & Sons decidió arriesgarse publicando Lolita en Estados Unidos y la novela rivalizó en su lanzamiento con Lo que el viento se llevó, con un éxito sin precedentes en el que se vendieron más de cien mil copias en tres semanas. El huracán Lolita barrió a Estados Unidos, a Europa y al mundo entero, cambiando las vidas de los Nabokovs para siempre. Es probable que Wilson jamás reconociera que esta novela era mejor, estaba mejor escrita, que sus Memorias del condado de Hecate, pero Lolita cambió para siempre las relaciones entre ambos escritores. El triunfo de Lolita sobre la censura en algún momento le hizo pensar a Wilson que podría relanzar su novela, cuando volvió a aparecer en 1959. Pero estaba claro que Memorias del condado de Hecate agonizaba, mientras que Lolita, verdaderamente transgresora, continuaba elevándose, conquistando a nuevos lectores. Es más que probable que, en el fondo de la ruptura de esa amistad, Wilson estuviera celoso del éxito de Nabokov y de su novela.

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