Lucio V. Mansilla, encarnación de la espada y la palabra

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Las mujeres tienen el don de hacernos hacer cualquier tipo de disparates, inclusive de hacernos matar… hay héroes porque hay mujeres.

Lucio V. Mansilla

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién fue el hombre detrás del bronce?

Niñez, la historia en la mesa

Hijo del general Lucio Mansilla, y de doña Agustina Rozas de Mansilla. Sobrino por vía materna de Juan Manuel de Rosas, célebre dictador argentino.

Su padre, el general, de joven había servido como soldado raso en el Tercio de Voluntario Urbanos de Galicia, durante las Invasiones Inglesas. Luego, en épocas de guerra en el país, presta servicios a órdenes del General Belgrano. También lo encontramos en la contienda con el Brasil, y en el Litoral durante las Guerras Civiles. Es Unitario. Nunca lo ha negado. Ha sabido hacerse respetar incluso con su célebre cuñado. El General es amigo de Rivadavia, y llega a ser Gobernador de Entre Ríos.

Durante la tiranía rosista no trepida en poner su espada al servicio del país. Comanda las fuerzas nacionales en la Vuelta de Obligado. Interrogado por la Legislatura Porteña sobre la viabilidad de detener a los franceses e ingleses para que no remonten el Paraná con sus buques, contesta sereno y orgulloso: “¿Qué nos han de hacer esos gringos que no son capaces de galoparse una noche entera?”

Doña Agustina, “Agustinita”, como la llamaban en la sociedad porteña, era reputada la dama más hermosa de Buenos Aires. Mucho menor que el General, era incluso mayor que algunos hijos de aquél de sus primeras nupcias.

Lucio Victorio es el primogénito de ese matrimonio.

Crece entre sirvientes negros y mulatos, y luego recordará corretear en los patios de la casona de Palermo, residencia de su tío Juan Manuel.

Conocía el dictador la ternura. Referirá el escritor más tarde, que de pequeño, cuando visitaba a su tío, lo acostaban en la cama grande, entre don Juan Manuel y su esposa doña Encarnación, hasta que el niño conciliaba el sueño. Su biógrafo Popolizio refiere la siguiente anécdota: “Una vez sintió en sus nalgas las filosas uñas del diablo (…) tras un largo alarido de espanto, cayó desmayado…”

A él no llegaban las atrocidades de la Mazorca. Un día, viajan con su hermana en una volanta, ven unos bultos en el suelo, Lucio, en su mente infantil piensa que son hombres dormidos. Le pregunta al cochero.

-Son unos degollados…- responde éste sin inmutarse y siguen su camino.

Vivió la historia, llegó a protagonizarla, la escuchó en la mesa familiar. Fue un niño que jamás miró de lejos sin saber quienes eran  los actores de la guerra civil. El dictador no era el dictador, sino “el tío Juan Manuel”, Manuelita, la prima mayor que lo trataba como a un sobrino; Mariquita Sánchez de Thompson era una señorona bien vestida, “Misia Marica” en cuya casa se comía poco, según su abuela

Agustina; y el enviado inglés, un señor que hablaba raro con su padre y siempre llevaba bastón cuando llegaba a casa de visita.

Un mocito que lee El Contrato Social

A los diecisiete años vive Lucio su primer amor, y como no podía ser de otra manera, el episodio resulta pintoresco e ilustrativo del temperamento de su protagonista. Se enamoró perdidamente de una costurerita francesa un año menor que él, y resuelto a todo, contrató una ballenera para raptar a su amada y marcharse con ella. Un amigo, asustado, lo delató a su madre y todo terminó con el tenorio en un calabozo y la niña en una casa de ejercicios.

Un día, su padre decide que el jovencito debe aprender el negocio de los saladeros, y lo envía a un establecimiento de la familia entre Ramallo Y San Nicolás. En ese lugar, aburrido, comienza a leer a toda hora, y una mañana el General lo sorprende mientras hojeaba “El Contrato Social”. Su padre nada dice, pero durante unos días se lo ve pensativo. Finalmente lo hace llamar y le dice “Mi  amigo, si uno es sobrino de Rosas, no lee El Contrato Social, y si quiere leerlo con provecho, debe irse del país”1. Y con la esperanza de… ¡Vaya uno a saber! El padre lo envía en viaje a la India.

Y así comenzó Lucio a ver el mundo.

En Calcuta conoce a un norteamericano con el cual enseguida simpatiza, y ambos emprenden (¡en aquel tiempo!) la subida de los picos más accesibles del Himalaya. Hace la travesía del Mar Rojo en medio de un calor agobiante. Realiza el recorrido hasta El Cairo en camello, y frente a la pirámide de Keops, los amigos encuentran un grupo de estadounidenses. Lucio, orgullosamente se presenta como un argentino, un americano del sur.

Luego viajan a Constantinopla, y allí visita el mercado de esclavos. Las pobres mujeres, algunas hermosas, son exhibidas completamente desnudas. Lucio adquiere una por ochenta libras, y como corresponde a un gran señor y cumplido caballero, inmediatamente le concede la libertad. Pasea por Europa, y en Londres se entera del pronunciamiento de Urquiza.

Presiente algo extraño, y decide regresar. Cuando llega, su madre luego de abrazarlo, le dice: “Corresponde que vayas a Palermo a saludar a tu tío”. El joven no olvidará esa visita, de ella luego resulta el célebre relato “Los siete platos de arroz con leche”.

El Dictador al recibirlo lo saluda con cariño y le expresa: “Sobrino, estoy contento con usted, por que me han dicho que no ha vuelto agringado”.2

Caseros. Urquiza

Su tío, herido en una mano, y luego de redactar su renuncia en pleno campo, al llegar a Palermo tranquilamente se disfraza de marinero y se refugia en un buque inglés (siempre hay uno a mano en cualquier lugar del mundo). Su padre, por prudencia opta por marcharse un tiempo a Europa. Allá va Lucio con él. En Buenos Aires queda la madre. En el barco viaja otro personaje famoso que pasaba largos ratos departiendo con su padre: Sarmiento.

No simpatizaba con el sanjuanino, incluso en la parada de Río le exigió satisfacciones por “haberle faltado el respeto a mi madre”. Aquél, Teniente Coronel del Ejército Grande, al entrar a Buenos Aires, con la espada había destrozado una bandera federal en el frente del hogar de los Mansilla, sin saber quien habitaba allí. Todo se aclara. Con los años, uno tendrá una deuda eterna con el otro.

En París, padre e hijo se codean con lo más granado. El General alterna con la Condesa Eugenia de Montijo, y merecen las consideraciones del mismísimo Luis Napoleón, que los invita a las Tullerías y a las cacerías de Compiêgne.

Regresan a Buenos Aires, no sin antes pasar por Southampton a visitar al tío.

Allí comienzan, a sus veintiún años, las hazañas que le dan notoriedad en la sociedad de la época. En compañía de Benigno López, hijo del dictador paraguayo Carlos Antonio, remonta el Paraná en bote hasta Asunción, y luego regresa por el Uruguay.

Se casa a los veintiún años con su prima carnal. La iglesia otorga la dispensa necesaria, visto el obstáculo de la consanguinidad.

De aquel tiempo data su primer libro “De Adén a Suez” (1.854), especie de relato autobiográfico e impresiones de viaje.

Lucio, incorregible, protagoniza en un circo un pintoresco episodio. Reta a duelo públicamente a José Mármol, y acaba en el calabozo. En “Amalia” hay un capítulo titulado “500 onzas”, en el cual Mansilla creyó ver un agravio a su madre. Finalmente, fue condenado al destierro por tres años. Es que arrastraba el lastre de su apellido materno…y ahora la moda era perseguir todo lo que oliera a rojo punzó.

En aquel tiempo, Buenos Aires se hallaba separado de la Confederación, que tenía su capital en Paraná.

Allá fue a parar Lucio.

Un guerrero del Paraguay

Luego de una corta experiencia periodística en Santa Fe, vuelve a Paraná y emprende algunos negocios de relativo éxito económico. Finalmente, cumplida la pena, regresa a Buenos Aires.

Los años pasan, comienza su actuación pública. Actúa en Cepeda y Pavón. En aquel tiempo, y dadas las circunstancias del país, tarde o temprano, los hombres intervenían en alguna batalla. Además, un hijo dilecto de la sociedad porteña, debía ostentar un grado militar.

Finalmente, ingresa como Capitán en el Ejército de Línea, a las órdenes de Emilio Mitre.

Nuevamente escribe. Esta vez se trata de un libro de táctica militar.

Por un artículo publicado por el poeta Juan Chassaing, Mansilla, le contesta, las cosas pasan a mayores, y finalizan ambos empuñando pistolas de duelo.  El lance, afortunadamente, termina solamente con el poeta herido en un brazo.

Intenta la dramaturgia con una obrita rara, quizá existente sólo en los anaqueles de algún bibliófilo “Atar Gull o Una Venganza Africana”, de escaso valor según los entendidos. Sin embargo, al ser estrenada nueve años después, logra considerable suceso. Incluso es elogiada por Ventura de la Vega.

Alentado por el éxito escribió “Una Tía” comedia costumbrista en cuatro actos. Luego colabora con distintos periódicos.

La gente que le conocía, lo tenía por inteligente, franco, mundano, excéntrico, y un poco vanidoso. No se engañaban.

Lucio tiene treinta y tres años y estalla la Guerra del Paraguay, se destaca por su valentía rayana en la temeridad. En Curupaytí es herido, y muy cerca de él cae Dominguito Sarmiento, con quien mantenía una muy cordial relación.

Es trasladado a un hospital de campaña, y se le aplican sanguijuelas. Gustaba de usar una capa blanca, que unida a su natural apostura, lo destacaban sobre el resto. Intercalaba sus deberes castrenses con sus escritos como corresponsal de guerra del diario “La Tribuna”.

Pero no a todos agradaba el apuesto oficial.

El general Gelly y Obes escribía refiriéndose a él: “Todo lo echa a la chacota y a la broma, siguiendo cada vez más insensato en su modo de apreciar los sucesos y nuestras cosas…”.

Reconciliado definitivamente con Sarmiento, comienza a bregar por la candidatura de éste para presidente. En aquel tiempo escribe “Bases para la Organización del Ejército Argentino”, obra en la cual propugna el servicio militar mercenario.

Hacia 1868, protagoniza un incidente con un proveedor de Estado, al cual aplica una sonora bofetada, que por poco termina con tres duelos en lugar de uno. Interviene el General Gelly y Mansilla es castigado por su comandante.

Finalmente Sarmiento es electo presidente, gracias, en parte, al apoyo de Mansilla en el ejército. Una noche se presenta en la casa del sanjuanino que preparaba un discurso y le hace llegar una lista de “ministeriales”. “¿Usted Ministro de Guerra y Marina?, nos tildan de locos a ambos, juntos seremos inaguantables”, fue la respuesta del nuevo presidente.

Finalmente es enviado a Río Cuarto como comandante de Fronteras.

En verdad, un mezquino reconocimiento a su aporte a la presidencia.

Allí el entonces coronel supo alternar con unos y otros. Apadrinó hijos de indios, entre ellos uno, mal habido, de la china Carmen, célebre por su belleza, y a menudo su informante.

Repartió unos pesos a la salida de la Iglesia entre los niños que los recibieron al grito de ¡Padrino pelao! En otra ocasión, él personalmente, persigue a un desertor, lo atrapa, lo trae, y en presencia de la tropa lo reta a luchar. Un día le avisan que, Linconao, hermano del Cacique Ramón, ha caído  enfermo de cólera.

El coronel se interesa, lo busca, lo encuentra, lo alza en brazos sin temerle al contagio, lo lleva a su casa, y lo hace curar por una enfermera.

El indio jamás olvidará el gesto del hombre blanco. ¡Ese coronel Mansilla mucho toro!

Estando en Río Cuarto planeó y proyectó su famosa Excursión. De allí ha resultado quizá una de las obras pilares de nuestra literatura.

El libro está redactado en forma de carta a su amigo Santiago Arcos y constituye, tal vez, el mayor aporte para el conocimiento de una realidad totalmente ignorada en la época.

El desierto, una nación dentro de otra. Como en toda su obra, el autor se encuentra presente en ella. Tal vez, como con ningún otro, excepción hecha de Sarmiento y Borges, estamos en presencia de una personalidad que sobresale en todos sus escritos.

Mansilla es por sobre todo un ‘bon vivant’, un hombre de mundo que toma la vida como un pretexto para disfrutar. Al leerlo, no podemos reprimir la cuestión ¿Quién es este hombre? ¿Cómo habrá sido?

“Mi vida ha sido un pobre melodrama con aires de grande espectáculo, en el que he hecho alternativamente el papel de héroe, de enamorado y de padre noble, pero jamás el de criado…”, nos dice en “Mis Memorias escritas en diez minutos”.

Es un escritor de estilo originalísimo que, al leerlo, parece que estuviésemos charlando con él, que lo escucháramos. Habla como escribe y escribe como habla.

No hay nada de afectación o impostura en su prosa elegante. Incluso sabe darse maña para abordar temas delicados con humor fino e ironía. En “Una excursión…”, por ejemplo, nos cuenta cómo era la manera que tenían las indias para otorgar sus favores sexuales, aclarándonos que “Esta carta será mejor que no la lean las señoras” (Cap. XXXI).

Contiene además párrafos de una extraña crudeza, algo impropia en los escritores de su tiempo (“Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda (…) cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.

En donde hay indios hay olor a asafétida (…)”.

Es cierto que sus escritos abundan en digresiones. Se explica por su estilo coloquial. Además cuando aborda tangencialmente un tema, seguramente se trata de algo ameno e interesante para el lector.

Con su “Una excursión…” aparece en escena el gran escritor. La primera  publicación la realiza su amigo Héctor Varela.

En 1871 pierde a su hijo mayor, víctima de la epidemia de fiebre amarilla, y es herido por su ex ayudante Demetrio Rodríguez, quien dispara contra él cinco tiros en plena vía pública. Mansilla, lastimado, persigue a su agresor, quien huye por una calle. Luego es atendido por el balazo recibido.

Muere también su padre, el viejo general, aquejado también por la epidemia.

Sigue pasando el tiempo, lo vemos actuar en política, oficiando a favor de la candidatura de Avellaneda, y acaba como diputado del oficialismo. En aquellos años sigue ejerciendo la política y no se aparta de las filas del ejército. Además viaja.

Una vez, estando en París con su hija María Luisa le presentan a Alberdi, quien lo invita a comer en su casa, y le pide que lleve a su hija. “La mujer adorna la mesa”, le dice, elegantemente, el tucumano.

Por aquel tiempo, también tiene lugar el famoso duelo con Pantaleón Gómez. Todo empezó como una cuestión meramente literaria entre Mansilla y Aristóbulo del Valle, intervino Gómez, la cosa fue subiendo de tono, y terminaron insultándose ambos a través de la prensa.

Una mañana de febrero se encontraron, con sus respectivos padrinos en Palermo. Al tercer disparo simultáneo, Pantaleón Gómez, notorio duelista y presidente del Colegio de Escribanos, calló sin vida atravesado su corazón por una bala de Mansilla.

Roca es presidente y lo envía a Europa en misión oficial. Nuestro hombre está a sus anchas. ¡Nada como viajar! Su familia ya estaba allí. Su hija María Luisa se casa con el Conde de Voisins en Londres.

Mientras tanto, la prensa argentina vivía pendiente de los avatares de este hombre singular. Se ocupa de la inmigración y resulta interesante leer algunas de sus opiniones “… la inmigración rusa en la República no haría más que aumentar el número de bárbaros”.

Por aquel tiempo, enferma gravemente y muere su hija, y llega a Buenos Aires la noticia del duelo del coronel en Francia con Monsieur Mayence, el cual resulta muerto, y el coronel levemente herido. El año ochenta y cuatro es ascendido a general.

Sus relaciones conyugales no eran buenas. “¿Si podemos querer a varios amigos al mismo tiempo, por qué no podemos hacerlo con las mujeres?”, decía en privado.

Transcurre el tiempo y él, cuando puede, se da una vuelta por Europa.

En 1888 comienza a entregar a la prensa sus famosas Causeries (Entre-Nos). Hay de todo en ellas, anécdotas, reflexiones, recuerdos familiares, historias de su vida militar; pero fundamentalmente sus características digresiones.

El salón de su hermana Eduarda fue el sucesor del de Mariquita, muerta a avanzadísima edad. Allí reinaba el general, y concurría lo mejor de lo mejor de la sociedad de la época.

Comienza una época de bonanza económica, además de sus ocupaciones, especulaba y jugaba con éxito.

Luego viene otro golpe: fallece su última hija. Le dice a Mariano de Vedia “… ¡Pobre! Era suave mi dulce hija… Estoy deshecho. Déjeme, pues, cumplir con mis deberes de padre, concentrarme, llorar si puedo…”.

También pierde a Eduarda, su adorada hermana.

El general va llegando a una etapa en que los hombres van quedando solos. Comienza a alejarse de la política.

Alentado por Roca publica “Retratos y Recuerdos”, en los cuales vemos aparecer a Sarmiento, Avellaneda, Guido, Derqui, y muchos otros. Magistrales semblanzas donde la calidad, la agudeza y la capacidad de síntesis hacen del libro una obra imperdible. Lamentablemente nos dejó sin el segundo volumen.

En 1895 viaja nuevamente a Europa, conoce a Verlaine, quien le promete un prólogo para sus “Estudios Morales”, tarea abortada por la muerte del poeta. En París decían de él que era el amante de Mme.

Rostandt, joven y bella esposa del autor de “Cyrano”. Asiste a una función en que actúa la legendaria Sarah Bernhardt y le obsequia un ramo de rosas, la actriz a su vez, adorna su solapa con una de las flores obsequiadas.

Muere su esposa estando él en Europa. En realidad, ambos constituían un “matrimonio blanco” desde hacía tiempo.

Comienza a escribir una de sus mejores obras: “Rozas” la cual, al igual que su “Excursión” fue un éxito editorial.

Junto a Carlos Pellegrini y Victorino de la Plaza los paseantes en Buenos Aires lo ven practicar un deporte que comienza a estar en boga: el ciclismo.

En su “Rozas” conocemos al dictador contado por un miembro de su familia. Es una biografía, pero a la vez un retrato de las costumbres de la época y un desapasionado e imparcial juicio de la historia de una época sobre la cual todavía no hay acuerdo entre los historiadores.

“A Rozas se le imputan cosas que no hizo, como si no fueran suficientes las que hizo”. Manuelita se resintió con él a raíz del libro. “¡Con lo que te apreciaba tatita!”, le dijo una vez. Y era cierto. Don Juan Manuel le había obsequiado a su sobrino su banda de brigadier.

En el libro hallamos comentarios del autor de decidido carácter racista. Por cierto, su extraordinaria franqueza y sinceridad llaman poderosamente la atención en el lector actual.

Refiriéndose a los Rozas y los Lavalle nos dice: “… Todos los Lavalle y los Rozas han tenido el rostro bello, prevaleciendo los rubios sin mezcla (…) si las dos familias se combatieron, jamás se odiaron (…) los Lavalle y los Rozas sobrevivientes que han podido abrazarse lo han hecho con emoción, lo que prueba que la sangre era caliente, pero no maligna, sangre pura, sin mezcla, sangre verdaderamente colonial.

Distinguimos así entre la sangre de origen español, y lo que después ha dado el producto criollo mestizo. Y distinguimos ex profeso, porque, valga lo que valiese nuestra teoría científica, asignamos suma importancia a los antecedentes etnológicos…”. Era, sin dudas, un hombre de su época, con los errores propios de su tiempo.

En 1898 mueren su madre y Manuelita, y contrae segundas nupcias en Londres con una dama, viuda, nacida en Inglaterra, pero de familia argentina.

Es nombrado ministro plenipotenciario en Rusia, Alemania y el Imperio Astro-Húngaro. Tal vez él hubiese preferido Francia.

Los últimos tiempos

El general va perdiendo protagonismo en la vida política, comienza a quedarse solo. Ha conocido el placer en su vida, pero también la insuperable pena de sobrevivir a todos sus hijos.

“A mis hijos, todos muertos”, es la terrible dedicatoria de uno de los capítulos de sus “Retratos y Recuerdos”. Comienza a encerrarse con sus libros. Hay un momento en la vida de los hombres que conviven más con los recuerdos que con la realidad que los rodea.

Empieza a flaquear su salud. Como si adivinara el fin, se traslada a Francia, allí comienza el principio de su fin.

Muere en París en 1913. Alguien dijo que el lugar del fallecimiento fue su último acto de buen gusto.

Un epitafio adecuado para el general diría: “Aquí yace un hombre que murió de tanto vivir”.

Sus exequias fueron cita de condes, duques, diplomáticos, artistas, militares, y notables de todo tipo. Le Fígaro publicó una semblanza suya.

Se había marchado un gran señor y cumplido caballero, amigo de sus amigos, conversador afable, mundano, bailarín de salón, escritor de pluma galana, y a la vez un general de a caballo, argentino, capaz de sentarse en el medio de la pampa a comer un puchero de carne de yegua en el toldo de su compadre, el cacique Mariano Rozas.

Durmió en sábanas de seda, y sobre el apero, cubierto por la luna y las estrellas y arrullado por el viento del campo.

Con su partida comienzan a desaparecer una casta de hombres irrepetibles. Los que hicieron el país. La verdadera aristocracia de la cultura. Nos demostraron que el señorío, la verdadera hidalguía, el buen gusto, van acompañados del sacrificio y el amor a la tierra de los padres.

Si algo nos distingue del resto de Latinoamérica, se lo debemos a ellos. Soñaron con un país, y llevaron su obra a cabo. En pocas décadas realizaron una transformación sin parangones, en todos los aspectos, cultural, territorial, institucional.

De ser un territorio sometido a la voluntad de unos pocos caudillos caprichosos y egoístas pasamos a ser un Estado soberano con reales pretensiones hegemónicas en el continente.

Fueron verdaderos conductores que admiraron a quien se debe admirar. Inglaterra en el comercio, Prusia en el ejército y Francia en la cultura. Si alguna vez pensamos seriamente en Argentina como una potencia mundial con verdadera autodeterminación fue con ellos.

El país no fue gobernado por oportunistas, sino realmente por los mejores. Eran militares, estadistas, escritores. Pero por sobre todas las cosas, hombres de honor; y profundamente argentinos, amantes de este suelo.


Fuente: LOS ANDES – SUP. CULTURA Por Juan Edgardo Martin


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