Llega la negra crecida

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Llega la negra crecida

Margaret Drabble

Traducción de Regina López

Sexto Piso

Madrid, 2018

337 páginas

«La vejez sí es un tema para el heroísmo. Requiere mucho valor», dice Francesca Stubbs, la protagonista de esta novela. Fran pasa de los setenta, aunque goza de salud y autonomía, y a pesar de que hace tiempo que debería estar jubilada, trabaja gustosa para una institución benéfica que ofrece asistencia a ancianos que deben afrontar toda clase de penurias. Las personas que la rodean –su amiga Josephine, su exmarido Claude…– se ven abocadas a luchar por salvaguardar la dignidad en el último tramo de su existencia, una existencia que, más que disfrutarse, se sobrelleva en un carrusel de achaques y limitaciones de todo tipo. Así las cosas, Fran será una suerte de Virgilio –un Virgilio cercano, enamorado de los pequeños placeres de la vida– que guiar al lector por los infiernos, a menudo convertidos en un tabú, de la vejez. Porque uno diría que el tabú definitivo es la vejez, antes incluso que la muerte: la fragilidad y el irremediable declive, la vergu?enza que se deriva de ello, y ese educado olvido al que son relegadas las personas mayores por una sociedad en la que ya no encajan.

Llega la negra crecida es un libro profundo, por momentos sarcástico, con ecos de Simone de Beauvoir y Samuel Beckett, por el que discurre una emotiva e inolvidable galería de personajes acosados por la muerte y el desastre –siempre inminentes cuando uno ha traspasado ese non plus ultra de lo provecto– que se aventuran a vivir la vida lo mejor que pueden y con la misma urgencia que los demás. Y por eso la obra de Drabble es tan valiente, tan hermosa: porque lleva a cabo la revolucionaria idea de tratar a los ancianos como personas, porque habla desde la comprensión y el amor. Una novela que plantea qué es una buena vida y, por lo tanto, qué es una buena muerte.

 

A menudo ha sospechado que sus últimas palabras para sí misma y en este mundo serán ≪Mira que eres tontorrona≫, o quizá, según su estado de ánimo ese día o la hora de la noche, ≪Mira que eres gilipollas≫. Estas serán sus últimas palabras en el momento en que el coche se estrelle a toda velocidad contra el árbol, o la caldera sin revisar estalle, o el humo y las llamas llenen el pasillo, o el gancho del canalón ceda. No puede tener la certeza de que así serça, pero lo sospecha.

En los últimos años de su vida le ha suscitado un profundo interés la sentencia: ≪No hay hombre feliz antes de su muerte≫. Ni mujer, ya puestos. «No hay mujer feliz antes de su muerte». Cierto, sobre todo porque en el mundo antiguo hubo tantas mujeres como hombres con finales desdichados: Clitemnestra, Dido, Hécuba, Antçigona. Aunque naturalmente Antígona, recordémoslo, se regocijó de morir joven y por una buena causa (por muy inútil que nos parezca), evitándose por consiguiente todas las molestias de la vejez.

La propia Fran ya es demasiado vieja para morir joven, y demasiado vieja para evitar juanetes y artritis, verrugas y ampollas, muñecas debilitadas, cataratas incipientes que aún no pueden operarse, y una fatiga insidiosa. Prevé que de aquí a un tiempo (y quizá no mucho tiempo) todas esas molestias se volverán tan molestas que estará dispuesta a cometer uno de esos actos de temeraria locura que le proporcionaran un final rápido, y puede que sonado. Pero, ¿borraría y negaría el rápido final la felicidad intermitente de la juventud, la larga lucha en pos de una especie de madurez, los modestos triunfos, el trabajo duro? ¿Qué aspecto tendría la hoja de balance con el último cálculo?

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