Autogol

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Autogol

Ricardo Silva Romero

La Navaja Suiza

«Silva Romero es un narrador de pluma tan vigorosa que por momentos la novela resiste la comparación con A sangre fría, en clave tercermundista.»

Patricio Jara

1994, Colombia, un país que se ha convertido en sinónimo de narcotráfico y violencia, vive pendiente de su selección de fútbol. El Mundial de Estados Unidos parece devolver la fe a un pueblo que hace mucho tiempo dejó de creer en milagros. Hasta que el jugador con el dorsal número 2, Andrés Escobar, marca un gol en propia puerta que desencadena varias tragedias.
En el mismo estadio se queda sin voz el comentarista deportivo Pepe Calderón Tovar, quien, días después, decide acabar con la vida del defenestrado héroe nacional. Para ello viaja hasta Medellín, ciudad en la que reinan la cocaína y los sicarios. Pero Calderón Tovar no solo recorre la geografía colombiana, sino también su propio pasado. Ese viaje por su vida y por un país en guerra es al mismo tiempo delirante, hipnótico y trágico.

Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975) es autor de obras de teatro, poemarios, libros de cuentos y biografías. Sin embargo, el género que más ha cultivado es la novela. Entre ellas destacan Relato de Navidad en La Gran Vía (2001), Tic (2003), El hombre de los mil nombres (2006), Autogol (2009), el díptico Érase una vez Colombia (2012), El libro de la envidia (2014) e Historia oficial del amor (2016).

En abril de 2007 fue elegido por la organización del Hay Festival como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de Latinoamérica. Sus textos han aparecido en publicaciones como GatopardoEl MalpensanteEl EspectadorPiedepágina y Babelia. Silva Romero es uno de los columnistas de mayor éxito en el país. Cada viernes, el periódico de mayor circulación en Colombia, El Tiempo, publica su columna «Marcha fúnebre». Asimismo, escribe la columna «Archipiélago» en el diario El País.

En 2002 creó la página web www.ricardosilvaromero.com, un espacio que no solo es una presentacion de sus obras, sino también una suerte de autobiografía.

Pero no tenía voz. No era capaz de decir «esto era lo que
me faltaba» ni me salía la frase «vamos a perder» ni podía
pegar siquiera un grito vagabundo. Estábamos al aire.
Había llegado mi turno de opinar sobre la tragedia. Y en
vivo y en directo, en plena transmisión radial, se me morían
todas las palabras entre la garganta. Eran las 5:09 p.m. del
miércoles 22 de junio en el Mundial de Fútbol de 1994.
Minuto 33 del primer tiempo del partido nefasto que Colombia
jugaba contra los Estados Unidos. En las pantallas
gigantes del estadio en donde sucedía el encuentro, el Rose
Bowl de Los Ángeles, se repetía por segunda vez la jugada
de pesadilla que acababa de ocurrir: ese horrendo autogol.
Y eso era lo peor de todo. Y era, precisamente, lo que debía
comentar. Que perdíamos 0 a 1 con los locales porque el
defensa Andrés Escobar Saldarriaga, inquebrantable número
2 de la selección colombiana, había hecho un gol en su
propia portería.
Alguien me dijo «Pepe: a ese desgraciado lo van a matar».
Otro se apresuró a aclarar «no matan a nadie por eso».
Ninguno en ese infierno imaginaba que yo no volvería a
hablar jamás ni mucho menos que me empeñaría en ser el
asesino.

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