‘En la ciudad líquida’, de Marta Rebón

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

En la ciudad líquida

Marta Rebón

Caballo de Troya

Barcelona, 2017

498 páginas

 

Hay libros que pueden reseñarse y libros sobre los que convendría no decir nada, pues el autor ha necesitado de toda una vida, por muy joven que sea, sigue siendo toda una vida, para llevarlos a cabo. Este es el caso de En la ciudad líquida, un regalo de la traductora Marta Rebón o, para ser precisos, de la reescritora Marta Rebón. Si una ciudad fuera sólida, carecería de alma, estaría rígida, muerta. De ahí que esa sea la imagen que ella elija para hablarnos de la parte que ha aprendido, en sus días y sus noches, y que refleja la ventura de vivir. Es cierto que nos encontraremos con seres desdichados, pero Marta Rebón transmite algo de felicidad por el hecho de saber de ellos, de haberla ayudado a construirse. Y la felicidad, todos lo sabemos, pertenece a la magia, no a la ciencia. La crítica literaria, sin embargo, debería pertenecer a la razón. Con lo cual, esta reseña moriría por su entidad de absurdo. En cualquier caso, muere por el mero hecho de tener que resumir impresiones sobre un libro al que no le sobra un solo párrafo.

A partir del amor por la lengua rusa, Marta Rebón se plantea cómo sobrevivir en las ciudades líquidas que ha visitado o vivido, las rusas y cualquier otra. Para ello se precisarían branquias. Como los peces, pues, el libro es una forma de vagabundear dejándose llevar por el movimiento de las corrientes oceánicas, por el calor del agua, por la marea. Así es como va descubriendo la naturaleza del lenguaje, que será la naturaleza de quienes hicieron del lenguaje la esencia de lo que fueron. Pasternak, por supuesto, pero también Dostoievsky. Ambos con el dolor como compañero de viaje. Y Marta Rebón acompaña y nos explica ese dolor, que toma la forma de exilio. El exilio es múltiple, una Hydra de mil cabezas. Dostoievsky fue exiliado sin salir del país. Brodsky o Nabokov por una suerte de voluntad propia, de libertad propia. Las obras de estos autores las conocemos en Quito o en Tánger. Porque Rebón se va de viaje con ellos. Y después del tiempo, cuando ha decantado su vida o buena parte de su vida, ya se atreve a expresar sus filias. Vassili Grossman, a quien tradujo, o el enfermo Chéjov, para quien los pulmones fueron otra forma de exilio, la peor, la de llevarlo agarrado a la respiración. Encontraremos a Shalamov, de quien no sabemos si su obra es relato o documento, y a la inagotable Tsvietáieva. Y todo ello en una necesidad de reflejar los años oscuros en un país que aprendió a amar desde la distancia, pero que ahora quiere tras visitarlo.

De San Petersburgo, la ciudad más emblemática, destaca la luz: perpetua en verano, sin dejar de conferir a las calles una calidad de blanco y negro. El encanto está en la nostalgia. Ese cóctel solo funciona si uno tiene mucho talento para expresarse, para capturar al vuelo fragmentos dislocados, reza Rebón, antes de seguir recorriendo rincones ocultos donde lo terrible es tan atractivo como en la tundra. Al mismo tiempo, esos fragmentos dislocados nos hablan de ella, de Mihaly Dés y la revista Lateral, donde tantos comenzamos. De la memoria propia y de las memorias prestadas. De Oporto, Marruecos, Pessoa, Camus Churki, Bowles. De Barcelona y del proceso de creación literaria, que no es tan diferente al de cualquier otra forma de imaginación. Todo viene de haber visto, de haber vivido. Pero de haberlo hecho con los cinco sentidos abiertos y, a ser posible, abierto a la posibilidad de que uno tenga seis, siete o cien sentidos, pero que solo conozcamos cinco. Este es el principio de una gran amistad, sí, la nuestra con Marta Rebón, a quien ya le debíamos mucho de Vida y destino.

 

A favor de la luz

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