¿Para qué la belleza?

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Por Jorge Camón Pascual.

Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.
Todo ángel es terrible

Rainer Maria Rilke, Elegías a Duino

¿Sales del negro abismo o bajas de los astros?
Como un perro, el Destino sigue ciego tu falda…
Al azar vas sembrando la dicha y los desastres,
y todo lo gobiernas sin responder nada.

¡Caminas sobre muertos, y te burlas, Belleza!
El Horror, de tus broches no es el menos precioso,
y el Crimen, que se cuenta entre tus caros dijes,
danza amorosamente en tu vientre orgulloso.

Charles Baudelaire, Las flores del mal

Es indudable que la “belleza” es una de las dimensiones fundamentales de la vida humana desde sus mismos orígenes. En todas las culturas, a lo largo de la Historia, diversas manifestaciones artísticas y técnicas de cuidado y embellecimiento del cuerpo muestran que desde tiempos inmemoriales, desde el principio mismo, el hombre ha mostrado un sentimiento estético. Desde las propias pinturas rupestres, cuya verdadera función aún desconocemos, hasta utensilios domésticos y bélicos, el espíritu humano ha decorado, ha dotado de una dimensión nueva todos los objetos de su entorno, incluido, como acabo de mencionar, y de forma muy especial, el propio cuerpo: el vestido, el maquillaje, los aceites y perfumes, los “accesorios” (fíbulas, diademas, cinturones, joyas…), el arte del peinado y, mucho más allá, el estilo propio, las maneras (andares, formas de protocolo, de salutación, los conceptos de elegancia y gracia…).

La música, la pintura, la escultura, la danza aparecen ya en las primeras etapas de la hominización en sus formas más rudimentarias y se desarrollan de forma exponencial y con una variedad absolutamente inabarcable.

Pero si es indudable que el sentido de la belleza es intrínseco al ser humano, también podemos decir que su definición es problemática, por no decir imposible. La disciplina filosófica denominada “Estética” ha intentado desde su fundación hallar una definición universal de belleza, Una definición que no se va a encontrar si lo que intentamos delimitar es su “esencia”.

Ahora bien. Si no podemos responder a la pregunta qué es la belleza (tantas cosas se han dicho de ella, que es como si no se hubiera dicho nada), tal vez podamos acercarnos a ella de otro modo que dirigiéndonos directamente a su corazón, podemos rodearla, “vigilarla”, observarla (¡contemplarla!) e intentar responder a la pregunta para qué la belleza. Qué función cumple en el juego de fuerzas, en el entramado vital que nos hace humanos, capaces de apreciarla. Para qué sirve la belleza, qué objeto tiene admirarla, poseerla, crearla. No creo exagerar si afirmo que el hombre necesita rodearse de belleza para poder vivir, más aún, para poder sentirse humano. ¿En qué consiste esa necesidad?

“Galatea”, Gustave Moreau

Desde Platón, en Occidente existe una asociación, ya inscrita en nuestro “inconsciente colectivo” (permítanme esta expresión, algún día escribiré sobre él), que hace equivalentes los términos Belleza, Verdad y Bien. Esta sagrada Trinidad ha cruzado los siglos de Europa inalterable, inmutable, segura de su divina potencia para convocar a los espíritus humanos en torno a sí. Si percibimos algo como bello, lo tomamos por bueno y verdadero. Y, por contra, algo que designamos como “feo”, queda de forma automáticamente inconsciente asociado a lo malo o lo falso. Podríamos añadir el término Pureza, que me parece un significante tradicionalmente imbricado al concepto mismo de belleza, lo que nos remite a una arcana naturaleza alquímica de la misma, como si la Belleza fuera la forma Verdadera, Buena, Pura de la materia, extraída a través de un proceso de sublimación. Numerosos estudios psicológicos vienen demostrando desde los años 60 del pasado siglo que personas consideradas bellas físicamente obtienen con más facilidad puestos de trabajo y son consideradas como más persuasivas y más dignas de confianza. Es uno de los principios fundamentales, por otro lado, de la publicidad…

Un primer acercamiento a su misterio, a su enigma, es pensar en la economía del placer. La belleza, su contemplación, su posesión, su creación producen placer. Un placer que radica ¿en los órganos de los sentidos? ¿En el cerebro? No, la belleza parece pertenecer a otra dimensión. Una comida deliciosa podrá tener una bella presentación, pero no es en sí “bella”. Lo mismo podemos decir de un perfume cuya fragancia nos arrebata: nos proporciona placer, pero ese olor no es “bello”.

Por otro lado, el exceso de belleza sabemos que puede producir un efecto paradójico de displacer, conocido como “Síndrome de Stendhal”, una especie de vértigo del espíritu, una náusea vital, causados por la saturación y embotamiento de los sentidos. ¿Significará esto que hay una cantidad determinada de belleza que el hombre puede soportar, al sentir de Rilke? ¿O es simplemente que la explicación de la búsqueda de placer es insuficiente para entender el para qué de la belleza? Sería, por otro lado, como reducir el fenómeno complejo del amor a la serie de reacciones y procesos fisiológicos concomitantes que se producen en los cuerpos de los amantes. Y aunque esta teoría tiene numerosos defensores entre nuestros admirados científicos, y en gran número de legos que parecen aliviados al “degradar” sus complejos y atormentados sentimientos a reacciones neuroquímicas que algún día podrán ser controladas y neutralizadas por la omnipotente farmacología, parece que por lo común, o al menos en muchos de nosotros, la idea de reducir el amor, o el placer de la belleza a mera fisiología simplemente nos repugna.

La belleza está en el interior, se nos dice. No siempre tiene que ver con una hipotética perfección física, por ejemplo, los rasgos de un rostro. Pensemos en uno atractivo en sumo grado, el más hermoso que nos quepa imaginar. Ahora, de repente, ese rostro habla, y lo hace con una voz chillona, en extremo desagradable, o simplemente, con voz aterciopelada dice una palabra malsonante o una afirmación soez. ¿No es cierto que en ese preciso instante algo de la “belleza” física de ese rostro “perfecto” se desvanece para siempre como un espejismo? ¿Qué ha sucedido ahí?

Tal vez es que en el concepto de belleza hay entrelazadas, cual hilos invisibles, otras dimensiones. Por ejemplo, la armonía, el equilibrio…; este era el ideal griego de belleza. En los inicios del cine sonoro, muchas estrellas rutilantes hubieron de ser dobladas porque sus voces, absolutamente inapropiadas para el glamour que su presencia física exigía, amenazaban con destruir su merecida fama. En definitiva: en la belleza está involucrado algo del orden del equilibrio, de la armonía, algo bello es la definición de un “conjunto armonioso”. El símil con la música es indiscutible: para que una composición musical agrade al oído, debe responder a un harmonium, a una escala, a una jerarquía de sonidos que se combinan entre sí siguiendo reglas inamovibles. Si una “nota discordante” se intercala de repente en esa fluida estructura, de repente nuestros oídos chirrían, y la belleza del conjunto se echa a perder. Podríamos argumentar que la eclosión de la música dodecafónica contradice la idea tradicional de armonía, al abrirnos a la belleza de lo atonal. Sin embargo, este es un argumento ya hoy endeble: el propio Arnold Schönberg, artífice del dodecafonismo, se desgarró interiormente entre Moisés y Aaron, en su célebre ópera, y aceptó en una verdadera gesta metatextual, que no podemos prescindir por completo de la ley, que el flujo ilimitado del goce estético, necesita diques de contención, necesita una estructura…

Entonces, parecería que este es el para qué de la belleza, para esto sirve: para crear orden, armonía, serenidad en la vida humana… ¿Es esto suficiente? ¿Es imprescindible? Parece que existen muchas formas de crear orden y nada tienen que ver con la estética, con la búsqueda de la belleza. La historia muestra cómo la educación y las mil formas de disciplina sociopolítica han producido orden y armonía sin acudir al arte, sin necesitar de él, incluso prescindiendo de él. Es más, a menudo el arte ha sido considerado subversivo, peligroso, desestabilizador. La belleza arrastra, enloquece, embarga los sentidos, embriaga, enajena… “La beauté sera convulsive ou ne sera pas”, sentenciaba André Bretón, idea que ya restallaba desde Baudelaire y Poe. Lo cual no deja de de evocarnos un aire de morbidez y necrofilia. En cualquier caso, desde Schlegel y el movimiento romántico, pasando por Lautréamont, una corriente de “malditismo” comienza a apropiarse del concepto de belleza. Karl Rosenkranz publica en 1853 “Estética de lo feo”, fascinante taxonomía de categorías de “lo bello negativo”, como lo definió su autor. De ahí a las manifestaciones artísticas más radicales (Damien Hirst & co), parece inevitable un cierto encuentro, un cierto contacto de lo bello con lo siniestro, por parafrasear la indagación de Eugenio Trías.

Hay un antiquísimo tema mitológico que todos ustedes conocen: el de “la Bella y la Bestia”. Este mitologema ha alimentado muchas historias en todas las civilizaciones y culturas. Una de las más populares es la historia de King Kong. Desde su primera aparición en el cine, en 1933, hasta la versión más reciente, del 2005 (obvio la última producción a manos de Jordan Vogt-Roberts), la historia se abre o se cierra con un enigmático proverbio árabe:

“Y entonces, la Bestia miró el rostro de Bella. Y detuvo su mano asesina. Y desde ese día, estuvo destinada a morir”.

¿Qué hemos de entender aquí? La historia en sí resulta chocante: un simio gigante se siente fascinado por una insignificante humana. Obviamente, no entendemos qué pasa por la cabeza de semejante monstruo. Obviamente, no puede ser su objeto sexual, pues en este caso, el tamaño importa y de forma trágica. Mata por ella, la defiende a riesgo de su propia vida, la quiere poseer. Y muy curioso: su demoledora fiereza frente a otro animal cualquiera, se desvanece en una mezcla de curiosidad y ternura al contemplarla. La bella es tratada por el gigante con una suma delicadeza desconocida en él, imposible en él hasta entonces y fuera de ella. Esta historia es absurda con una evidencia abrumadora. Sin embargo, no nos resulta inverosímil en ningún momento: la aceptamos con una naturalidad no menos asombrosa.

Jessica Lange en “King Kong” (1976)

¿No será porque algo nuestro, algo muy latente, muy escondido, resuena en nosotros mismos? ¿No será que nos identificamos de alguna manera, nos reconocemos ahí? El citado proverbio árabe dice que la Bestia “detuvo su mano asesina”. En ningún momento la alza contra la Bella. Muy al contrario, su mano, asesina en cualquier otra ocasión, se convierte en lecho, mecedora, fortaleza inexpugnable para Bella.

Y es que, en efecto, la belleza es uno de los grandes antídotos contra la violencia de la vida, contra la inhospitalidad del mundo… en definitiva, contra la muerte. La belleza nos ayuda a burlar la muerte, nos desvía por caminos placenteros, hace la vida más ancha (ya que no puede hacerla más larga), nos consuela de sinsabores y sufrimientos. La belleza es, de algún modo, terapéutica.

No pretendo decir, ni mucho menos, que todo el misterio de la belleza se reduzca a este principio, pero creo que añade una dimensión en la que a menudo no pensamos. Rodearse de belleza, hasta en los gestos y objetos más cotidianos, es sin duda alguna un factor terapéutico muy poderoso. Cuidar los detalles (como decíamos al principio, en la presentación de una comida), prestar atención a los matices de colores al cruzar un parque, o pararse en la vorágine diaria a escuchar unos minutos de la música preferida. Cualquier excusa es buena para introducir belleza (aunque sea de forma minimalista, “homeopática”) en nuestras vidas. Párense a pensar 3 ó 4 veces al día en esta propuesta. Merece la pena, se lo aseguro.

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Una respuesta a ¿Para qué la belleza?

  1. Genial y bella píldora reflexiva sobre uno de los muchos misterios que alberga la condición humana.Conciso,claro,sugerente y entretenido.Invita y motiva a pensar sobre ello.Espero más escritos de Jorge,realmente es un soplo de aire fresco,trata temas complejos de manera amena.Felicidades y a seguir así.

    David Sorde
    2 abril 2018 at 6:05 am

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