La guerra de los agujeros negros, o cómo enfrentarse al todopoderoso Stephen Hawking

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Por Ana March. “Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas, esto constituye una fórmula segura para el desastre”. Carl Sagan

En nuestro tiempo existen serios obstáculos que se oponen especialmente a la afluencia del conocimiento, a la divulgación independiente de la información, pero entre esos obstáculos ninguno es tan efectivo ni tan pernicioso como la falta de interés. La mayor dificultad a salvar para la propagación del saber es la indiferencia. Una indiferencia que el capitalismo manufactura, empaqueta, distribuye y aplica como anestesia general entre los ciudadanos, y que es diagnosticada apenas como un efecto colateral del sistema.

Ahora bien, de entre todas las abulias y apatías que el hipermodernismo genera, quizás no exista un desinterés más obstinado que el que se le otorga a la ciencia. En una sociedad que se encuentra sumida en una profunda espiral tecnológica, dependiente en grado extremo del tecnificismo, el analfabetismo científico se transforma en abono para el terreno de los dogmatismos, los prejuicios y la sugestión, allende de la vulnerabilidad que conlleva en materia de derechos, salud, alimentación, cuidado del medioambiente, etc.

Incluso entre personas cultas, o que demuestran vivo interés por adquirir más conocimientos, ya sea en historia, arte, o literatura, por ejemplo, es inusual encontrar a quienes también les interese las bases de la física de partículas, del neurolingüismo, de la ingeniería genética, o de su microondas, para no ir tan lejos.La ciencia sustenta la base de nuestra sociedad, está presente en todas las áreas de nuestra vida, pero su verdadero análisis y conocimiento lo transita únicamente una franja marginal de personas. Por lo tanto en la sociedad se ha generado una brecha que convierte en anacrónica la percepción popular y la percepción que del ser humano, de las leyes de nuestro mundo y del cosmos mantienen actualmente los científicos.

Hagamos un juego. Qué pensaría si le digo que usted, yo y el mundo en el que vivimos, nuestra experiencia cotidiana, es un holograma, una ilusión, que el continuo espacio-tiempo puede estar compuesto en realidad de algo así como diminutos píxeles, que usted es 99, 999% de espacio vacío, que toda la materia del planeta cabría concentrada en una pelota de tenis, o que todo lo que usted ve es pasado y que nunca toca realmente nada, porque la materia no se toca. ¿Me creería o pensaría que estoy desvariando? Pues todo esto corresponde con la forma de mirar el mundo que nos brinda hoy la ciencia, y la lista continúa y es asombrosamente fascinante como para perdérsela. Y qué mejor para salvar la distancia que nos separa que dejar que sean ellos, los científicos, los que nos cuenten hacia donde nos lleva hoy uno de los viajes más asombrosos que la humanidad haya hecho jamás al terreno de la abstracción.

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Entre esos libros fascinantes, capaces de derribar por sí mismos los tópicos más comunes, como que la ciencia es una disciplina destinada a unos pocos elegidos, o que los científicos son incapaces de comunicarse con el resto de los mortales en términos más o menos inteligibles, tenemos desde abril en las librerías, La guerra de los agujeros negros, Una controversia científica sobre las leyes últimas de la naturaleza, del físico teórico Leonard Susskind. Un libro que describe de forma amena y con mucho humor la encarnizada batalla intelectual que libraron el reconocido físico teórico Stephen Hawking y el autor del libro, Leonard Susskind, en torno a los colosales monstruos del espacio, los agujeros negros.

Veinte años de discrepancia teórica que han dado lugar a uno de los más asombrosos principios físicos: El principio holográfico. El principio que, apoyándose en alguna de las paradojas de la teoría de cuerdas –de la que Susskind fue también uno de sus propulsores-, especula en torno a la gravedad cuántica y refiere que el universo que vemos podría ser una estructura de información bidimensional que se refleja en el horizonte cosmológico, de tal manera que las tres dimensiones que podemos observar del universo son en realidad un holograma. Este principio nos obliga a mirar a través de dos versiones sobre lo que ocurre en lo que denominamos realidad, una de ellas es la realidad tridimensional que percibimos, y la otra una imagen distorsionada que contiene la misma información y que se refleja en los confines del universo. ¿Suena a ciencia ficción, verdad? Pues es física teórica contemporánea.

El camino que nos hace recorrer Susskind hacia los agujeros negros y su compleja comprensión transcurre salpicado de curiosas anécdotas que nos permiten adentrarnos entre bastidores, al lado más humano de la ciencia, mientras, nos va guiando hacia las nociones básicas de la física cuántica, del espacio-tiempo, de las partículas, por medio de ejemplos simples, de suaves ejercicios mentales, logrando que practiquemos la compleja gimnasia de la abstracción y comprendamos las leyes que reinan en el mundo cuántico. La comprensión de cómo funcionan estos minúsculos ladrillos del cosmos han dinamitado los cimientos de todas las leyes de la naturaleza conocidas hasta ahora, revolucionado la lógica clásica y cambiado las reglas ordinarias de pensamiento que una persona cuerda pueda utilizar para hacer deducciones; está alterando la conciencia de quienes se acercan a ellos. Haciendo que lo “normal” se desvanezca, y que los límites de lo posible y lo imposible se fusionen. Algo difícil de aceptar si uno opone resistencia.

Cuentan que Einstein, profundamente contrariado por la impredecibilidad que implicaban las extrañas y nuevas reglas de la mecánica cuántica, algo que él sencillamente no podía aceptar, escribió una carta a su colega y amigo Niels Bohr, en la cual declaraba pomposamente ”Dios no juega a los dados”. La respuesta de Niels Bohr fue tajante, le contestó “Einstein, no le digas a Dios lo que tiene que hacer”. Existe un disparatado y confuso mundo cuántico, donde la incertidumbre es la norma y donde ya nada tiene sentido dentro de la lógica, un mundo cuya única regla para comprenderle, exige que usted deje volar la imaginación.

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