‘Chica de campo’, de Edna O’Brien

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Chica de campo

Edna O’Brien

Traducción de Regina López Muñoz

Errata Naturae

Madrid, 2018

425 páginas

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca / Fuente: Tan alto el silencio

El tema de la literatura de Edna O’Brien es la moralidad. Es la poesía. Es la memoria. Es Irlanda. Es todo lo que pueda contener la cabeza de un alfiler, un infinito mundo de seres microscópicos capaces de tornar la vida de cada individuo. El tema es ella, el registro de lo que la construyó, el dolor de la memoria, dicta Berger. En este caso, con más razón. Nada de buscar lo autorreferencial en la obra, pues nos enfrentamos a las memorias. Saltando de casilla a casilla, con muchas elipsis, porque la memoria no rellena los huecos de la vida que dejamos atrás, si acaso los rellena la voluntad y la imaginación, nos muestra una cierta bipolaridad sin que tengamos la sensación de que nos está trasladando del amor al odio y del resentimiento al cariño. Los aluviones de la memoria y de algo aún más fuerte que la memoria son tan abrumadores, confiesa, que llora lágrimas buenas. Con ese oxímoron se enfrenta a su infancia en el campo, en el mundo anterior, pero ¿anterior a qué? Suponemos que anterior a empezar a vivir. Y sin embargo es su memoria, una “época en la que creía que en nuestros prados y hondonadas dormía una especie de música antigua, centenaria”. Una época que abarca la infancia y los primeros años de vida adulta. Con un paréntesis en el que pasa por un convento, se traslada de nuevo a la campiña irlandesa, se casa y sufre maltrato por parte del marido. Los ojos del maltratador serán para ella una obsesión, algo que no podrá perdonarle a su padre, algo imborrable e indigno.

Así pues, antes de comenzar a ser una escritora con cierto nombre, lo que nos presenta son ráfagas de supervivencia. Con el tono lírico de muchas de sus obras anteriores, sobre todo de la más parecida a sus días, Un lugar pagano. Toma conciencia de que ser irlandesa la hace feroz y cuando a uno no le queda otra cosa a la que agarrarse, se agarra al odio para no morir. Así es como sortea el alcoholismo del padre y el trastorno obsesivo del marido. Eso sí, con tono melancólico, porque en la literatura de O’Brien fluye la idea de que el miedo y la tristeza son la misma cosa. No busca vengarse, sino reflejar, exponer, sacar al aire. Sola, pues al poco de nacer ninguno de sus hermanos mayores vivía ya en casa, crece O’Brien en un mundo rural que es lo opuesto al Beatus Ille, tal vez por no haberlo elegido. Aunque hacia el final, habiendo sido una mujer de éxito en Londres o Nueva york, haga un intento por recuperar la paz que debió haber existido. Su experiencia fracasará, pero la vida no trata sobre victorias o derrotas. Sí conviene cerrar capítulos, poner las cosas en su sitio, abandonar la nave que te mantiene falsamente a flote para nadar y saber que puedes nadar por tu cuenta cada segundo. Eso es lo que hace Edna O’Brien.

Pasa por la feligresía y el extremismo religioso, por el amor violento y el odio, por el amor filial y el anhelo de ser madre. Pasa por la codicia de ser escritora y por la pobreza, cuando en Dublín se somete a un torrente de estímulos y logra abrirse camino. Por momentos parece una cabeza loca, por otros la mujer más sensata del mundo. Y siempre dispuesta a aprender: sobre literatura, sobre el sexo, sobre la indulgencia, sobre cómo se puede vivir con intensidad la vida contemplativa, incluso a través de los libros. Pasa por el enfrentamiento entre la realidad y el deseo: “Volví a la calle hecha polvo, convencida de que la vida era un camino gris, un limbo literario sin final, desde donde jamás alcanzaría las alturas del Parnaso al que, tonta de mí, había aspirado”.

Viaja a Londres, donde se instala demostrando que entre ser escritor y ama de casa apenas hay diferencia. Comprueba el impacto de su primera novela y da fe de “las razones de mi reticencia a vivir en Irlanda, a saber, su estrechez de miras y su sólida censura”. Y es que parece que nos esté hablando de una sociedad del siglo XIX, preindustrial, provinciana. Pero de ahí pasa a codearse con gente de éxito. Algo que también describe sin emitir juicios de valor: Sean Connery o Robert Mitchum aparecen en alguna fiesta que organiza en su casa, alguna de esas felices fiestas naif de los sesenta. Le tratará un psiquiatra a quien presenta como un hombre con la cabeza en la Luna. Se muestra descuidada con el dinero y con el amor, por su deseo de sentirse libre, por descubrir que la libertad es un mito, por la búsqueda, en consecuencia, de una cura para el alma. Algo ni siquiera la bulimia que muestra en Nueva York es capaz de rellenar. Ni tampoco el darse cuenta de la pequeñez de sus problemas frente a la guerra del IRA.

Volverá a Irlanda, donde la soledad es hermosa, triste e imperecedera, como dictó Beckett: “La soledad de la música, unida a la soledad del lugar y al lamento del mar, me dio la impresión de que todo estaba en orden y de que por fin me había establecido; sin embargo, esa certeza se deshacía cualquier noche de tormenta en soledad”.

“Me digo que lo único que siempre he querido ha sido una persona con quien compartir mis miedos, y que a partir de ahí brotaría una música cautiva”. De eso trata la literatura de Edna O’Brien. Esa cuestión irresoluble es la que palpita en todos a la hora de afrontar el oficio, tal vez el arte, de vivir.

La expresión “piano roto”, con todas sus connotaciones, reverbera sin cesar dentro de mi cabeza, y pese a todo me hizo pensar en la generosidad que me ha reservado la vida: he conocido la alegría y el dolor extremos, el amor correspondido y el no correspondido, el éxito y el fracaso, la fama y el vapuleo…”. A los setenta y ocho años, para combatir esa angustia, Edna O’Brien no escribe estas memorias. Ella misma lo dice. Después de treinta y tantos años sin hacerlo, cuece pan. “Por muy piano roto que fuera, me sentí más viva que nunca cuando el aroma del pan se apoderó del ambiente”.

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