Autorretrato de un macho disidente, de Octavio Salazar

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Por: Ángelo Nestore

Podría hablar de Octavio Salazar como el hombre feminista, el padre queer o el jurista heterodoxo. Podría hablar de sus ensayos o de sus artículos sobre la igualdad de género. Podría hablar de la lucha que late en su pecho de igual forma desde las redes o desde la academia. Sin embargo, pienso en Octavio y hay un hombre que amanece siempre en la playa de Cádiz, un hombre que dice «luz» y en el universo se apagan todas las estrellas. Está a oscuras. Él es faro en un océano que ya ha olvidado su nombre, en la oscuridad dibuja las líneas de su cuerpo y despacio deshace el contorno de su pecho, resquebraja la fibra, el músculo, escribe otra tensión en el brazo que se alza, otra historia en la garganta que levanta una voz coral de todas las mujeres que han sido hogar, fruto y árbol en su vida. Se refleja en el temblor de la marea la quietud de un ser nuevo, un animal jadeante que se limpia las heridas, que abandona la coraza prehistórica, un ser inacabado porque inacabable, capaz de cuestionar el porqué de la nuez de su cuello, de arrancarse los ojos del hombre y mirar el mundo a ciegas, tan tiernamente, porque vivir a tientas, al fin y al cabo, es la manera de evitar la caída, de no tropezar con una piedra milenaria que carga en su cuerpo desde hace siglos.

            Él, traidor de una herencia que le guiña el ojo, rey que abdica al trono de los tronos, se ofrece en estas páginas con la honestidad de quien se levanta de un escombro porque no pudo aguantar el peso de las torres que le enseñaron a elevar, porque torció la mirada hacia lugares prohibidos, pero se levanta siempre y tiene el valor de salir de un hogar cálido, de la comida caliente para desafiar la ley del patriarca. No es macho ni es alfa, señores, él habla otra lengua: se inventa un idioma nuevo para deshacer todas las promesas que de pequeño le obligaron a sellar: serás el hombre de la casa, serás la fuerza de este hogar, serás azul y serás de acero. Porque creció sabiendo que Dios era un hombre y que el hombre era Dios. Sin embargo, algo dentro de él aún duele y aún bulle. Él es el hombre que se torció hasta hacerse pregunta, que apuntó el dedo hacia el tablero y reventó las reglas del juego. Él, y cuando digo él digo solo él, es quien en este país nos entrega la imagen de un hombre nuevo, perdón, debería decir de un ser nuevo que lleva en secreto bajo la piel toda la sabiduría y la ternura de quien emprende, sin saberlo, algo grande y algo nuevo y aún tiembla.

 

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