Dalva

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Como muchos de los libros de Jim Harrison, Dalva fue escrita en una cabaña con techo de estaño rodeada de perros y caballos deambulando a su aire. Uno tiene incluso la sensación de que mientras escribía con una mano (Harrison usó hasta el final una pluma estilográfica) con la otra ahogaba a una serpiente de cascabel. Desde esa tensión parecen construirse sus personajes, casi siempre escorados hacia el Oeste, recorriendo las inmensidades salvajes del continente americano, y alejados de las grandes ciudades. La protagonista de este libro es Dalva, y la impresión que causó en su día fue tal que hoy pueden encontrarse innumerables mujeres con ese nombre en Estados Unidos.

Dalva es, al fin y al cabo, la mejor novela de Jim Harrison, como han reconocido él mismo, la crítica y los lectores de forma unánime. Es la historia de una mujer que para retomar el control sobre su propia vida se muda al viejo rancho familiar de Nebraska. Dalva tiene cuarenta y cinco años, es bella e intrépida, y sin duda ha tenido una vida repleta de amantes y aventuras. Pero ahora comienza un viaje que la llevará de vuelta al seno de su familia, al recuerdo de aquel chico mitad sioux del que se enamoró en su juventud, de aquel hijo mestizo que le fue arrebatado al nacer y de aquel bisabuelo, sabio pionero perdido en las Grandes Llanuras, cuyos diarios relatan la sangrienta aniquilación de los indios. La historia de su familia se liga, por tanto, con la de un pueblo oprimido, de la Guerra Civil a la masacre de Wounded Knee y la Guerra de Vietnam. Es la violenta historia de América, a través de la cual Dalva busca un bálsamo para sanar esa cosa que llamamos alma. La de Dalva se parece mucho a un animal salvaje y está herida. Busca cobijo pero saca el colmillo, porque adora la vida.

Jim Harrison (Míchigan, 1937 – Arizona, 2016) fue escritor, poeta, viajero, pescador, gran gourmet y buen bebedor. Se lo considera uno de los grandes narradores norteamericanos y ha sido comparado en innumerables ocasiones con Faulkner y Hemingway. Hijo de un ingeniero agrícola y un ama de casa, perdió casi por completo la visión del ojo izquierdo a los siete años, cuando una niña le atacó sin mediar palabra con una botella. Desde entonces fue la oveja negra de la familia, y mientras sus hermanos forjaban sus carreras como decanos de distintas universidades, él ya había dejado de estudiar a los dieciocho años y se había marchado a Nueva York tras la sombra de Rimbaud, quería ser poeta. En una entrevista reciente, Harrison declaró: «Cualquiera que estuviera un poco loco me gustaba. Yo era como un personaje de Roberto Bolaño, siempre persiguiendo las cosas más descabelladas». Harrison leyó a Bolaño, pero antes leyó a Federico García Lorca, Jorge Guillén, Antonio Machado, César Vallejo… Eso sí, siempre como autodidacta, nunca fue a un taller de escritura y sin embargo dominó todos los géneros, siendo autor de una veintena de novelas, catorce poemarios, diversos ensayos y dos volúmenes de memorias, una extensa obra que ha sido traducida a más de treinta lenguas. Sus libros han conformado una constante exploración de la relación del ser humano con la naturaleza salvaje, y un viaje de ida y vuelta entre los laberintos de la mente y los placeres del cuerpo. Nadie como él ha descrito los grandes paisajes de Estados Unidos, el legado indio (del que él mismo es depositario) y la historia contemporánea de la América rural. Entre sus obras más importantes se encuentran la mundialmente famosa, por su adaptación al cine, Leyendas de pasión, así como DalvaSundog o Julip.

«Jim Harrison porta en sí mismo la semilla de la inmortalidad». The London Sunday Times

«Inmenso y apasionante. No hay forma de olvidar el personaje de Dalva». The Chicago Tribune

«Dalva aúna el humor y el clamor. Un conjunto de voces que quiebran las barreras del tiempo y el género, una bomba de relojería que hace que las identidades se revelen y los esqueletos salgan del armario. Dalva es un libro suspendido en su propia belleza». Los Angeles Times Book Review

«Los instintos narrativos de Harrison son prácticamente perfectos. Los personajes de Dalva se nos presentan como auténticos pura sangre, individuos irrepetibles que, a un tiempo, encarnan la inocencia, la despreocupación y la urgencia que jugaron un papel tan importante en la conformación de Estados Unidos. A lo que se unen las descripciones inigualables que hace Harrison de la naturaleza: los desiertos indómitos, las llanuras interminables, los bosques y los arroyos de lo que una vez fue la frontera». The New York Times Book Review

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