Lo que más me gusta son los monstruos, de Emil Ferris. Todos somos monstruos

Por Rubén Varillas

Lo que más me gusta son los monstruos fue la revelación comicográfica de 2017. Así lo señalan la multitud de premios recibidos y una alabanza unánime por parte de la crítica.

El cómic de Emil Ferris es un prodigio de imaginación que combina una compleja inteligencia creativa en el manejo de referencias simbólicas con esa sinceridad desarmante basada en la inocencia casi infantil que transmite el punto de vista elegido (el de la niña Karen Reyes). Lo que más me gusta son los monstruos está formado por  400 páginas dibujadas sobre papel pautado de rayas (con la habitual línea roja de margen y los dos agujeritos para archivar la hoja en una carpeta de anillas). Sobre esa superficie convencional que nos retrotrae a nuestra edad escolar, despliega la autora su barroquismo low art: ¡Y qué manera de dibujar la de Ferris! ¡Qué forma de actualizar el entramado profuso del underground hasta convertir su trazo en un realismo virtuoso que parece ejecutado a mano alzada! (Sus dibujos nos recuerdan a los ejercicios de estilo realista con los que maestros como Robert Crumb o Chris Ware completan cuadernos de bocetos que luego son publicados como libros de ilustración para completistas).

La candidez de este voluminoso trabajo está ciertamente relacionada con sus elecciones estéticas (el cuaderno de bocetos), pero sobre todo tiene que ver con el tema de la obra y su mensaje de supervivencia: porque este cómic habla de los miedos del niño y de los refugios de la infancia. Ante las amenazas o el sufrimiento, la pequeña protagonista se evade, busca un refugio… Lo encuentra en sus seres queridos y sus iguales, en sus objetos fetiche, en sus lecturas (en los cómics, por ejemplo) o en esos lugares imaginarios que nacen de lo más profundo del subconsciente: armarios protectores, bosques imaginarios de musgo mullido, camas que son fortalezas, etc.

En su cómic, Ferris recorre los siempre imperfectos y fragmentarios recuerdos de la infancia como quien se busca a sí mismo desde el presente: como quien intenta llegar a entender al adulto que ha llegado a ser. Para ello rastrea en la vida familiar de la niña Karen Reyes, el círculo cerrado que formaban ella, su madre y su idolatrado hermano Deezie; explora en el círculo concéntrico exterior que dibuja su peculiar comunidad de vecinos (y en el suceso dramático de la muerte de su querida vecina Anka); y termina, por último, desbordando los círculos protectores del entorno más cercano, para enfrentarse a ese mundo hostil ante el cual la protagonista se protege asumiendo su naturaleza única y extravagante: su condición freak, la asunción de que en ese entorno hostil ella es “el monstruo”.

Emil Ferris creció en Chicago y –como ella misma reconoce– es en Chicago donde surge su inspiración. Fue, precisamente, en The School of the Art Institute of Chicago donde aprendió a cultivar su peculiar mirada hacia la realidad: “Era imposible crecer en esa era de los Mad Men y no creer en los monstruos.”

Lo que más me gusta son los monstruos recorre seguramente los episodios más traumáticos de aquella Emil Ferris señalada por su singularidad y convertida en personaje de ficción. Pero los usa para reconstruir una nueva mirada cargada de comprensión e inteligencia. A partir de la metáfora inicial (los monstruos amables frente a la jauría humana), la autora construye un complejo edificio simbólico de signos cruzados y referencias que no dejan de crecer, interrelacionarse y enriquecerse semánticamente con cada página. Las estructuras absolutamente libres que maneja la autora a la hora de construir sus secuencias refuerzan esa interrelación simbólica: el cómic escapa de una secuenciación tradicional en viñetas. Cada página se construye de forma autónoma y original en base a una serie de recursos que desbordan el lenguaje del cómic para sumergirse en los ámbitos de la ilustración, la exposición diagramática, el cartelismo y el portadismo, el cuaderno de notas, el diario ilustrado o la decoración mitómana adolescente de carpetas y cuadernos.

Podemos interpretar este cómic como un gran poema alegórico narrativo estructurado a base de diferentes episodios y secuencias que, al mismo tiempo que ayudan a construir el sentido último de la composición, establecen hipervínculos internos que se van cargando de matices y nuevas connotaciones. Dentro de su corpus simbólico, destacan una serie de temas sobre los que el texto vuelve una y otra vez en diferentes momentos y secuencias: el arte como fórmula para interpretar la realidad; la muerte misteriosa de la vecina Anka que reubica la existencia de Emil en el plano del misterio y lo desconocido; los cómics y las películas de terror como manual de instrucciones fidedigno para interpretar la vida propia; el descubrimiento de los secretos familiares como transición hacia la vida adulta, etc.

Es precisamente el rechazo a crecer (la asunción de la soledad definitiva) una de las guías que ayudan a interpretar la novela gráfica. Los refugios de la niña-lobo (el dibujo, la mitología, su amor al arte y a los cómics, su ingenuidad a la hora de interpretar la realidad, la fe infinita en la familia) son las puertas a descubrimientos inocuos y formativos que le ofrecen un lugar en el que sentirse segura. Frente a ellos, se levantan esos otros hallazgos dolorosos que llegan con la edad y la pérdida de la inocencia: el descubrimiento de la infelicidad amorosa a través de su hermano, la presencia pegajosa de la muerte, la depravación y la mezquindad humana para con el prójimo, etc.

La historia fluye, sinuosa, entre todos estos temas y se alimenta de las referencias simbólicas que surgen de ellos. No existe un orden lógico preciso en la narración: pareciera que Emil Ferris hubiera construido su relato sin una planificación previa, dejándose llevar por los recuerdos (tal y como son todos los recuerdos: imprecisos y deslavazados, siempre fragmentarios) en un recorrido libre; un deambular lleno de reflexiones iluminadoras sobre la mitología, el arte y la cultura; cuajado de testimonios vitales sobrecogedores, como esa confesión biográfica que la difunta Anka grabó en un radiocasete explicando sus terribles vivencias infantiles en el Berlín de los años treinta previo a la tragedia nazi. El lector no puede sino dejarse llevar por este fluir hipnótico de revelaciones fascinantes que se enhebran unas a otras por medio del personaje-narrador que es la niña Karen; cuya agudeza interpretativa de la realidad circundante se presenta camuflada de ingenuidad infantil, gracias a un hábil uso del punto de vista subjetivo.

No sobra ni uno de los halagos que en los últimos meses se le han dedicado a Lo que más me gusta son los monstruos. El trabajo de Ferris es una de esas pocas obras que abren puertas a las nuevas posibilidades que el cómic está explorando en su recién consolidada madurez discursiva. Puertas por las que se accede a nuevos temas y soluciones narrativas y por las que, en ocasiones, entran los monstruos a vernos.

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