El mentiroso (remake), de Pablo Escudero Abenza

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Esta semana Los relatos de Culturamas os ofrece un relato donde un crítico, miembro habitual del jurado de los certámenes de cuentos, nos pasea por un dialogo interior y nos zarandea hablando del realismo sucio y los numerosos aspirantes a escritores que ha creado, de los buenos cuentistas que trabajan en una estación de servicio y van dejando larvas y, por supuesto, de los tramposos. ¡Qué lo disfrutéis!

Y aprovechamos para azuzar a los ingenios@s del cuento a que nos mandéis vuestros textos. Más información, clica aquí.

 

 

El mentiroso (remake)

Pablo Escudero Abenza

 

    Tengo que leer ciento noventa y cuatro relatos durante la próxima semana. En realidad no me molesta. Me encanta leer relatos, aunque siempre que llegan estas fechas me quejo de ello. Si lo pienso, es una de las cosas a las que más tiempo he dedicado en mi vida adulta. Soy eso que se podría llamar un experto en narrativa breve. Concretamente en la norteamericana, pero también he leído a muchos otros autores importantes. He leído a Chéjov y a Maupassant. A Poe y a Kafka. A Borges y a Cortázar. Como voy por la vida de experto en narrativa breve un cierto compromiso me obliga a ser, una vez al año, miembro del jurado del premio de relato de la ciudad en la que vivo. Damos un buen premio: 3.000 euros para el mejor relato de entre 6 y 10 páginas, mecanografiados a doble espacio, de los que nos llegan dentro de plazo. El tema es libre.

    Yo, antes de ser un experto también quise ser escritor de relato breve. Quise ser escritor, me imagino, a secas, y empecé por el relato breve. Soy otra prueba viviente más de que los críticos y estudiosos son artistas frustrados. Aunque siempre negaré haber dicho esto. Escribí algunos cuentos que no estaban mal. Gané un concurso muy importante. Hice trampas para conseguirlo, y me sigue sorprendiendo que nunca me hayan pillado. Ahora debo leer ciento noventa y cuatro relatos y elegir el que en mi opinión es el mejor. Puedo elegir hasta los cinco que me parezcan mejores e ir a la reunión del jurado a discutir allí hasta que nos pongamos de acuerdo. Llevo ocho años haciendo esto, y siempre tengo miedo de que nos engañen, porque sé que es posible. Y porque sé que es fácil. Y porque sé que si es fácil y posible, alguien lo hará.

    Uno de mis relatos cortos preferidos se llama El mentiroso y está escrito por el autor norteamericano Tobias Wolff. Wolff es prácticamente, por lo que llego a saber, un escritor retirado, que tuvo su pequeño momento de notoriedad a finales de los ochenta, cuando al morir Raymond Carver a consecuencia de un cáncer los editores se dieron cuenta de que debían crear una escuela si querían seguir con el negocio, y se empezó a hablar de realismo sucio, y al podio de finalistas que acompañaban al campeón Carver se subieron Richard Ford como medalla de plata y Tobias Wolff como medalla de bronce. A Ford le han dado el Premio Princesa de Asturias seguramente sin tener muy claro por qué. Hablan incluso de él para el Nobel. Wolff siempre ha sido muy discreto. A Wolff nunca le darán uno de esos premios tan gordos.

    Ya se ha hablado mucho de Carver, de su estilo, y de la influencia de Gordon Lish en el mismo. Aunque influencia es un eufemismo demasiado amable. Nadie ha montado un escándalo. Y en realidad se ha hablado muy poco, incluso en esos departamentos universitarios como el mío, que parecen estar siempre dándole vueltas a unos pocos temas, de por qué a veces parece que la mentira es el peor de los pecados y otros sencillamente se acepta como una parte del juego.

    Todo el mundo lee Principiantes, ve que los relatos de Carver antes de Lish eran simplemente relatos como tantos, ni mejores ni peores que otros cientos de relatos, y fue Lish quien los hizo diferentes, y nadie se hace cruces en público. Nadie monta una de esas campañas de recogida de firmas, aunque no sé exactamente para qué iban a querer que les firmaran. Carver sigue ahí como un faro para muchos cuentistas principiantes, tan principiantes y tan cuentistas como los que empezábamos hace quince años.

    Hace quince años todos los que empezábamos a escribir relato escribíamos un relato carveriano para iniciarnos. Y leyendo lo que nos llega veo que eso sigue siendo así. Carver es un engaño. Otra mentira. Aunque es cierto que Carver no plagió. A Carver su editor le echó una mano. Quizá Lish estaba harto de esperar que le llegara un cuentista que realmente mereciera la pena y lo creo él. Escribió un cuento que era un cuentista y lo presentó al público y gustó más de lo esperado. La pregunta es por qué entonces Lish no se presentó como autor. ¿Por qué no fue el padre directo del realismo sucio? ¿Por qué no escribía esos relatos él?

    David Foster Wallace dijo unos meses antes de suicidarse que Carver no tenía la culpa de sus miles de discípulos mediocres. Supongo que Foster Wallace estaba preparando el terreno para que nadie le echara, en cara a sus mil discípulos mediocres después de su muerte. Cuando uno muere y lo entierran, su cuerpo se descompone, los gusanos se alimentan, da vida a la tierra bajo la que lo han sepultado, puede crecer un árbol, alguien puede comerse esa fruta, el que se coma la fruta podría acabar poniendo una bomba en una escuela primaria, pero nadie diría que la culpa es del tío muerto del principio, ¿no? David Foster Wallace dijo discípulos por no decir imitadores. Yo uso la palabra en el mismo sentido que él.

    Wolff escribió algunas novelas que hablaban de su vida, de sus experiencias como adolescente problemático (hicieron una película con Leonardo DiCaprio, Robert DeNiro y Ellen Barkin, seguramente la han visto), su vida en un internado de lujo al que no le correspondía ir por situación económica ni social y sobre sus vivencias en el ejército durante la guerra de Vietnam. Hace muchos años que ha abandonado la escritura de esas novelas autobiográficas, quizá porque su vida en todos esos años no ha sido suficientemente interesante como para contarla. Dejó de beber. Se quedó calvo. Se casó y tuvo hijos. Consiguió un puesto enseñando a escribir en una de esas pequeñas universidades escondidas entre bosques al norte del estado de Nueva York. Tuvo un pequeño susto con un tumor pero todo quedó bien resuelto después de unas cuantas sesiones de quimio. Ford también tuvo problemas de próstata. También está bien.

    El mentiroso narra la historia de un adolescente que se ha quedado solo con su madre después de la muerte de su padre por un cáncer y que no puede parar de mentir. Sus mentiras, por supuesto, son truculentas y sitúan continuamente a su madre al borde de la muerte y a su familia al borde de la ruina. Cáncer, mentiras, crisis, penuria, ruina, bebida, silencio, engaño. Con esas pocas palabras se va trazando una historia que dibuja todas las líneas maestras del minimalismo. El mentiroso es uno de esos relatos perfectos de los que apenas se puede aprender nada porque todo está tan perfilado que no se sabe de dónde ha ido saliendo. Dicen que el pintor que ha dibujado con más precisión y realismo a sus criaturas ha sido Caravaggio. Creo que ese relato es algo así como un cuadro de Caravaggio. Puedes pasarte meses mirando La vocación de San Mateo, centímetro a centímetro, y no vas a aprender a pintar ni un poco mejor. Algo así.

    Todo el mundo, al menos demasiada gente, ha tenido en casa algún enfrentamiento con el cáncer. Muchas de esas partidas han acabado mal. Un padre, una madre, un hermano, un hijo. Un amigo. Uno mismo. Raymond Carver, Richard Ford, Tobias Wolff. Parece que escribir según los principios del realismo sucio produce cáncer. No creo que a nadie que pase por algo así le dé por contar historias fantásticas sobre otras muertes y enfermedades imaginarias, como al protagonista del relato de Wolff, pero a saber, nunca se sabe por dónde puede salir un adolescente después de pasar por algo así. Yo nunca juzgaría a un adolescente que lo ha vivido desde tan cerca.

    —¿Qué? —preguntó.

    —Nada.

    —Entonces, ¿qué pasa?

   —¿Estás asustado?

   —Claro que no —bajó la vista hacia su libro, luego volvió a mirarme-. Sí.

   —También yo.

   —Ay, hijo. Lo siento. Pero no me lo vuelvas a preguntar, por favor.

    El pasaje de Wolff que me ha obsesionado desde que lo leí no es realmente este ni ningún otro de El mentiroso. El fragmento que me obsesiona y que recuerdo cada vez que tengo que empezar a evaluar los relatos para el premio es un pasaje de uno de sus libros de memorias, Vieja escuela. Lo releo todos los años antes de sentarme a destripar relatos ajenos. En ese libro Wolff está estudiando el último curso antes de empezar la universidad y por fin se siente a gusto en esa escuela de pijos. Ha dejado de sentirse, al menos un poco, al menos por un tiempo, un farsante. Pero la tendencia de Wolff a la farsa no conoce fin posible, sólo la pausa como mucho. Ese último año está leyendo más, o con más orden, y está escribiendo para la revista literaria del centro. Sus compañeros y sus profesores le dicen que lo que escribe es lo mejor que se escribe en esa escuela, quizá lo mejor que se ha escrito en décadas dentro de esos muros. Wolff piensa, lógicamente, después de escuchar todo eso, en hacerse novelista.

    Como todos los personajes literarios que piensan en hacerse escritores es un deseo desordenado, es algo así como: “quiero ser escritor”. Los personajes adolescentes que quieren ser escritores parecen no pensar demasiado en que para ello hay que escribir. Hay que escribir y escribir mucho. Pero ese no es su problema. Su problema es que si quiere ser escritor y que todos lo tomen en serio debe demostrar que es claramente el mejor escritor de aquel lugar, el único con derecho a reclamar su futuro como narrador profesional. Hay un certamen anual y debe ganarlo. Está tan convencido de que debe ganarlo y se siente tan presionado que no es capaz de escribir nada. Le quedan doce horas para presentarle su relato al profesor que lo coordina todo y no tiene nada. Y entonces lo ve claro. Uno ve las ocurrencias estúpidas muy claras cuando es lo suficientemente joven y su situación empieza a ser lo suficientemente desesperada. Wolff coge una vieja revista que hay en la biblioteca y copia un relato de Ernest Hemingway. No es uno de sus relatos más conocidos, claro, sino un viejo relato corto de sus tiempos de corresponsal en Toronto.

    Y Wolff gana el certamen, por supuesto, y todos le dicen lo bueno que es y que debería plantearse seriamente –muy seriamente– ser escritor. Su relato, le dice alguien, recuerda al mejor estilo americano. Es puro Hemingway. Es tan bueno que se lo han enviado a Ernest Hemingway para que lo lea y opine. Alguien en la escuela conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a Hemingway.

    A Hemingway le ha encantado. Se ha ofrecido para visitar el colegio y decir unas palabras en el acto de entrega del premio. Wolff está contra la pared pero se calla. Mantiene la mentira. Llegados a ese punto mejor morir después de haber conocido a Hemingway. Piensa que Hemingway no iba a hacer el viaje sólo para descubrirlo. Claro que tampoco tiene demasiado sentido pensar que quiera hacer el viaje solo para que su encubrimiento sea perfecto. Wolff se calla y Hemingway le estrecha la mano y dice en público que seguramente está saludando al siguiente gran escritor de relatos de la narrativa americana. En un aparte, le dice que por supuesto se ha dado cuenta de que ha copiado un viejo relato suyo. Pero si ellos, los profesores, no se han dado cuenta, él no tiene por qué decirles nada. No querría humillarlos de esa manera. Y tiene razón. Y eso es lo que me da más miedo de formar parte de un jurado.

    Porque a veces, pocas, lees algunos cuentos que son realmente magníficos. Y te preguntas si no son demasiado magníficos, porque vale, hablemos claro, cuando veo uno de esos tan magníficos le digo al secretario que abra la plica, para ver si es de un autor consagrado. A veces hay escritores importantes que participan en estos concursos. Porque a veces en estos concursos se mueve un dineral que no tiene justificación aparente y los escritores importantes también tienen hijos que van a la guardería y un coche con el tubo de escape que hace un ruido muy raro que suena a reparación de las caras. Y el secretario viola las bases y me dice el nombre y luego vuelve a cerrar perfectamente la plica y hacemos como si no hubiera pasado nada.

    Si el autor de esa maravilla fuera un autor consagrado admitiría mejor la brillantez del relato. Yo tecleo el nombre en Google y no me sale nada, o me sale que el mes pasado ganó dos concursos y en noviembre de 2.012 otro, y que se gana la vida poniendo gasolina en una estación de servicio pero que su verdadera vida empieza pasada la medianoche, cuando su mujer y sus hijos se han acostado y puede sentarse en la mesa de su cocina, con medio vaso de whisky a mano y algo de música en los auriculares y empezar un nuevo cuento. Y me generan muchas dudas. Porque no sé si alguien puede producir un día un relato perfecto y en general no volver a hacerlo así de bien nunca. Dicen que todo el mundo tiene una historia en su interior pero a mí me hacen gracia esas frases. ¿Dónde exactamente? ¿Entre el hígado y el bazo? Y aunque todo el mundo tenga una historia, eso no quiere decir que todo el mundo tenga una historia así de buena, así de sutil, así de bien contada.

    Cuando me encuentro con uno de esos relatos sublimes voy a la biblioteca de mi departamento universitario y empiezo a buscar en los índices de las antologías de relato hispanoamericano. Empiezo a buscar en los índices de las primeras colecciones de relatos de Bioy Casares y Monterroso y me digo que no, que sería demasiado obvio. Pero, ¿y Felisberto Hernández? ¿y Horacio Quiroga? Todo el mundo los cita dentro de esos grandes cuentistas hispanoamericanos pero nadie los ha leído. Luego me voy a las antologías de relato norteamericano y reviso bien los libros de relatos de Richard Ford y Tobias Wolff. Descarto que el relato sea de Lorrie Moore después de leer sus libros y pienso en todos los autores para mí desconocidos que han ido traduciendo en los últimos años. George Saunders. Dave Eggers. Prefiero ni pensar en la posibilidad de que nos estén colando algo que no esté traducido del inglés. Al final voy a la reunión del jurado lleno de dudas que prefiero no expresar y con mi cuento candidato. No me pasa todos los años. Pero pasa algunos años. Hay cinco que no están mal. Hay dos que son francamente buenos. Y hay uno que es tan sospechosamente bueno que podría estar en cualquier antología del género. Todo el mundo lo ha visto y el primer premio ya está concedido por unanimidad. Ahora discutiremos un poco por cuál de los francamente buenos se lleva el accésit con dotación económica y luego el secretario cogerá el teléfono y llamará por teléfono a los premiados. Ese relato es un diamante que brilla. Apenas hay que pulirlo. Da miedo.

    Tengo miedo de que nos la jueguen así porque he leído muchas veces el pasaje de Wolff y porque yo mismo sé lo fácil que es conseguirlo. Es un crimen aparentemente sencillo que casi nunca es detectado. Yo lo cometí.

    El año pasado hubo un jurado en un premio en Asturias que premió un relato de Bioy Casares. Ni siquiera fue una versión ni una imitación ni nada así. Era un relato de Bioy Casares al que un tío le había cambiado el título y lo había mandado. Los cuatro miembros del jurado lo premiaron. ¿Cómo no iban a premiar a Bioy Casares? Era lógico que fuera el mejor de los presentados. No era uno de sus relatos más famosos, pero era un relato de Bioy Casares. Si vas a una librería  y compras una selección de relatos fantásticos de Bioy Casares, estará incluido en ella. Hay expertos en Bioy Casares en esos jurados. O eso se supone. No es Borges ni es Cortázar pero es muy famoso. Joder, que le dieron el Cervantes. Se supone que yo soy experto en Foster Wallace y la narrativa breve americana contemporánea. Por eso me pagan en la universidad. Mi tesis versó sobre “Los elementos veterinarios en las narraciones breves con elementos psiquiátricos de David Foster Wallace”. ¿Podrían colarme un relato de Foster Wallace? Sinceramente creo que no. Pero no sé qué sería peor. ¿Que nos colaran uno de sus relatos o que alguien nos lo mandara y no lo premiáramos?

    Todo jurado tiene un experto en Borges y otro en Salinger. La mitad del jurado sueña con el fantástico argentino y la otra mitad con las distintas familias del realismo literario estadounidense. Aquellos tíos de Asturias premiaron un relato de Bioy Casares y dos meses después alguien se dio cuenta y lo denunció. Le retiraron el galardón al premiado y dijeron que nunca volverían a convocar el certamen.

    Yo gané una vez un importante premio que convocaba la organización patronal de las cajas de ahorro de este país. Mi relato se llamaba Cristina secreta, y era un relato de un escritor venezolano al que leí casualmente en un libro que un amigo me trajo de aquel país: Los mejores relatos venezolanos o algo así. Tiré el libro después de ganar el premio, para que nadie pudiera encontrarlo en mi casa y relacionarme con él. El relato se llamaba El secreto de Paulina y su autor era Salvador Garmendia. Si uno busca en internet ve que Garmendia es bastante conocido. Pero nadie se dio cuenta de nada. El relato habla de una chica, aún casi adolescente, Paulina, que sale de casa y se va desmontando. Le da una mano a un degenerado que le paga por ella, su pelo a otro, sus ojos a un tercero. Al final del día duerme y regenera todas sus partes. Y al día siguiente repite su camino y su negocio. Mi protagonista se llamaba Cristina. Eso es todo lo que cambié. Gané dos millones de pesetas hace dieciséis años. Me compré un coche con ese dinero. Espero que mi delito haya prescrito.

    Sólo he hablado de estos temores con una persona, una compañera de la universidad que está especializada en la llamada literatura de los raros uruguaya. Somos amigos y solemos ir juntos a conferencias, a librerías, a cenar. Bebemos hasta que estamos borrachos y nos contamos secretos, pero no nos acostamos juntos porque el sexo entre compañeros de trabajo nunca acaba bien. Ella conoce mi secreto y conoce mis temores. Haremos una prueba, me dijo cuando le expliqué que cada año me agobiaba más hacer de jurado. Me enseñó un libro que calificó de obra maestra. El libro se llamaba La máquina de pensar en Gladys y su autor era Mario Levrero. Me señaló uno de los relatos, que cumplía los requisitos de longitud de un importante certamen dotado con 6.000 euros para el ganador y publicación de los nueve finalistas junto al ganador. Me llevé el libro a casa y lo leí en un par de noches. Le dije a mi compañera que llamarlo obra maestra quizá era excesivo pero que sin duda eran muy buenos, algunos excelentes y desde luego casi cualquiera de ellos ganaría casi cualquiera de los años el certamen en el que yo era parte del jurado. El relato que transcribimos y enviamos al certamen se llamaba La calle de los mendigos, y narraba la extraña peripecia de un hombre que debe cambiar la piedra de su encendedor, empieza a desmontarlo y de alguna manera acaba atrapado en su interior. Nuestro título fue La piedra filosofal. Cinco meses después de enviarlo llamaron a mi compañera para informarla de que había sido seleccionada como sexta finalista, y que su relato sería publicado junto a los demás finalistas y el ganador. Por supuesto lo publicaron. Hace casi dos años de aquello y nadie ha dicho nada en contra. Ni lo dirán. No sé si lo peor es que nadie detectara que era un plagio o que sólo le dieran el sexto puesto.

    Debería ponerme ya a estudiar esos ciento noventa y cuatro relatos, o me quedaré sin tiempo. Algunos los descarto a la primera frase, porque ya se me atraganta y no quiero morir asfixiado. Otros los leo enteros y voy tomando notas en un cuaderno. Sé que habrá diez o doce aceptables, cuatro buenos, dos realmente buenos. Y puede que este año, otra vez, haya uno, ese uno, que se meta en mi cerebro desde la primera línea y vaya dejando por ahí sus larvas. Tengo miedo de volver a encontrármelo. Me obligará a elegirlo y presentarlo como mi candidato al resto de miembros del jurado. Los demás también lo habrán elegido. Nos reiremos de la coincidencia. La celebraremos. Lo sé. Llevamos muchos años y nos conocemos de sobra. Nos caemos bien. Después de la reunión nos vamos a tomar unas copas y nos divertimos. Ya tenemos ganador. Ha sido fácil. Y ya tenemos otra vez la sombra de la mentira encima.


Sobre el autor

Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984). Licenciado en CC. Físicas, se gana la vida como profesor de Matemáticas. Edita libros y cuida de sus dos hijos. Escribe novela y relato. Ganador de más de 20 premios de narrativa, el último de los cuales ha sido el Max Aub de Cuento (2018), ha publicado el libro de cuentos Beber durante el embarazo (Ed. Baile del Sol, 2015) y las novelas Mil dolores pequeños (Ed. Baile del Sol, 2016) y ¡En el rincón de la derecha, con catorce derrotas, doce de ellas por KO, con calzón negro, guantes naranjas, ochenta kilos y vista cansada! (Ed. Complutense, 2018). Durante el segundo semestre de 2017 fue becario de Creación Literaria de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, fruto de la cual surgió el libro de cuentos Exhibición de interiores, que se publicará a lo largo de 2018. Gestiona el escasamente influyente blog de reseñas: http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/

 

 

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Una respuesta a El mentiroso (remake), de Pablo Escudero Abenza

  1. ‘Copiar es la génesis de la creación’. No es mío. Se lo oí decir a alguien en un documental sobre obsolescencia programada. Creo. Se me ocurre pensar que, tal vez, exista eso también en la literatura de consumo. Sí.

    S.G.
    13 mayo 2018 at 18:37 pm

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