‘El dolor de los demás’, de Miguel Ángel Hernández

PEDRO PUJANTE.

La literatura (en especial la del yo) puede convertirse en una máquina de prospección individual, en artefacto lúdico para explorar los límites del arte o de la realidad como performance (como hizo Miguel Ángel Hernández con sus dos novelas anteriores), pero la literatura también puede transformarse en una herramienta de cirugía emocional, para indagar en los recovecos de nuestro yo más profundo, de nuestro dolor, de nuestra intrahistoria. En definitiva, la literatura puede servir como fármaco, en su doble acepción, de veneno y medicamento, a través del cual curar/lastimar las heridas no cerradas de nuestro pasado y tratar de reconstruirlo o darle sentido. Esta novela, ataviada en la reconstrucción de un luctuoso suceso real, es en gran medida una búsqueda individual por parte de su autor, un ajuste de cuentas consigo mismo y, en última instancia, una investigación sobre un crimen nefando que marcó su vida.

Es la historia de su mejor amigo, quien una noche asesinó a su hermana y se suicidó, sembrando un sinfín de dudas que a día de hoy siguen sin resolverse. Pero a medida que avanzamos en la doble trama que Hernández nos plantea, descubrimos que el aciago parricidio que tuvo lugar hace ya dos décadas es, como decíamos, la excusa del autor para dilucidar un enigma aun mayor: ¿quiénes somos en realidad, en qué punto de nuestro pasado nos bifurcamos para llegar a ser quienes hoy somos, cuánto se debe olvidar, recordar, perdonar? ¿En qué medida puede la escritura performar nuestras certezas y construirnos? Porque, a la postre, amañar nuestra autobiografía con el olvido es un deber para con nosotros mismos, un acto de supervivencia emocional pero también una renuncia a nuestra herencia y a nuestros apegos más primarios.

Esta novela autoficcional con poca ficción (no hay novela sin ficción) está hábilmente estructurada en dos hilos cronológicos. El presente, un making-off, en el que se narra cómo se está construyendo el libro, y un pasado titubeante que ondea y se expande empalagoso y tenue alrededor del crimen y posterior suicidio de dos hermanos. En realidad, toda la novela, si se piensa bien, está atravesada por dicotomías: El asfixiante mundo de la huerta y el luminoso ambiente intelectual; la niñez y la madurez; lo espiritual y lo carnal, la culpa y el placer; la familia y el yo individual.

El autor trata de recomponer este puzle de dualidades y en algunos casos, con gran ternura y un inteligente uso de sus emociones logra su cometido y las piezas encajan. Salda algunas deudas con su yo pasado, atraviesa el estado larvario de la memoria para aceptarse y comprender que el yo del ayer sigue habitando al yo actual. Aunque hay otras cuestiones sin respuesta, irreconciliables y que nos enseñan que la vida no está hecha de respuestas, que no todo tiene sentido. Este libro, al final, es un testimonio personal, una meditación y no una crónica policial. Habla, a través del dolor de los demás, del propio; y con gran maestría, valor moral, sin pudor, con transparencia y sobre todo, con una elegancia e inteligencias soberbias, nos envuelve y subyuga, nos remueve y nos hace reflexionar.

Ficción del yo, en definitiva, escrita con una exquisita sensibilidad, desde el estómago. Novela inolvidable y que, una vez más, confirma a Miguel Ángel Hernández como uno de los escritores más versátiles, interesante y agudos del momento.

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