Western (2017), de Valeska Grisebach – Crítica

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Por Miguel Martín Maestro.

Un forastero a caballo entra en una pequeña población. No azota el viento, no hay desierto en los alrededores aunque haya problemas de agua. El saloon no deja de ser un modesto bar que, al tiempo hace de estanco y quiosco, y el orden no lo impone un uniforme o una estrella en la solapa, sino las nuevas mafias que hoy roban grava y maquinaria a las empresas constructoras y mañana prometen conseguir la devolución a cambio de una cantidad mensual en concepto de vigilancia. La escenografía de Western es propiamente la de un western, incluso académicamente, se ajusta al concepto de “western crepuscular”, con esos atardeceres en los que el protagonista consigue inventar una nueva vida entre los lugareños en vez de permanecer en los límites de ese ficticio “fuerte” construido a las afueras. No obstante, en las nuevas hazañas violentas ya no se necesitan pistolas ni duelos a muerte, en la Europa abierta hacia el este por intereses comerciales del patrón alemán, las nuevas conquistas no necesitan tropas ni tanques, sino cuadrillas de obreros y maquinaria pesada acompañada de una ingeniería civil sin competencia.

Por eso, al lado de la estética de película de frontera, Grisebach construye su relato como si se tratara de una invasión en la que el ocupado apenas puede oponerse. La condescendencia del que llega convencido de estar trayendo un progreso a una zona que, quizás, ni ha sido escuchada a la hora de tomar una decisión, ni tan siquiera ve con buenos ojos la misma. El concepto de operación militar en tiempos de paz se evidencia en los primeros planos de la tercera película de la directora alemana, en un edificio impersonal, un grupo de personas espera la llegada de un transporte, “vamos a Bulgaria” resuena como el que da la contraseña esperada para el inicio del desembarco. Un grupo de obreros alemanes, más o menos especializados, se comportan como un pelotón que recoge sus petates y al mando del sargento de hierro, se disponen a construir una presa en un valle del país ocupado. Tratados como reclutas del siglo XXI, cuando llegan al terreno de trabajo, despliegan su intendencia, sus equipos, se sitúan en la altura de un promontorio desde el que dominan el espacio, preparan una improvisada estructura donde comer resguardados de las inclemencias o del calor del verano búlgaro. La ocupación culmina cuando a esa estructura provisional se la corona con la bandera, la misión se ha cumplido en su estado inicial, hemos llegado sin necesidad de convencer, ahora toca cumplir el encargo sean cuales sean las consecuencias.

Esa bandera en territorio extranjero es la provocación del pudiente sobre quien apenas puede disponer de unas horas de agua al día alternando el suministro con otra población. El grupo de trabajo que encabeza Vincent se mantiene dentro del territorio de este invisible fuerte, en el que, cuando cae la noche, cualquier ruido procedente del bosque se interpreta como una amenaza. Si no se trabaja el tiempo libre discurre con  lentitud, entre alcohol y el deseo de conocer a las mujeres locales, pero sin intención alguna de acercarse a la realidad de una zona abandonada. Sentarse protegido del sol recuerda a un Henry Fonda balanceándose en una silla a la espera de que alguien quiera problemas en el pueblo, lo que sucede es que no termina de concretarse esa sensación de amenaza constante que tan bien dibuja Grisebach. No ocurre nada violento directamente, no se sabotean las obras, no desaparece material, pero el grupo sabe que no es bien recibido, y al grupo no le gusta la población local. Este status quo no convence a uno de los alemanes, Meinhard, que se presenta como exlegionario y combatiente en remotos y peligrosos lugares, una persona que intuye que no hay mejor forma de vencer el aislamiento que intentar comunicarse con la población local, cooperar con ella, confraternizar aunque el idioma sea la mayor barrera a rebasar. Incómodo con los suyos y esa superioridad verbal que demuestran entre ellos, y con un comportamiento de usurpadores de todo lo que se encuentra a su alcance, sean frutas, animales, agua, terreno y, si fuera posible, hasta personas, un caballo blanco implica la esperanza de unión, de nexo con ese otro espacio poblado visible desde la distancia. Asqueado de los hombres conocidos, a Meinhard sólo le cabe probar suerte con otra comunidad, acercarse a otra realidad para alejarse de un ambiente que no le gusta.

La película de Grisebach mantiene de manera continua en el espectador un estado latente de tensión y amenaza; en cualquier gesto, expresión, compañía, parecería que sobre cualquiera de los extranjeros puede caer el resultado del odio acumulado por décadas de pobreza y aislamiento. La directora plantea Western como si se tratara de un spin off de Toni Erdmann, allí donde Maren Ade (aquí participa en labores de producción) utilizaba la comedia para retratar el comportamiento invasor de sus compatriotas en Rumanía, usando y sirviéndose de un país en desarrollo para dejar una mínima parte de la riqueza generada con la especulación capitalista; la también alemana Valeska Grisebach rehúye lo cómico, lo pintoresco, lo fácil, para demostrar cómo el crecimiento de la UE se ha llevado a cabo de manera inarmónica; utilizando la palanca alemana para quebrar lo poco de cohesión social que existía gracias al estado del bienestar. En esa ampliación algunos países ni tan siquiera han podido participar de los años de desarrollo social, porque casi nada más entrar en el club, sólo han percibido el europeísmo como una losa de restricción de derechos impuesta desde fuera de sus fronteras, mientras las grandes corporaciones, y las no tan grandes, han encontrado en el mercado oriental un caladero de dinero y de salida para sus productos de valor incalculable, sin que ello haya supuesto la facilidad para el este de circular libremente por el espacio europeo y participar activamente de la riqueza.

Así, los esfuerzos de Meinhard por ser aceptado como un ser humano más, que no sabe hablar búlgaro, pero que pretende respetar y ser respetado, van chocando de manera sucesiva con muros que, aunque abran su puerta más exterior al extraño, mantienen cerrojos interiores infranqueables. En esa fiesta que pone punto y final al relato, los alemanes decidirán desaparecer en la oscuridad rumbo a su campamento después de que su bandera sea humillada como compensación a un incidente previo. Ese telón sin luz representa la diferencia insalvable que nada, ni nadie, podrá eliminar. Por mucho que se empeñe Meinhard; golpeado, insultado, amado, todo en pocas horas, su decisión de permanecer en medio del festejo no hace sino reflejar la identidad de quien no se encuentra aceptado por nadie, “o con nosotros o con ellos”, le han avisado al principio desde «su bando», al final sabe que sus compañeros de trabajo no pueden ser “su gente”, pero en ese baile final, cargado de significación, los movimientos tímidos y torpes del alemán junto con los espontáneos de los lugareños marcan la clara diferencia entre quién pertenece y quién es tolerado, sin que nunca  vaya a poder ser uno más de la comunidad, haga lo que haga. El alemán no puede rendirse porque sabe que con el otro bando no tiene nada en común, aunque la noche, además de demostrar su exclusión lo único que confirma es la idea de peligro y acecho. Grisebach dinamita la idea de solidaridad y de unión transfronteriza, y lo hace no desde los pulcros despachos de Bruselas, la city londinense o las oficinas del Deutsche Bank; la insolidaridad y el egoísmo surgen de las entrañas de la clase obrera, donde una palmada en el hombro puede venir acompañada de un puñetazo en el estómago.

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