Nerón, un emperador voluptuoso y malvado por mandato materno

Por Horacio Otheguy Riveira

La relación de Nerón con Agripina, su madre, asesina del emperador Claudio para que su hijo le sucediera, es la clave de esta interpretación histórica escrita por Eduardo Galán en colaboración con Sandra García. El fiero emperador se exhibe en un espectáculo irregular por cuanto oscila entre la comedia negra con momentos de comicidad ramplona —al mostrarle sobrado de amaneramiento, en el borde mismo del cómico con pluma—, y una trama de profundo teatro psicológico. Los excesos del texto salpican a Raúl Arévalo, pues le dejan prisionero de clichés que sólo logra saltarse en la recta final que, eso sí, tiene ribetes de excelencia.

La dirección de Castrillo-Ferrer, apoyado en un estupendo reparto, enriquece los aspectos más interesantes de la función. Destacan especialmente las mujeres: Itziar Miranda y Diana Palazón, seguidas de cerca por José Manuel Seda y Daniel Migueláñez, unas y otros componen sus escenas de tal manera que las deficiencias del texto quedan marginadas y se respiran verdaderas emociones.

Itziar Miranda, madre libidinosa, saturada de ambiciones, Raúl Arévalo, un niño travieso metido a saco en la crueldad de un emperador que sólo quiere divertirse.

Es este un espectáculo muy bien recibido por las miles de personas que asisten al teatro y festejan con risas y aplausos entre escenas, cuanto tiene de frívolo, de colorido homenaje al cine de Hollywood, aderezado con chistes y amaneramientos más propios de una revista menor que del talento de sus creadores. En esta ocasión, Eduardo Galán parece luchar consigo mismo pues no está su texto a la altura de su propuesta inicial presentando “a un personaje mucho más complejo y misterioso” que al tirano loco que se ha divulgado en el cine y la televisión.

Teniendo en cuenta la amplia documentación con la que se ha contado, sorprende que se desaprovechara un material tan valioso como la importancia de la bisexualidad en la cultura de la época, concretamente entre militares y emperadores, donde lo único que no se veía con buenos ojos era la mera aceptación de las prácticas homosexuales, siendo moneda corriente alternar “con ostras y caracoles”, disfrutando plenamente en orgías por mutuo acuerdo entre iguales o aprovechando las excitaciones provocadas por los esclavos de ambos sexos, quienes desde luego en ningún caso podían negarse. Al quedar fuera este aspecto digamos institucional, el amaneramiento impuesto por texto y dirección a Raúl Arévalo deja a Nerón como un tipo perverso con exceso de pluma, la mayor parte del tiempo a la caza de hombres y prostitutas por igual, aunque en este último caso maquillado “como una fulana”, salvo en sus juegos ardientes con Popea y sobre todo en su iniciación sexual con Agripina, su madre. Todo al ritmo de un buen musical sin canciones, con escenas reiterativas que buscan la risa fácil y maltratan la creatividad y el esfuerzo de Raúl Arévalo. (1)

Sin embargo, en el trayecto de poco más de hora y media hay materiales muy atractivos como la omnipresencia materna viva y muerta, ejecutada por Nerón para liberarse de su dependencia política, sexual y emocional. Vuelve una y otra vez como un fantasma que, como en vida, le guía, exige, censura y seduce… hasta envolverle en una escena final de gran altura  que nos reconcilia con una visión trágica de la época y el personaje. Un tramo final muy bello escénicamente: la muerte como un coito exquisito, hecho de dolor y placer en un mundillo de sexualidad desorbitada en el que lo perverso no estaba en su desenfreno sino en la monserga cristiana, aquí mal representada por un Pablo de Tarso (mártir que se canonizará como San Pablo) y la joven Ligia, forofos ambos de un cristianismo muy elemental.

Magnífica escena que bordan en admirable armonía: el amante castrado (Daniel Migueláñez), la madre feroz incluso en su ternura (Itziar Miranda) y Raúl Arévalo, un Nerón ya sin histrionismo, conmovedor en su indefensión ante la llegada de la muerte.

Alberto Castrillo-Ferrer (que ya trabajó con Eduardo Galán en su formidable Tristana, y que ahora dirige el original de Cyrano de Bergerac con gran éxito) imprime ritmo cinematográfico y aporta un buen crecimiento dramático que se muestra esquivo en un texto muy desigual. Del buen reparto, las mujeres tienen una importancia capital como personajes de una sexualidad abrumadora, ligada al abuso de poder, cuyas escenas son lo mejor de la función. Y allí brillan con luz propia la feroz Agripina de Itziar Miranda, en escenas que rememoran el pasado con su niño, con su muchacho-amante y en el eterno devenir de bravía mortandad. En todas partes crece la fuerza de su personaje vestida por Marie-Laure Bénard (habitual en los montajes de Castrillo-Ferrer) con una precisión alarmante donde toda ella es un ser temible, hecho de morbosa sensualidad e inmortal ceniza.

La fogosa amante del emperador se instala en el cuerpo de Diana Palazón, y en él vibra con su dosis de diversión y de crueldad si no se le cumplen sus caprichos. La actriz desglosa su personaje a lo grande en un monólogo breve en el que expone cuánto asocia el sadismo al colmo de su obtención de placer.

José Manuel Seda convence con envolvente voz en el militar triunfante enamorado hasta el delirio de una joven virginal; admirable resulta su distante respeto ante la autoridad, y su vulnerable ternura ante la muchacha interpretada por Carlota García que aporta delicada ingenuidad, pero cae víctima de un personaje más cursi que inocente.

Javier Lago acierta en la energía con que interpreta a Tigelino, el general de confianza del emperador. Por su parte, un gran hombre de teatro, actor, adaptador, director y maestro como Francisco Vidal se queda en un plano de excesivo tono coloquial, sin matices bien forjados, para encarar a un Petronio que poco y nada transmite la importancia histórica del escritor y político  a la sombra de Nerón.

Daniel Migueláñez defiende bien a su “San” Pablo de estampita de semana santa, pero mucho mejor interpreta a Esporo, el esclavo enamorado de Nerón, que se entrega a la castración ordenada por aquél con la alegría de un eunuco que se casa feliz vestido de mujer. Un cambio de roles opuestos en un logrado esfuerzo que el público —que no esté atento al programa de mano— no llega a descubrir que es creación de un mismo actor, dada la rapidez y eficacia con que se lleva a cabo.

En definitiva: un notable espectáculo con muchas ambiciones cumplidas a medias y aciertos sobresalientes.

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(1) Hay muchos ejemplos en la literatura y el cine de patricios bisexuales sin el menor amaneramiento, y como ejemplo mayor la novela histórica de Howard Fast, Espartaco, e incluso la película del mismo título que, pasando de puntillas sobre el tema en la escena que aquí se rememora, la de “las ostras y los caracoles”, exhibe a un general (Laurence Olivier) muy alejado del menor afeminamiento. En este Nerón se abusa sobre este tema a la manera de las ya arcaicas comedias populares de los 70 u 80.

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Autor: Eduardo Galán con la colaboración de Sandra García
Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer
Escenografía: Arturo Martín Burgos
Iluminación: Nicolás Fischtel
Diseño y realización de vestuario: Marie-Laure Bénard
Vestuario: Sastrería Cornejo
Música original y espacio sonoro: David Angulo
Coreografía: Teresa Nieto
Ayudante de dirección: Silvia de Pé
Asistente de dirección: Álvaro Sidharta
Peluquería y maquillaje: Roberto Palacios

Fotografías de escena: Jero Morales/Festival de Mérida

64 FESTIVAL DE MÉRIDA. Del 11 al 15 de julio 2018

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