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CLAUDIA LARRAGUIBEL

  • EDITORIAL: Salto de Página

A través de una propuesta narrativa múltiple —la elaboración ficticia, el testimonio, la crónica y el story board de un guión—Larraguibel indaga en la historia de los niños de Colonia Dignidad, los “sprinters”. Esta colonia fundada en 1961 fue un centro clandestino de detención durante la dictadura de Pinochet; entre otros abusos, la violación de menores por parte de los dirigentes de la colonia fue sistemática durante décadas. Larraguibel afronta el trauma colectivo centrándose en cómo ese trauma afecta al tejido íntimo de sus protagonistas.

A principios de los años sesenta del siglo pasado, un grupo de inmigrantes alemanes se asentaron en una localidad del interior de Chile y fundaron Colonia Dignidad. Durante décadas se presentaron como una modélica comunidad agrícola, hasta que los testimonios de algunos colonos revelaron el horror que se vivía dentro de sus muros. El fundador, un exmilitar nazi, abusó sistemáticamente de todos los niños que vivieron allí y colaboró con el régimen de Pinochet poniendo la colonia a su servicio para el tráfico de armas y como centro de tortura. “Sprinters” pasa con naturalidad de la ficción a la no ficción en una historia fascinante que se lee como un viaje a los abismos del mal. Nos plantea preguntas incómodas sobre la indolencia y la complicidad de todos los que prefieren no ver.

En 1961 llegó a Chile el alemán Paul Schäfer (1921-2010), exmilitar nazi que intentaba dejar atrás denuncias por abuso infantil. Allí, al sur del país, al pie de los Andes, compró 10.000 hectáreas de terreno y fundó Colonia Dignidad, un particular reino de los horrores camuflado de modélica misión benefactora, donde gozó de absoluta impunidad durante décadas para violar sistemáticamente a niños (primero huérfanos alemanes de la segunda guerra mundial y luego muchos secuestrados en pueblos vecinos), esclavizar y someter a su voluntad y beneficio a hombres y mujeres, experimentar con ellos y colaborar con la dictadura de Pinochet traficando con armas y funcionando como centro de detención de disidentes del régimen (con torturas importadas de la Gestapo y donde al menos 38 opositores fueron asesinados).

“Schafer nunca se arrepintió de nada ni pidió perdón, era un loco mesiánico”, afirma la periodista y escritora Claudia Larraguibel (Santiago de Chile, 1968) sobre el pederasta líder de aquella secta de manual que tras un interminable reguero de denuncias huyó manteniéndose prófugo durante siete años hasta que en el 2005 fue detenido en Buenos Aires y juzgado en Chile, muriendo en prisión. La autora, cuya familia se exilió a Venezuela y España tras el golpe de Pinochet, regresó a su país natal para investigar esta historia, que descubrió en la prensa y que la “obsesionó”. Tras varios años de entrevistas con excolonos y víctimas y accediendo a testimonios y archivos judiciales colgó todo el material en su web y lo dejó reposar. De ahí ha surgido ‘Sprinters’ (Salto de Página), donde condensa todo aquel endogámico infierno en apenas 250 páginas de una novela que aglutina autoficción, declaraciones y hechos reales y el ‘storyboard’ y el guion de una película, nunca rodada, que escribe la narradora, álter ego de la autora. “Nada de lo que cuento traiciona los hechos, es mi lado periodístico”, confirma Larraguibel.

Los ‘sprinters’ -corredores- eran “los chicos de 8 a 14 años” de los que abusaba Schäfer. “Les llamaban así porque todo el día corrían haciendo recados para él”. Su origen, en el caso de los chilenos, estaba en familias campesinas analfabetas que acudían con sus hijos al hospital de la colonia. “Debían cuidarlos pero luego les decían que habían muerto o les hacían firmar dudosos papeles de adopción sin saber lo que eran”.

La confusa muerte en los 80 de un ‘sprinter’, Hartmut Münch, durante una cacería del líder, a la que asistía un alto militar de Pinochet, y sobre la que hubo muchas versiones contradictorias, es uno de los hilos de los que tira el libro. El otro, es la huida, en 1997, logrando evitar las alambradas, torres de vigilancia, cámaras, perros y guardias armados, de dos de los chicos, uno alemán y otro chileno, Tobías Müller y Gonzalo Luna. “Los medios chilenos de la época lo vistieron como una fuga homosexual. Los machacaron. Pero lograron llegar a Alemania y contaron su historia”.

Larraguibel buscaba “explicar la pequeña verdad de los colonos” sin que el escabroso volumen de crímenes la sepultara. Lo logró con el personaje de Lutgarda, “columna vertebral” del relato, inspirada en todas las colonas que entrevistó, “ejemplo de resiliencia, poder y esperanza”. “Nunca se habla de ellas. Todos los documentos hablan de víctimas hombres y niños. Las mujeres de la colonia eran para el líder y sus siete jerarcas peor que las gallinas porque estas al menos ponían huevos. En cambio, a las mujeres solo las usaban como bestias de carga para trabajar. Si quedaban embarazadas las hacían abortar y las separaban de los hijos. No las dejaban casarse hasta que eran demasiado mayores para concebir”. Hombres y mujeres vivían y dormían separados y trabajaban hasta 16 horas al día en los campos sin contacto alguno con el mundo exterior. A ellos, además de sufrir abusos de niños, les atiborraban de medicamentos y barbitúricos para someterlos.

El jefe de la policía secreta de Pinochet

Se pregunta la autora, si, de haber vivido en Chile en lugar de en el exilio, “habría mirado hacia otro lado como hizo todo el país”. Schäfer invitaba a políticos a la colonia y lo grababa todo con cámaras. Por allí pasó, entre otros, Manuel Contreras, jefe de la temida DINA, la policía secreta de Pinochet, apunta, denunciando una impunidad que llega hasta hoy. “El actual presidente, Sebastián Piñera, ha puesto de ministro de Justicia a Hernán Larraín, que formó parte del círculo de amigos de Colonia Dignidad y que en su día dijo públicamente que era un horror que la policía hubiera irrumpido en ella buscando detener a Schäfer”.

El líder acabó sus días en prisión, pero “el caso aún no está cerrado, aún hay procesos judiciales abiertos, algunos de sus jerarcas huyeron a Alemania, hay una orden de extradición contra el doctor que experimentaba con los colonos, a otros les cayeron penas leves”.

Además, “el Gobierno chileno nunca ayudó a las víctimas ni se preocupó de reinsertar a los colonos en la sociedad”. Fue el abogado Hernán Fernández, que desde 1998 representaba sin cobrar a los niños víctimas de abusos y excolonos fugados, quien abrió a la autora las puertas de aquel mundo y hasta facilitó una visita a Schäfer en prisión, que este en el último momento frustró.

“Quise mostrar cómo piensa y vive y sobrevive alguien que ha estado absolutamente aislado en un lugar así. Traté mucho con algunos excolonos fugados y confieso que había momentos en que quería olvidarme de ellos porque no saben cómo moverse en el mundo y no paran de pedirte cosas, desde que les acompañes al cajero o a pagar la luz”. Hoy la colonia es “una finca de agroturismo” llamada Villa Baviera. Tiene las tierras embargadas por los juicios y aún viven en ella unos 80 ancianos. “La regentan dos líderes chilenos, uno fue ‘sprinter’ y otro estuvo acusado de complicidad”. Existe una película sobre el caso, ‘Colonia’ (2015), de Florian Gallenberger, con Daniel Brühl y Emma Watson. “No era muy buena –opina la periodista- pero en Alemania gustó y levantó el debate sobre la necesidad de compensar a las víctimas. Hay que hacerlo”.

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