‘Pequeños mundo’, de Herman Hesse

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Pequeño mundo

Herman Hesse

Traducción de Marinella Terzi

Navona

325 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Al contrario que la mayoría de los escritores, Herman Hesse estaba convencido de que las historias podían tener un final feliz, si es que tenían un final, algo a lo que le obligaba el formato libro. A mayores, no se trata de un escritor americano ni de un autor de novela rosa. Hesse centraba su atención en las posibilidades del alma, hasta el punto de sacarlas a flor de línea en sus escritos. Y la condición por las que a la fuerza pasaba el alma, al margen de la psicología más bien sencilla de sus personajes, era la relación con los demás. En este volumen se reúnen una serie de relatos inéditos, que comienzan con una versión de la bella y el feo, en la que la atracción que encuentra ella en el hombre radica en lo que él consideraba un severo defecto: la timidez. De ese rasgo solo le libraba la voz con la que se unía a un coro, es decir, formar parte del colectivo en un acto bello.

Ambos personajes, como el resto de los que pueblan el libro, están condicionados por los roles sociales con los que nacen y que les imponen las familias. De hecho, conseguir salir de la ruta que marcó la familia es una liberación. Hesse no lo indica de forma explícita, pero de su lectura se puede deducir que la familia es una farsa. O que al menos puede serlo. Que debemos separarnos de ella para poder ver el paisaje completo, pues dentro de la familia, como de cualquier estructura social, se esconden miserias a las que con frecuencia bendecimos con el nombre de tradiciones. Los protagonistas de sus historias son gente sensible, lo bastante como para señalarnos lo cerca que estamos de cualquier forma de oscuridad. Y el mundo es atroz, aunque al final exista la luz y, si uno la busca, termina por encontrarla.

Durante los relatos se nos exponen los falsos consuelos, desde el dinero a la religión, a los que se agarran aquellos que ven cómo su vida está siendo exprimida: por la atención que requiere un moribundo, por la gente que está convencida de que una relación de pareja es un problema antes que nada, por la fama con la que cargan los demás y las presiones del órgano social, por la supuesta misión de llevar la verdad a otras tierras. Frente a todo ello expone el talento como fuerza interior, la voluntad de aprender, el convencimiento de que uno no puede darse por vencido sin importar el resultado de la lucha, la serenidad abierta que nos enseñan otras culturas. En definitiva, cada relato es una experiencia de aprendizaje, un renacer lejos del pasado, al que intentaron encadenarnos. Ese pasado viene expresado por la familia o la teología, por la colonización o la herencia laboral. Y la felicidad, que solo se le escapa al protagonista de uno de los relatos, acude de la manera más sencilla posible: ser peluquero, reconocer la bondad en los pobres creyentes hindúes, dejar atrás la pedantería como aplomo para imponer su voluntad. En buena medida, Hesse vuelve a hablarnos de la aceptación. Y lo hace de una manera que todos podamos comprender, adaptada a las tres edades. Hoy mucha gente discute lo oportuno de su premio Nobel. Pero en su día supo traernos los buenos saberes que ya habían aprendido las gentes de tierras todavía extrañas. No está mal recordarlo, porque la memoria es cada día más efímera y para no saber que existen cosas diferentes al dolor conviene regresar a autores como Hesse una y otra vez.

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