14 Apples (2018), de Midi Z – Crítica

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Por Jaime Fa de Lucas.

Midi Z presenta un documental cuya premisa ya es de por sí interesante. Un amigo del director, debido al ajetreo de su vida, sufre insomnio, así que decide ir a ver a un vidente. Éste le recomienda que vaya 14 días a un monasterio a meditar y que cada día se coma una manzana –de ahí el título 14 Apples–. Así, Midi Z coge su cámara y sigue a su amigo, desde que abandona la ciudad tras comprar las 14 manzanas, hasta sus andanzas en el monasterio, ubicado en un lugar remoto de Birmania.

Lo más sorprendente del documental es que ofrece momentos que hablan por sí solos y estos momentos, lejos de ser inofensivos, cuestionan la veracidad espiritual del monasterio y de los monjes. Ya desde el principio uno se pregunta ¿cómo es posible que un recién llegado sea apto para dar consejos a la gente o para participar en rituales como el de las ofrendas? Esto genera bastantes dudas… ¿Sólo por llevar el atuendo de los monjes y convivir con ellos ya eres considerado una autoridad espiritual? Da la sensación de que a los monjes todo esto les da igual y lo único que les preocupa es que el sujeto en cuestión cumpla alguna tarea de la que puedan beneficiarse.

Otro logro importante del documental es que muestra el contraste que hay entre hombres y mujeres, que bien sugiere cierta tendencia machista. Midi Z establece un paralelismo entre un plano-secuencia de las mujeres llevando cubos de agua en la cabeza, recorriendo un largo trayecto, y la fila de niños y monjes que van a pedir ofrendas a las casas. Este significativo contraste audiovisual remarca que la mujer trabaja y el hombre pide –aparte de que es el hombre el que gestiona la comida y el dinero que se recibe–. En una línea similar, se menciona que tocar la ropa de la mujer da mala suerte, pero la del hombre no, y también aparecen algunos “consejos” machistas, de monje a mujer.

Si 14 Apples fuera suficiente para evaluar la espiritualidad y la honradez de esos monjes, diría que estos están podridos hasta la médula. Hay varias escenas reveladoras que muestran cómo los monjes se preocupan mucho por el dinero, incluso llegando a vender la comida que les sobra para ganar más; todo esto en un lugar que no nada en la abundancia precisamente y en el que hay gente que emigra a China para buscarse la vida en condiciones precarias. En definitiva, la labor de Midi Z es admirable, pues simplemente poniendo la cámara en el lugar adecuado retrata a unos monjes con valores machistas y poco compasivos, que viven de las donaciones públicas y las ofrendas y cuya espiritualidad es prácticamente inexistente. Que baje Buda y lo vea.

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