Lejos del mar, de Alberto Rojas

Esta semana Los relatos de Culturamas os ofrece un relato del joven autor mexicano, Alberto Rojas, que nos habla sobre la búsqueda de nuevos horizontes. ¡Compartid la lectura!

Lejos del mar

Alberto Rojas

   Las personas suelen pensar que hay ciertas cosas de las que, sencillamente, no puedes cansarte; la música, por ejemplo. Sin embargo, después de tocar la misma vieja y triste canción en los sucios y grises vagones del metro llenos de gente con miradas adustas, siento que mi cuerpo ya no procesa la música de la forma en lo que solía hacerlo antes,  cuando vivía junto al mar y no en esta ciudad monstruosa. Antes, cuando podía correr si lo deseaba sin sentir un dolor sordo en mi tobillo. Antes, cuando me sentía con vida.

    Las personas también suelen pensar que algún día todo se va, que uno, si se esmera lo suficiente, puede dejar ir lo que sea. Pero hay cosas que nunca nos dejan, como aquella tristeza hueca y desgastante que sientes cuando abres los ojos todas las mañanas y recuerdas que no estás en tu hogar, con tu familia, sino a la deriva en un desordenado panal de concreto que escupe veneno, perdido en la inmensidad de un mundo devorado por el tiempo artificial.

     Tengo hambre. Dejo de cantar y me bajo del vagón, vigilando que no haya un policía cerca. Hubo un tiempo en que prefería que me vieran y me llevaran a los separos, para dormir bajo techo; pero por lo menos esos tiempos se acabaron, así que siempre evito a la policía.

    Nueve, diez, once pesos… Ha sido un mal día. Porque incluso dentro del constante fluir de malos días, hay días buenos y malos. Me compro medio kilo de tortillas y un pedazo de queso. Es mejor que sentir el estomago vacío. Sentirse vacío de cualquier forma es la peor sensación del mundo. Supongo que por eso dejé mi hogar.

     Creí que podía llegar a sentirme satisfecho. Creí que si lograba llegar a los Estados Unidos, algún día podría juntar el dinero suficiente para sentirme orgulloso de mí mismo; para que Lucía fuera a la escuela con el estómago lleno; para no ver a mi madre soportar el dolor en el vientre cuando no teníamos para las medicinas. Para sentirme útil. Para sentirme alguien.

    Salí de El Salvador una mañana de lunes con una mochila llena de ropa, muy poco dinero y muchas esperanzas. Me uní a un grupo de jóvenes igual de ilusos y pobres que yo. Llegamos hasta México pidiendo aventones y luego de ahí nos toco subir a ese maldito armatoste de metal. Mientras te cuelgas de aquel tren, mientras te agarras con todas tus fuerzas para no caerte, vas dejando atrás muchas cosas: Lo que alguna vez fuiste, cualquier rastro de fe en el mundo y tu humanidad. Te vuelves un animal arrastrado por la corriente de la mala fortuna en un mundo despiadado.

     Cojeo mientras camino por las calles medio inundadas de lluvia sucia. Siempre cojeo. Siempre me duele el tobillo, más cuando hace frío. Me agarré fuerte, de verdad que sí. Pero pasamos por un montón de ramas. Me empezaron a rasgar la espalda. El tren iba demasiado lleno y no podía moverme de donde estaba. Sentí los azotes una y otra vez. Cada golpe, cada rasguño, cerraba los ojos e intentaba evocar los rostros de mi novia, mi hermana y o mi madre, pero solo veía sangre.

    Y entonces una rama me dio en la cara. Y después me caí.

   Todos dicen que me fue bien, y en parte es verdad. Muchos pierden las piernas o los brazos, yo solo me rompí el tobillo. Pero como no pude pagar un doctor sino una curandera de un pueblito polvoriento, nunca quedé del todo bien. Solía correr todos los días en la playa. Ya nunca podré volver a hacerlo. Después de eso, querer cruzar el desierto era prácticamente una sentencia de muerte. A cambio de favores que no me atrevo a recordar, logré llegar a la Ciudad de México.

    Llego al nido poco antes de que empiece a llover, aunque quizás me bañe en la lluvia más tarde. El nido es un cuartucho sucio y oscuro en el que nos amontonamos veinte personas. Pagamos el alquiler entre todos. Hoy no fue el caso, pero cuando me sobra una moneda o dos las guardo, no conmigo claro; lo entierro bajo un árbol en un parque. Ahorro para volver a casa, algún día, desgastando mi amor por la música a diario, pidiendo dinero a cambio de la poca alma que me queda.

   Cuando llego, acurrucada en una esquina, está Monse amamantando a su bebé. Tiene la cara pintada con maquillaje barato y una nariz roja de plástico atada con un hilo. Nosotros nos quejamos, pero las mujeres la pasan mucho peor. Cosas aberrantes les pasan en el tren, algunas incluso se toman la molestia de tomar anticonceptivos previendo lo peor, previendo que abusen de ellas. La hija de Monse nunca sabrá quién es su padre, y creo que es mejor que no lo sepa. Ojalá nunca sepa nada de lo triste que es el mundo, pero así como van las cosas, creo que como a nosotros, le va a tocar nadar en tristeza.

    -Ya está lloviendo -comenta Monse a modo de saludo mientras yo me recuesto en una manta en el suelo.

   Las gotas golpean el techo de lámina. Es como si gritaran, una tras otra. Son como fantasmas de otros tiempos torturándonos a todos, quitándonos el sueño, ahogando nuestra fuerza.

     -Odio cuando llueve -le digo.

   Hace mucho frío. Yo odio el frío. De donde vengo casi siempre hace mucho calor y estar aquí, con la humedad y el frío, es como si constantemente una macabra presencia te acariciara la piel amenazándote con la muerte.

    -¿Ya comiste algo? -le pregunto, y ella me mira brevemente sin contestarme.- Ten -le digo tendiéndole las tortillas y el pedazo de queso que me quedó.

    -No -contesta ella negando con la cabeza-. No, Pedro, come tú.

    -Necesitas comer -insisto dejándole a su lado la bolsa con tortillas, y ella me mira agradecida antes de empezar a comer, masticando lentamente, para que así le dure más la comida.

   -No junté mucho hoy. Y lo que junté lo usé para comprar medicina para la gripa -dice ella con la boca llena.

   Y es verdad, hoy la gente parecía tener peor humor que de costumbre. Hoy los engranajes de esta monstruosa maquina giraban con lentitud y pesadumbre, como si les faltara aceite.

    Me siento culpable. Casi todo el tiempo. Desde que dejé El Salvador es como si cada paso que diera me pesara el triple. Como si cargara un costal sobre mi espalda. Soy un cúmulo de arrepentimientos andante. Me culpo por dejar a mi familia, por soltarme del maldito tren, pero sobre todo porque planeo irme sin decirle a nadie. Ni siquiera le he dicho a Monse porque entonces puede que ella quiera venir conmigo. Pero no tengo el suficiente dinero y no puedo esperar a tener lo doble o el triple. Solo quiero irme de aquí. Hacer como que nada pasó. Fingir que no tengo cicatrices por toda la espalda y una pierna medio chueca.

    Comienza a anochecer y todos los demás llegan. Hoy somos diez solamente. Solo uno está herido. Cuando llueve se va a la luz así que decidimos dormir temprano. Yo me acerco a la ventana y veo, a la luz de la farola de la calle que atraviesa la ventana, una foto de María, mi novia. La extraño tanto, es como extrañar el aire. No sé qué haría si ella ya se olvidó de mí. Después de todo, no sería justo suponer que me esperaría indefinidamente. Ella no es Penélope, después de todo. No somos reyes y no soy tan listo como para haber enfrentado aquellos monstruos y haber salido victorioso. Aunque sí siento que llevo una eternidad fuera de mi país natal. Una horrible odisea. Fui atraído por el canto de las sirenas. El cíclope me devoró. Fallé. Y debo regresar sin nada.

     La gente suele pensar que si eres valiente, listo, talentoso o tenaz, tarde o temprano vencerás a las bestias. Pero no es verdad. No somos oponentes para aquellos monstruos gigantescos hechos de seres humanos. No somos más que una viruta de polvo obstruyendo su vista a la destrucción inminente. Y nuestras cualidades se disuelven en su sangre espesa como la brea. Solamente existen los que controlan a los monstruos y sus víctimas. Ya lo entendí, y ahora solo quiero escapar.

    Me quedo dormido con la foto de María abrazada al pecho. Y me despiertan los sollozos.

    Cuando abro los ojos no hay nadie acostado a mi alrededor, están todos de pie, acumulados en una esquina. Escucho a Monse sollozar.

     -No despierta -dice entre sollozos-.Todavía respira pero no despierta. Respira demasiado lento.

     Me abro paso entre mis compañeros y veo a ambas, completamente pálidas y sudorosas. Madre e hija, acompañadas por el dolor. Espero que no sea nada contagioso, al menos no contagioso por el aire. Monse voltea a mirarme suplicante, como si yo fuera el que decidiera el destino de los mortales.

      Me conmuevo. Se me rompe el corazón. Maldigo para mis adentros y salgo corriendo.

     Es un árbol viejo detrás de la biblioteca. Mi dinero está enterrado a unos centímetros bajo tierra guardado en una lata. Lo tomo, regreso al nido y llevo a Monse y a su hija al Doctor, donde entrego todo lo que tengo, lo que había guardado para regresar a un lugar seguro, un lugar donde alguna vez fui feliz. Y así, tan fácil, me quedo sin nada más que una vieja guitarra, otra vez.

     Mi único consuelo es que la niña va a estar bien, al menos por ahora. No puedo decir lo mismo de mí. Sin ese pequeño tesoro me siento de nuevo a la deriva. No puedo engañarme a mí mismo. Ya no quiero hacer esto. Ya no quiero estar aquí. Quiero correr, pero estoy atrapado. Enjaulado y herido.

    Camino por las calles sin rumbo alguno. Cuando llega la tarde me recuesto en un  banco y miro hacia el cielo a través de las ramas de los árboles. Saco la foto de María de mi bolsa y la miro un rato.

    “Algún día seremos reyes”, le había prometido alguna vez hace mucho tiempo.

    -Algún día volveremos a vernos -le digo ahora a su fotografía. Y a mí mismo-. Soy como las palomas, siempre sabré como regresar.

    Algún día.


Sobre el autor

Alberto Rojas (1997) nació en México, DF. Estudia actualmente en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha obtenido menciones honorificas por sus novela Bajo las sombras (2017) y ha publicado relatos en revistas literarias como La Sirena Varada.

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