Crystal Swan (2018), de Darya Zhuk – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Crystal Swan está ambientada en una Bielorrusia en crisis, en 1996, cinco años después de obtener la independencia. Una joven de Minsk, dj y licenciada en derecho, sueña con mudarse a Estados Unidos. Para ello intenta obtener un visado, pero para cumplir los requisitos se ve obligada a mentir, diciendo que trabaja en una fábrica de cristal. El problema surge cuando los encargados de validar el visado le dicen que llamarán al número de teléfono facilitado por ella para confirmar su situación laboral, un número que puso aleatoriamente. La protagonista se desplazará hasta el pueblo donde está la casa con ese número de teléfono para intentar que, cuando reciban la llamada, hablen bien de ella, o en su defecto, contestar ella misma.

La premisa que plantea Darya Zhuk es bastante ingeniosa, ya que tiene tintes tragicómicos y permite desarrollar el contraste entre lo rural y lo urbano y entre unas personas que viven ancladas en el pasado y otras con la mente más abierta. La protagonista pertenece a la última categoría, algo que demuestran tanto su llamativo aspecto y sus gustos musicales como sus ganas de ir a Estados Unidos para ser libre y poder ganarse la vida. Zhuk sugiere cierta conexión entre ese enfoque progresista, más moderno, y la independencia del país.

Crystal Swan presenta bastantes detalles interesantes para reflejar los distintos choques que se producen. Como la gente no entiende que la protagonista quiera salir del país –estrechez de miras, patriotismo, etc.– ésta se ve obligada a mentir para justificarse, diciendo que su madre está enferma y que quiere llevarla a Estados Unidos. Es decir, la gente atiende a razones familiares –la familia como valor tradicional– y no a la búsqueda personal de algo mejor. Otro detalle interesante es que la madre trabaja en un museo de historia del país, algo que acentúa la ranciedad de su carácter. También interesante es la escena de los niños que salen corriendo para no tener que ver un vídeo sobre la 2ª Guerra Mundial o ese proceso paralelo de casamiento de uno de los chicos de la casa, que vuelve a hacer hincapié en los valores tradicionales.

La fotografía de Carolina Costa, con un formato cuadrado que refleja las limitaciones que siente la protagonista, es muy competente y la ambientación está muy conseguida. Si algo destaca por encima de todo es la excelente actuación de Alina Nasibullina, una actriz con mucha presencia que domina la pantalla en todo momento. El guion es correcto y coge más fuerza al final –aviso de spoiler–. La violación que sufre la protagonista funciona bien a nivel dramático, impacta y es más o menos creíble, pero tiene más peso si cabe a nivel conceptual. Zhuk intenta reflejar la cualidad primitiva de los pueblerinos jóvenes, dando a entender que no por ser joven vas a ser abierto de mente o moderno, algo que a su vez haría más especial la personalidad de la protagonista; pero al mismo tiempo refleja cómo en un entorno rural también se saltan las normas tradicionales –el violador está a punto de casarse–, incluso las legales y emocionales, de una forma mucho más bruta.

Entiendo que el “Crystal Swan”, cisne de cristal, al que alude el título maneja dos dimensiones: la fábrica de cristal del pueblo y la protagonista, remarcando esa idea de que ella es algo frágil y hermoso que en cualquier momento puede ser destruido por la rigidez y la brutalidad de la sociedad bielorrusa.

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