La carne de Daniel

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Por Andrés Isaac Santana.

A Daniel, quien debería de saber -hoy más que nunca- que por sobre el arrebato, la soberbia o el error, existirá, siempre, el ser humano y su reflejo.

Alienación

El carácter, como la fotografía, se revelan en la oscuridad”, esta sentencia de Yousuf Karsh, resulta, cuanto menos, inquietante. El sintagma, en sí mismo, es revelador de esa dualidad enfática tan cara a las imágenes y a los sujetos que las gestionan. Esa misma oscuridad, en la suerte de su definición, es, también, el lugar del arrebato, de la locura, de la soberbia. A ratos el hombre no es capaz de distinguir entre error y el ser que está detrás (o delante) de este. A ratos, insisto, el hombre pierde la perspectiva de lo conveniente oponiéndola a lo deseable. Por suerte, las imágenes no mienten. Ellas se agazapan y se revelan, rectan y se moldean, dibujan un mapa y luego lo niegan.

La gratitud, parece, es una extraña suerte que corren las imágenes (o no). El caso es que cada registro supone un robo, una expoliación, una apropiación -debida o indebida- de ese espacio, de ese lugar, de ese objeto o de esa realidad circundante. Las imágenes tomadas se comportan, antes o después, en propiedad personal. Se ejerce sobre ellas y respecto de ellas esa gravedad que entraña “lo mío”. Sin embargo, ellas, más allá o más acá, circulan, habitan, se expanden, viven. Ellas, en sí, constituyen materia de reflexión, de especulación, de contrabando. La imagen es ese pacto tácito, ese acuerdo expedito que media entre el ojo y ese otro lugar. La fotografía, a ratos, es un escudo, un mapa, un asidero, un lugar de conservación y de distancia.

Mientras más nos aburre la antropología más nos cautiva explorar en sus “certezas” y en sus “revelaciones”; mientras más nos abruma el documento más recurrente se manifiesta la ansiedad en el arbitraje de su búsqueda y de su perpetuación. Esta sensación, este extraño acertijo, es lo que me ha provocado observar el amplio repertorio de imágenes que me hace llegar -por medio de un WeTransfer- el joven fotógrafo colombiano, asentado en Madrid, Daniel Novoa. La obra de Daniel es, como mucho, una suerte de tatuaje, una especie de marca en la piel, una necesidad -parece- de acreditar un lugar en este mundo. Un lugar que hoy, por el azar de la vida y la arbitrariedad de los poderes políticos, se haya sujeto al tiempo del desplazamiento y a la dinámica del espacio confuso. Su propia vida, tal cual me comentó él en una ocasión, es una especie de mochila. Ese saco en el que va todo lo que un ser errante necesita, sin más y sin menos. Lo esencial, siempre lo esencial y con la cámara a cuestas.

Escribir sobre la imagen -ya lo sabemos- es como lanzar piedras sobre el río. Estos se secan y desaparecen; lo mismo que aparecen luego para inundarnos y dejar tras de sí su huella, que no es otra que el espacio temporal de la metáfora. Con las imágenes ocurre exactamente igual, éstas habitan en el limbo, en un espacio entre ficcional y real, entre físico y volátil, entre sustantivo y evanescente. La imagen se asienta con la misma destreza con la que se escurre: vive y muere, se desplaza y habita. Esa, su naturaleza, hace que todos podamos resultar -al cabo- productores de imágenes. Pero no todos hallamos esa extraña angularidad descubierta en escogencia atinada del objetivo. En su afán de captura se reproducen, como la mala yerba, los espíritus epigonales, los artesanos de la reproducción y del calco, los epítomes de los lugares comunes y los arqueólogos de lo ya visto.

Lo he dicho en varias ocasiones; lo reitero ahora. No necesitamos, en los aires que corren, ni los epígonos de Andrés Serrano, ni los usurpadores de Andy Warhol, ni los almodóvares latinos en clave kitsch. Necesitamos, por el contrario, de la fabulación y de la invención. Necesitamos de la facultad de traducción y de ficción. Necesitamos de la germinación por sobre el ensayo de probeta, de la metáfora frente a la pantalla estéril. La mirada de Daniel lucha, parece, y a su modo, contra ese estado de anemia que habita en la apariencia de lo trascendental como espejismo de grandeza. La suya es una observación calmada, felina, expectante y serena. Basta, tan solo, con una aproximación a estas imágenes para advertir -entre la opacidad y lucidez de su superficie- el deseo confeso de una captura otra, un rapto de la razón en cópula con la emoción. Descubro, más allá de la evidencia palmaria, la necesidad, incluso, de un verso, de una palabra. Todo fotógrafo es, al cabo, un hedonista, un traficante de imagen, un historiador, un reportero, un antropólogo, un alquimista. Todo fotógrafo es, por fuerza, un caminante, un andador, un procurador, un ser que busca, una instancia de la observación y un espía del escrutinio. Y esa búsqueda, aunque resulte paradójico, no es siempre consciente, no responde todo el tiempo a la gramática de un programa sujeto a la conciencia y a la razón instrumental. No es sino desde el accidente y desde la fuga desde donde afloran las más altas revelaciones de la vida. El arrebato de la hormona despierta el ánimo de la quietud, lo vuelca sobre un mirar inquieto y certero. En Novoa se revela el vértigo, la necesidad, la ansiedad, el deseo. Su registro parece tímido, pero no lo es. Su [in]diferencia no es otra cosa que una estrategia calculada que le aproxima a la figura del gladiador y a la de la bestia. El tiempo, ese maestro de ceremonias magnánimo y magnífico, será el que decida, al cabo, si será el rol activo, pasivo o versátil, tal vez, en el que este joven del lente se haga crecer como una voz de referencia internacional. Se de sus coqueteos con esos roles en lo tocante al lente; lo mismo que de su “fluidez estática” de la que ambos hemos hecho parodia alguna vez. La cuestión reside, ahora, en saber aprovechar las oportunidades, en saber gestionar las ayudas, en saber agradecer el bien con otro bien. De ahí, sin duda, se definirá el camino y su suerte.

Desolación

Algunas instantáneas de este registro bien podrían figurar en la portada de cualquier revista de turno. Bien podrían competir en cualquier concurso; bien podrían, también, hacerse con un hueco en cualquier exposición de la agenda imperante. La cuestión no es, al término, dónde estoy; sino, y más importante, quién soy. Sospecho, aun cuando poco conozco a Daniel (dado es al silencio y al retraimiento, también a la emoción puntual), que este principio se activa en él como una suerte de sentencia y de calma. Observo sus imágenes y se me revela, entonces, una subjetividad bien articulada, al menos, una sensibilidad serena sin dejar de ser volcánica. Ello no quiere decir que como todos, como yo mismo, esté exento del temor y de la clásica angustia de la duda ¿Quién podría? Solo desde la exigencia de cierto temor, de cierta incertidumbre y de la vulnerabilidad como sentencia ontológica, nace, sin error, el hallazgo de la poética.

Sus piezas, pese a la apariencia primera, revelan, tras la superficie de lo evidente, un inquietante (y nervioso) impulso sexual que queda traducido en una lucha tácita entre “el deseo en libertad” y “el principio de realidad”. No de balde sus más recientes investigaciones giran en torno a la figura del erotismo y a la amplitud gramatical de éste en mil y una de sus posibles formas de expresión y de plenificación. Lleva tiempo absorto en lecturas que, desde su inexistente formación académica, se esfuerza en comprender. Y no es sino eses esfuerzo el que abona el territorio. No siempre el desconocimiento o la incultura devienen en sinónimos de fracaso. Frente a ellos se puede exhibir – a sus anchas- una gran voluntad de superación y de conquista.

Las láminas de Daniel, como la de muchos jóvenes fotógrafos que se enfrentan al artefacto y su uso, preludian una especie desplazamiento y de énfasis respecto de ese objeto canónico que se entiende -entre los grandes discursos- como “el objeto fotográfico” para trazar, con suerte, las tramas de otras geografías, de otros mapas, de otras derivas. El blanco y negro, su saturación y su entereza confieren un aura dramática, una alta densidad y un extraño histrionismo a la imagen. Ellas se revelan como tatuajes urbanos, escogencias fortuitas de algo entre mucho y como lance amoroso al azar de la mirada.

Habrá que volver sobre este, su imaginario y pensar, con destreza y audacia avisada, los intersticios que habitan entre el ser y la imagen, entre el deseo y su fuga, entre Daniel y su mundo. Entre el lente y la carne. Como bien sentenciara Alfred Eisenstaedt “lo importante no es la cámara, sino el ojo”.

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