Ray & Liz (2018), de Richard Billingham – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Mención especial en el Festival de Locarno y actualmente exhibiéndose en el Festival de Toronto, Ray & Liz es el primer largometraje del fotógrafo Richard Billingham. Una prolongación de su ya conocida obra sobre su familia disfuncional capitaneada por un padre alcohólico, Ray, y una fumadora compulsiva de carácter agrio, Liz, ambos negligentes como figuras parentales y como engranajes de la sociedad. Por fortuna, no es necesario conocer la obra fotográfica del autor para disfrutar de una película que es tan inteligente y emotiva como demoledora.

La cámara de Richard Billingham –ayudado por el director de fotografía Daniel Landin– impone un formato cuadrado y apenas abandona las estancias interiores para generar así una sensación de opresión abrumadora, algo que se ve potenciado por las imágenes de animales enjaulados y conviviendo en espacios cerrados. Y es que los individuos de esta familia son como animales, de hecho, Billingham plantea la película como si de una visita al zoo se tratara, ya que hay varias referencias que subrayan esta idea, incluida una secuencia en la que el hermano pequeño, Jason, visita el zoo.

Este safari doméstico pone el foco en tres épocas diferentes: la infancia del propio Richard, limitándose a mostrar una broma que le gastan a su tío, con una resolución bastante ingeniosa; su juventud, prestando más atención a las andanzas de su hermano pequeño; y la etapa final de su padre, solo, entre botellas de alcohol y moscas. Ray & Liz no traza una cronología definida ni intenta exponer una trayectoria biográfica, simplemente se limita a mostrar una serie de situaciones del pasado que únicamente están conectadas entre sí por la aparición de los Billingham. Esta estrategia narrativa disminuye la cohesión del conjunto, pero no impide que el retrato sea eficaz.

Aunque Ray y Liz no son de por sí figuras atractivas, sí que despiertan cierto interés. No obstante, lo más notable de la película es la excelente fotografía de Daniel Landin –me imagino a Richard Billingham agarrándole por detrás para decidir las composiciones–, la espléndida actuación de Joshua Millard-Lloyd –en el papel del hermano pequeño, Jason– y las diferentes imágenes y metáforas que plantea el director –la más potente surge cuando Jason se ve obligado a dormir en la calle y aparece una imagen de un niño en la mesa sobre la que Liz está haciendo un puzle, como si ésta fuera incapaz de ver más allá de sí misma–.

En general, Ray & Liz también destaca por su calidad tragicómica, algo que ejemplifica la escena del amigo que les pide un cigarro y le dicen que busque en el bote, donde hay cigarros ya empezados que han encontrado en el metro, y añaden “la gente tira unas cosas” –presentando con la misma imagen la adicción y la pobreza–. O la escena en la que les dan la noticia de que Jason tiene que ir a una casa de acogida y Richard pregunta si él puede ir también.

Llama la atención que en la película apenas aparece Richard. No se indaga en él en absoluto, más bien es una figura espectral. Lo cual me parece una decisión interesante que demuestra humildad y al mismo tiempo refleja el propósito esencial de este fotógrafo: alcanzar la redención a través de las imágenes sin ser el centro de su propia mirada.

 

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