Tarde para morir joven (Too Late to Die Young) (2018), de Dominga Sotomayor – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Dominga Sotomayor se llevó el Leopardo a la mejor dirección en el Festival de Locarno por Tarde para morir joven, actualmente en proyección en el Festival de Toronto. Una familia chilena se desplaza al campo estableciendo una comunidad con ideales hippies. El desarrollo se asemeja bastante al del debut de Carla Simón, Verano 1993, presentando una colección de viñetas más o menos anodinas sobre la vida en el campo, haciendo más hincapié en las vicisitudes de la joven Sofía. Aunque ambas películas comparten la misma insipidez, la obra de Sotomayor tiene algo más de autenticidad y ciertos recursos interesantes.

La historia se centra principalmente en Sofía, una joven que se ha visto arrastrada por su padre y su madrastra al campo y que se encuentra en pleno proceso de evolución. De hecho, a nivel narrativo, lo más destacado de la película es cómo se refleja esa situación liminal en la que se encuentra la protagonista, a medio camino entre el campo y la ciudad, lidiando con un padre ensimismado y una madre ausente, alejándose de la adolescencia y penetrando en la madurez. Esa colisión múltiple se ve apoyada por el inteligente uso que hace la película de los vehículos, que no son otra cosa que elementos que representan la modernidad y las ansias de los jóvenes por ir hacia delante y madurar.

Tarde para morir joven se sostiene en gran medida gracias a la fotografía de Inti Briones, la espontaneidad de los diálogos y la naturalidad de las actuaciones. No obstante, hay una redundancia considerable en las escenas y la historia sufre de una falta de impulso. Tampoco ayuda que el único conflicto que verdaderamente da dinamismo al metraje esté basado en una fórmula muy utilizada, esto es, la joven que está sentimentalmente dividida entre el chaval inmaduro y el hombre experimentado, algo que hace guiños al paso a la madurez y que hemos visto con este mismo disfraz cientos de veces.

Uno de los puntos negros de la película es que Sotomayor intenta dar cierta circularidad y potencia simbólica a la película a expensas de la verosimilitud. No entiendo cómo en la primera escena la familia es capaz de dejar atrás a la perra –más adelante se dan cuenta de que se ha perdido–. ¿El espectador tiene que aceptar que la familia deja a la perra para que ella sola les encuentre? ¿Cómo es posible que una familia conectada con la naturaleza y con sensibilidad artística no tenga empatía con sus animales? Desconcierta y no tiene sentido; tampoco se explica si hay alguna razón para que hagan eso. Luego recuperan a la perra pensando que es la suya, pero resulta que no es. ¿Y pretenden que el espectador se crea que la niña no sabe identificar a su perro? Nada de esto es creíble. Y en el hipotético caso de que tuviera algún fundamento, no se hace ningún esfuerzo para que resulte coherente.

Observaciones con spoiler:

– Tras incendiar el bosque, la familia suelta a la perra que no es suya y ésta se va corriendo a buscar a sus dueños reales. Supongo que tanto la destrucción del entorno como la conducta de la perra reflejan que la familia no está hecha para estar en la naturaleza y debe volver a la ciudad –aunque esta idea se apoya en la inverosimilitud anteriormente mencionada–.

– Uno de los pequeños pecados de Sotomayor es introducir varias disciplinas artísticas –pintura y música– simplemente para mantener cierta fidelidad autobiográfica –o quizá por capricho–, sin sacar ningún partido a ninguna de ellas, más allá de un par de escenas atractivas. La dimensión artística está totalmente infrautilizada y apenas sirve para dar ciertas notas de color al relato.

– Una de las secuencias finales de Tarde para morir joven, la que presenta un contraste entre el agua y el fuego, es bastante interesante, ya que sugiere que Sofía en ese momento es como la naturaleza que se quema, está ardiendo por dentro, y necesita agua para apagarse a sí misma.

 

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