Tradiciones de mierda, de Guillem Borrero Pérez

Categoría: Los relatos de Culturamas,top3 | y tagged con | | |

 

Los relatos de Culturamas estrena el desazonado mes otoñal con un cuento del escritor barcelonés, afincado en México, Guillem Borrero Pérez; donde se nos muestra como los atávicos roles de género se traspasan de abuelos a nietos de manera impune. ¡Pasen y lean!

 

 

Tradiciones de mierda

Guillem Borrero Pérez

 

Lleva agua potable a casa de Ahmed Rivdan. Eliminar. Ayuda a detener los vertidos tóxicos en el Río Orinoco. Eliminar. ¿Conoces la dramática situación de los refugiados somalíes en Sudán? Eliminar. Ya las ocho y once. No puedo dedicar toda la mañana a borrar SPAM. Hijo de puta, leo en el asunto del mail. Un colega. Lo abro, le doy al link y me lleva a una página buenísima. Aparecen retratos de tipos en éxtasis, y tienes que adivinar si se trata de un baterista o de un actor porno en pleno subidón. Pierdo, qué sé yo, cosa de media hora. Me descojono. Hasta que escucho los pasos de la jefa en el pasillo, cierro la pestaña y abro el DesignPro. Empiezo la jornada a las ocho y cuarenta y tres.

Ahora sé que lo que hacia mi abuelo Bartolo con mi abuela se llama humillación. Lo hacía en público, frente a la paella de los domingos en su casa, y nadie alzaba la voz. Espetaba: cállate, que tú no sabes nada: serás tonta, ¿qué sabrás tú de estas cosas?; estás haciendo el ridículo. Mi abuela callaba y él seguía disertando sobre lo idiota que era todo el mundo. Mis padres dejaban pasar el momento y luego niño, dale un besito al abuelito. Y yo se lo daba con el amor más prístino del que he sido capaz, como si se lo estuviera dando al oso más amoroso del planeta. Mi abuela, como tenía algunos pelos que pinchaban en el bigote, se quedaba sin mi beso y se le llenaban los ojos de lágrimas, y nadie me decía nada. Yo quería muchísimo a mi abuelo.

Cuando siento ardor en los ojos, alzo la vista, me quito las gafas y me froto el puente de la nariz con dos dedos. Y de golpe escucho: diez mil euros en cubatas. Reprimo una risa. ¿Al año? En una noche. El puto amo. Al acto pienso en Lucho, un colega capaz de una hazaña así. O casi: él se gastaría nueve mil novecientos noventa y cuatro, y los seis euros restantes los invertiría en café con leche y churros al día siguiente por la mañana, antes de meterse en la cama. Y luego me viene a la cabeza una historia que me contó en una situación similar, en un bar que acababa de abrir, recién salidos de la discoteca, con dos cafés con leche enfrente y cien de churros en un plato y de fondo la máquina tragaperras. Iba sobre una escuela en El Salvador o Belice o Surinam u otro país africano. Todos los alumnos tenían móviles 3G pero las aulas no tenían bombillas y en los baños no había papel. Una tarde, cuando no había nadie en la escuela salvo el conserje barriendo, hubo una violación. La niña fue expulsada.

Cuando me preguntaban si quería a mi abuela, contestaba no sé. Y si me preguntaban que qué me gustaba de ella: los regalos que me da con el abuelo. ¿Y no te cuenta historias? Es que es tonta, respondía sin perder la sonrisa infantil. Y mi padre me revolvía el pelo o me daba una colleja. A veces no quería ir los domingos con los abuelos, y mi padre decía: los abuelos son muy tradicionales, hijo, se preocupan por la familia. Y yo terminaba viendo el mismo espectáculo de siempre: la cara de terror de mi abuela cuando su marido le clavaba los ojos. Y volvía contento a casa con mi billete de mil pesetas.

Vuelvo a ayuda.com para firmar alguna petición pero ahora la página va muy lenta y acabo cagándome en la puta madre de Mohammed Bidrán o como coño se llame. Me pongo en pie y echo un vistazo alrededor. “¿Quién ha dicho eso?”. Un rayo de sol cae sobre la mesa vecina, vacía. Más allá, dos chicas se alejan, pasan justo delante de un tipo grueso, con una barba muy arregladita y camisa a cuadros, que hace fotocopias y les mira el culo. El resto, concentrados, o aparentando concentración, en la pantalla. Me fijo en Brigid. Está muchísimo más buena de lo que lo estaba cuando me la follé, hace como mil años. Lo pienso y es como si nunca hubiera pasado, como si me hubiera follado a la tipa que trabajaba en ese lugar antes que ella. De hecho es una idea de Palillo y Nando. Como todos se la quieren follar, cuando yo digo que me la follé, ellos contestan que no cuenta. Brigid me mira, y deja de mirarme. ¿La erección ya la tenía antes?

Si mi abuelo detectaba un tenedor un poco sucio gritaba ¿y esta basura? a todo lo que le daba el pecho de eterno fumador, y se lo tiraba por encima. Golpeaba la mesa si llamaban al timbre y mi abuela salía disparada hacia la puerta. Pronunciaba das asco, adecéntate, si le descubría algún pelito asomando en la axila. Y luego reía y seguía preguntándome por la escuela. ¿También la tuya está llena de moros?  Y su risa estentórea llenando el salón. Lo mejor de todo es que mi padre, mi madre, mi hermana y yo también reíamos. ¿Y la abuela? Quién sabe, supongo que en la cocina, lavando a conciencia ese tenedor, yendo a abrir la puerta o rasurándose con esmero el sobaco.

Cómo follarte a un pibón aun siendo feo, tecleo y le doy al enter. Salen muchos más resultados de los esperados. En la primera web aseguran que cualquiera pueda tirarse a la chica que escoja. Me digo que este tipo de webs no las necesitan ellas, porque es obvio. El primer consejo es la seguridad. De acuerdo. Seré seguro. Me acercaré a Brigid y, con seguridad, ¿qué? El segundo consejo es ser divertido. Ahora recuerdo que la primera vez ella no paraba de reírse, aunque no recuerdo haber hecho muchas bromas. Tal vez le entré por ahí. El tercero: no le hagas caso. Un clásico, pero así como clásico, difícil de aplicar. Porque debe de haber una medida, ¿no?

Durante bastante tiempo creí que cuando decía ‘la chacha’ se refería a la abuela, pero no, hablaba de la mujer que les hacía la limpieza. Era sudamericana. No sé cómo se llamaba. Era muy simpática, y aunque el abuelo le daba miedo, ella seguía ahí. La abuela la llamaba ‘chica’. Un domingo puso el grito en el cielo. Dijo que aguantaba lo de tocarle la cola, pero que eso ya era intolerable. ¿Eso? Mi abuelo Bartolo gritó ‘esta puta sudaca nos quiere robar’, y ella se fue llorando y yo no entendí nada. La abuela asintió en silencio y siguió lavando platos. Voy a hacer croquetas, ¿de pollo o de bacalao? Y mi abuelo: te estás haciendo vieja, ¿por qué siempre tienes que hacer la misma puta pregunta? De bacalao.

Otra vez el hijo de puta de Ahmed Rivdan. Eliminar todos, sin filtro. ¿Que me llevo por delante los correos del gestor? Que le den por culo. Brigid se ha reído de mí enfrente de sus compañeras. Estaba haciendo fotocopias, voy, me acerco por detrás, y le digo, con total seguridad: ¿un café? Y ella responde algo que no entiendo y yo pregunto qué, y ella: café. Y venga sus amigas a partirse el culo.

La abuela siempre iba muy bien vestida, peinada, maquillada, y la casa siempre estaba impecable. Para mí, en verdad, todo aquello era lo normal. Nunca aprecié nada de lo que hacía. Solo tengo un vago recuerdo del taconeo sobre el suelo de terrazo, y de fondo el canto de los canarios en la jaula. Era el único gusto que el abuelo Bartolo le daba a la abuela. Casi que solo hablaba de los canarios: dan mucha alegría a la casa. Y el abuelo: esos putos pájaros me van a volver loco. Un día desapareció la jaula con canarios incluidos y a partir de entonces en la casa solo se escuchó la radio por las mañanas y la tele por las tardes.

Digamos que empiezo por lo de ser divertido. Me falta la seguridad. No pasa nada. Las chicas ríen por cualquier cosa. Llega el viernes. Normalmente Brigid viene más arreglada de lo normal. A ver, me digo. Apenas son las ocho. Visto tejanos, americana y una camiseta neutra, pero me he puesto colonia. Me hago el idiota en la planta baja hasta que aparece ella, y efectivamente viene muy guapa. Me meto en el ascensor con ella. Hola. Y la clave consiste en la sonrisa de seguridad, de tío sobrado pero sin suficiencia. Y ella enseguida hola y un segundo después qué rico huele. Le contesto que a mí siempre me ha gustado su perfume. Ríe. En el último piso, sumándome a la risita, le digo que si el de la cita la deja plantada me envíe un mensaje. ¿Quién te ha dicho que tengo una cita? Y yo: es que vas muy guapa.

Cuando caminaban por la calle, la abuela siempre iba cargada con bolsas de plástico. Mi abuelo aceleraba el paso; disfrutaba deteniéndose y con mirada condescendiente hacerle entender que iba muy lenta. Ella igual de arreglada que siempre, pero con la compra. Y mi abuelo: eres más lenta que una tortuga, te estás haciendo vieja. Ella no se inmutaba, dejaba las bolsas un segundo en el suelo, estiraba los dedos de las manos, y volvía a agarrarlas. A las pocas calles de llegar, mi abuelo: bueno, qué, te ayudo que si no, no llegamos.

En efecto, las miraditas vuelan durante toda la mañana. Recuerdo el tercer consejo, así que no le hago ni puto caso. Ella me sigue a la máquina del café, pero en cuanto llega, yo ya tengo mi vaso y regreso a mi lugar poniendo cara de estoy muy ocupado. Vuelve a pasar algo así en el descanso de la comida. Simulo ir al ascensor, ella vuelve a seguirme, y al final tomo las escaleras. Regreso antes que nadie. La oficina tranquila, en esa duermevela que toma el aire cuando es hora de la siesta pero nadie puede tomar la siesta. Se siente. Es como un amodorramiento que predispone al cachondeo o al mal humor. Cuando ella vuelve de comer, yo ya estoy en mi sitio, otra vez aparentando estar concentradísimo en la pantalla. Sé que tiene los ojos clavados en mí. Me quito la americana con teatralidad. Hago un estiramiento de brazos. Y entonces, calculadamente, me giro y la veo justo cuando deja de mirarme. ¿Un cafecito?, grito. Ella se da cuenta de que yo me he dado cuenta de que me estaba mirando. Se da la vuelta con lentitud, esbozando una sonrisa pícara. ¿Ahora sí quieres? Le devuelvo la sonrisa y, por supuesto, la invito al café. Vamos a la terraza desde la que se aprecia una vista espectacular de la ciudad y hablamos como media hora de lo que hemos hecho durante el último medio año. Me invento un posgrado que me tiene ocupadísimo y una relación complicada de la que estoy harto. Por la tarde, antes de que den las siete, hora a la que salimos, me llega un whats suyo. De reojo, veo su silueta en la mesa, haciendo como que trabaja. ¿Una kopa?, leo antes de que se apague la pantalla. Me quedo quieto. Su móvil no ha detectado que he leído el mensaje. Ella se pone en pie ―me la imagino nerviosa, temiendo un no―, va hacia la fotocopiadora. Como está de espaldas, aprovecho para coger mis cosas en silencio e irme. Por la noche, como a las dos de la mañana, leo oficialmente su mensaje y le digo usando muchos signos de exclamación y caritas tristes que no he podido leer su mensaje pero que me hubiera encantado. Añado que los veinte euros que me he gastado en lo que llevo de noche los habría invertido con gusto en llevarla a cenar.

Toda la familia sabía que mi abuelo Bartolo tenía una amante. Y no era una muchacha. Era una mujer solo un poco menor que él, que la abuela. Era tan exótica y exuberante que mi abuelo hacía el ridículo a su lado. Y eso lo hacía peor, aunque yo nunca me pregunté nada. Para mí era lo normal. Como si fuera musulmán o algo así. Mi abuelo era muy descarado. La abuela cogía las llamadas de la otra, y le decía “espera” y gritaba “Bartolo, preguntan por ti”. Más de una vez y de cuatro eso sucedió cuando yo estaba en el sofá con un tazón de chococrispis con leche viendo dibujos animados. Mi abuelo salía del estudio, agarraba el teléfono decía quita y luego un lugar, una hora.

El sábado por la noche cae seguro, me digo. Espero a que ella me conteste el mensaje. Lo hace tan tarde, como a las cuatro, que tengo la certeza de que se ha esperado a propósito. Quiere mambo, vuelvo a pensar. Contesto que estoy en el hospital, con mi abuela, pongo carita triste y ya. Ella se preocupa. Le digo que cuando salga la aviso para ver si podemos hacer algo. A las ocho, arriesgando, lo sé, digo todo bien, todo bien, ¿un shawarma?, te invito y emoticón de estoy tirando la casa por la ventana, cara feliz. Ella entiende la broma, me sigue el rollo diciendo que oi noche loka, cara feliz, cara de niña traviesa. Y yo especifico un lugar, una hora, y ya. Cuando ella contesta que le parese bien, añade algo sobre la ilución que le hase, y algo más donde creo ver algún emoticono con corazoncitos saliendo de la boca, y yo no contesto. Me froto las manos.

Mi abuela callaba y seguía planchándole las camisas y pantalones que se ponía con la otra. De repente él se sentía muy juvenil y yo qué sé, aparecía con una rosa engarzada en el bolsillo de la camisa, con los dientes brillantes y bien repeinado. Papá…, le decía mi padre, y él le devolvía una mirada que significaba: al fin un divertimento para este vejestorio, es que tu madre me va a matar de aburrimiento. Creo que algún día de esos la abuela no se arregló, se quedó en bata todo el día, no fregó el suelo ni hizo la comida, y el abuelo, que a pesar de la edad era un hombre con fuerza, le partió un labio. Y los vecinos al día siguiente, cuando fuimos a comer: ¿está bien don Bartolo? Ayer se le veía muy afectado.

Zorra de mierda. Después del shawarma y dos cervezas, más exactamente, después de haberle pagado el shawarma, dos cervezas, y un cubata en un bar cercano donde casi le doy un pico, dice que una amiga suya tiene el corazón roto y que tiene que ir a consolarla. En mi cabeza: que la consuele su puta madre. Pero sonrío, pensando que ella está jugando, y que con esa sonrisa le doy a entender que quiero jugar. Media hora más tarde espero al bus nocturno con una erección que no quiere bajar, y en compañía de dos sudamericanos que miran no sé qué coño de videos de reggaetón en el móvil a un volumen increíble para el tamaño del aparato. Al rato comprendo: llevan altavoces. O sea, salen por ahí con altavoces para que todo el mundo se entere de la mierda de música que escuchan.

¿Y la señora de dónde era? Cubana. Cuando un día la vi, toda enjoyada, llorando por él, al instante pensé que mi abuelo era el mejor. Lo visualicé con esa exótica mujer que a pesar de la edad era tan atractiva, y me dije así quiero ser yo de viejo. Poco antes había empezado a ser habitual el ver a la abuela llorando de escondidas: en la cocina, en la habitación de los canarios, que era donde planchaba, en el balcón, entre geranios. Por la época en que los insultos que mi abuelo dirigía a mi abuela comenzaron a disgustarme, a hacerme sentir que algo no estaba bien en eso, se murió de un ataque al corazón. Tendría como trece años. Fue muy fuerte, incluso para mí. La diñó estando con la otra, haciendo vete tú a saber qué. Llamó desde el hospital a mi madre. Ni siquiera se atrevió a llamar a mi padre, o a mi abuela. Y ahí fue cuando la vi, en el entierro, de negro, enjoyada, muy elegante, y rota por el llanto. Pensé que la ropa que llevaba la había pagado mi abuelo. Y mi abuela también llorando como si aquello fuera una competición de tristeza, como si acabaran de arrebatarle a su príncipe azul. A partir de entonces ella fue perdiendo toda su vitalidad. Hasta que murió, decía mi padre, de pena.

Al día siguiente despierto con una resaca descomunal, como si me hubiera pasado la noche bebiendo. Tengo sed y hambre pero siento el estómago fatal. Me amorro al grifo y de golpe recuerdo los mensajes que le envié desde el bus nocturno. Que si puta, que si calientapollas, que si gorda, que si panchita de mierda. Y es que tengo razón. ¿Se cree muy guapa o qué? No az cambiado, leo. De qué hablas. Erez el mizmo pendejo. ¿Aún te molesta lo de las fotos? A mis colegas les encantaron. ¿Sabes que a partir de ese día empecé a hacer ejercicio? Qué hablas. Gracias. Qué hablas. Perdedor. Cuando se lo cuente a Lucho seguro que me va a decir que si me quiero follar pibones que le pida consejo a él. Y yo le responderé: ¿cuándo ya haya salido el sol y nos estemos comiendo los churros, por no decir los mocos, o justo antes de pagar la primera ronda de chupitos a cinco pavos cada uno a tres desconocidas?


Sobre el autor

Guillem Borrero Pérez, Barcelona, 1987, estudió Psicología en la UB y luego se mudó a México. Trabaja como profesor de castellano, colabora reseñando libros en la revista Lee/Algo y ha publicado el cuento ‘El malabarista” y “Faltas de ortografía” en Letralia, revista digital de literatura. Ha escrito tres libros de cuentos (El espectáculo del fin del mundo, 2016; Motivos para mirar por la ventana, 2017; y Cuando amaine, 2017) y tres novelas (Todavía es pronto, 2010; No se puede ser joven, 2011; La rosa del desierto, 2017).

Mantiene el blog fragmentosdeunadecada.wordpress.com

 

 

 

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.