Sitges 2018: “Lazzaro felice” (Alice Rohrwacher), “The House That Jack Built” (Lars Von Trier), “Clímax” (Gaspar Noé)

 

Por Jordi Campeny.

Uno de los momentos más memorables de este Sitges 2018 tuvo lugar nada más empezar el certamen, con el discurso de la actriz Tilda Swinton, tras serle concedido el Gran Premio Honorífico. Consiguió emocionar a todo el Auditori al revelar que su padre había fallecido aquella misma mañana. Que había pasado con él la última semana y, mientras le miraba irse poco a poco, se preguntaba cuáles serían sus sueños. También confesó que hasta el día anterior dudaba si acudir a la entrega del premio, por si fallecía mientras ella se encontraba ausente. Pero su padre partió justo a tiempo, según sus propias palabras. Dudó si coger o no el avión. Pero acabó pensando que debía hacerlo, puesto que éste es el festival de la fantasía, este territorio hecho de sueños del que su padre ya formaba parte. El material de que están hechos los sueños. Soñar a través del cine y la fantasía. El maravilloso discurso de Swinton, y la proyección de la película que vino a presentar y que inauguró el Festival, Suspiria, dieron el pistoletazo de salida a este Sitges 2018. Un año intensísimo, difícil de olvidar. Tilda Swinton, M. Night Shyamalan, Ed Harris, Nicolas Cage, John Carpenter, Álex de la Iglesia, tantísimos otros. Un palmarés que recoge los sueños blancos y celestiales (Lazzaro felice) y las más truculentas pesadillas (Clímax). El año de Under the Silver Lake, Mandy y de la polémica de Wismichu y su falsa película Bocadillo; el año de tributo a Stanley Kubrick y su 2001, el año del resurgimiento de Michael Myers y del concierto de su padre, John Carpenter; el año de la nueva Suspiria, de Luca Guadagnino, remake libre, hermoso, empoderado y desaforado del clásico de Dario Argento. Un año de experiencias lisérgicas e intensas, apabullantes y cínicas, excelsas y macabras. De puñetazos en el estómago (de nuevo, Clímax) a caricias balsámicas que se quedan en la piel (de nuevo, Lazzaro felice). Y, entre una y otra, cine infinito.

 

Lazzaro felice (Alice Rohrwacher)

El bálsamo del festival, la más grata sorpresa, la joya más reluciente vino de la mano de la directora italiana Alice Rohrwacher y su maravillosa, imperdible Lazzaro felice. Galardonada en el certamen con el Premio Especial del Jurado y el Premio de la Crítica, la película es una suerte de fábula mágica, sobrenatural y moral, sobre la (im)posibilidad de mantener la inocencia cuando la realidad circundante –corrupta, abrasiva y humillante– te acecha, oprime y ahoga.

Con una primera parte de aroma naturalista, que evoca los mejores retablos neorrealistas del cine italiano –Visconti y su monumental Rocco y sus hermanos, Vittorio De Sica, por poner sólo dos ejemplos– y una segunda que vira hacia un realismo mágico de corte pasoliniano, y toda ella con ecos del Buñuel de Los olvidados, la película consigue un resultado paradójico: creer que el espectador asiste a algo nuevo y milagroso, a pesar de ser consciente de que la película es heredera de las múltiples referencias que alberga. Rohrwacher, con infinita sutileza y levedad, arroja los eternos sometidos del sistema a nuestros ojos en una película que es –también– una bellísima alegoría sobre la amistad, a la vez que una crítica social feroz y despiadada.

La mugre, el servilismo y la humillación que parecen ahogar al mundo en estiércol desde la noche de los tiempos dejan algún resquicio, muy de vez en cuando, a auténticos seres de luz, puros e incorruptibles, que nos hacen albergar fugaces esperanzas de que quizás no todo está perdido. Lazzaro es uno de estos seres. La mirada cristalina y la imperturbable sonrisa del actor Adriano Tardiolo contienen toda la bondad que aún aletea por el mundo. Fuera de él, sólo quedan los restos de una sociedad enferma y derrotada; un páramo yermo. Y lobos.

 

The House That Jack Built (Lars Von Trier)

La última propuesta del director danés Lars Von Trier puede que sirva para ratificar su deidad entre los parroquianos y el más profundo rechazo entre sus acérrimos detractores. O puede que no. Seguro que ratifica su deidad entre los suyos, pero puede que acerque a un sector de sus detractores. Me explico: Lars se explica. Se justifica, se abre en canal en un engolado y abrumador ejercicio autorreferencial, para acabar reafirmándose, subrayándose y volviéndose a colocar en el olimpo de elegidos en el que cree pertenecer.

The House That Jack Built tiene la apariencia de thriller y nos muestra las hazañas de Jack –un aterrador, pletórico Matt Dillon–, un sádico asesino en serie que perpetra sus atroces asesinatos durante la década de los setenta en Estados Unidos y va coleccionando sus cuerpos en una cámara frigorífica. La historia se vive desde el punto de vista de su protagonista, quien tiene la absoluta convicción que cada uno de sus abyectos asesinatos constituye una sublime obra de arte.

En algo más de dos horas y media, el eterno provocador Von Trier, situado en una galaxia creativa que trasciende cualquier valoración mundana, elucubra sobre su universo –en particular– y el arte –en general– a través de la mirada del perturbado asesino en serie que habita la película. Jack/Lars teoriza sobre cada asesinato/película/obra de arte, admite y –casi– se disculpa por sus habituales pasotes para, acto seguido, reafirmarse en ellos y llevarlos aún más lejos si cabe.

Más teórico y reflexivo que nunca, y atravesado por un negrísimo sentido del humor, Von Trier ofrece una película-ensayo en cinco capítulos/incidentes y un solemne epílogo –marca de la casa– que desciende, literalmente, a los infiernos de Dante. Compendio de toda su obra y autopsia de su universo obsesivo, The House That Jack Built requiere de una digestión y metabolización lentas. Es un trabajo de largo recorrido, una suerte de estación de llegada. Es perversamente juguetona, desbordante y magistral.

 

Clímax (Gaspar Noé)

La flamante ganadora del festival de este año es la nueva criatura del eterno énfant terrible del cine francés, Gaspar Noé. En esta ocasión, el director propone una experiencia inmersiva a través de un mal viaje de LSD. Compuesta de unos virtuosos y alargadísimos planos secuencia, y de un contundente repertorio techno, Noé nos sumerge en una pesadilla asfixiante, lisérgica, psicótica…y radicalmente vacía. Una vez más, su director consigue dividir a la audiencia y, es justo reconocerlo, que ésta elucubre sobre cuáles son los cometidos del cine, si es que éste debe de tener alguno.

Clímax, ya estrenada en salas, es una experiencia angustiante; su director consigue abocarnos a ella a través de un inmejorable manejo de los elementos del medio: creativos y arriesgadísimos movimientos de cámara, envolvente banda sonora y una iluminación multicolor y pesadillesca. Unos actores desbocados y convulsionados hacen el resto. Pero, ¿hay algo por debajo de este envoltorio de lujo? ¿No es Clímax un contundente pero onanista ejercicio de estilo al servicio de la nada? ¿Puede un trabajo cinematográfico sustentarse casi exclusivamente en la provocación y estar desprovisto del más mínimo atisbo de narrativa? ¿Puede el cine ser únicamente forma, aunque ésta provoque sensaciones en el receptor? ¿No es Clímax una mera concatenación de buenas coreografías y golpes bajos? Es incuestionable que Noé ha compuesto un extraordinario videoclip de 97 minutos, orgiástico y macabro, pero, ¿ha hecho una buena película?

 

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