Los libros de la isla desierta: ‘Olvidado rey Gudú’, de Ana María Matute

ÓSCAR HERNÁNDEZ CAMPANO. TW: @oscarhercam

Escribo estas líneas mientras escucho la banda sonora de esa maravilla que se llama Amelie. Creo que no he dado con mejor acompañamiento para honrar —más que escribir sobre— a una escritora a la que desde ahora, debo mucho. Pienso que haber desarrollado una carrera literaria extensa, variada, ubérrima y mágica es un mérito excepcional para alguien de la talla literaria —y sospecho que humana— de Ana María Matute.

Olvidado Rey Gudú fue la obra que rescató a esta narradora, precisamente, del olvido. Después de haber ganado premios como el Nadal y el Planeta en los años 50, su carrera, con momentos de ausencias de apenas un lustro, sufrió un parón que se alargó casi dos décadas desde mediados de los 70. La depresión la alejó de la vida y, por ende, de la escritura. Fue a mediados de los 90 cuando, gracias al empuje de su agente, Carmen Balcells, Ana María Matute se puso manos a la obra y concluyó una novela que la devolvió a la primera línea editorial, a los lectores y a la crítica. A partir de ahí, su obra siguió creciendo y los premios y reconocimientos se sucedieron, alcanzando la cima hispánica con el premio Cervantes en 2010. Falleció Ana María Matute cuatro años después, dejando inacabada, como lo es la vida de todos y cada uno, una novela titulada Demonios familiares.

Su obra está impregnada de dolor porque, como ella decía, a la literatura se llega por el dolor. Ya lo afirmó Tolstoi cuando dijo que las familias desgraciadas los son cada una a su manera. Y la Matute fue como el príncipe Siddhartha —futuro Buda—, que no conoció la desgracia hasta que la contempló toda de golpe al estallar la Guerra Civil. Y aquel dolor se le quedó muy dentro. Sin embargo, conservó a la niña que fue durante toda la vida. Y de esa visión inocente y caleidoscópica surgió una escritora sensible, lírica, rotunda, sabia, de una imaginación desbordante y con un dominio del lenguaje apabullante.

Olvidado Rey Gudú (1996) es una novela extensa que se hace corta. La historia de la dinastía de Olar (reino medieval imaginario) nos regala un mundo en el que las pasiones, los miedos, las ambiciones y el amor rigen las vidas de varias generaciones de gobernantes. La magia, en el sentido de fantasía y presencia de seres sobrenaturales, es parte de este mundo donde, no obstante, podemos ver reflejado cualquier estado, comunidad o familia que se nos antoje. El conde Olar funda el reino del mismo nombre y batallará por extender sus fronteras. Lo mismo hará su hijo Sikrosio y el hijo de este, Volodioso, conquistando tierras y sometiendo pueblos. La única superviviente de la familia real del reino de Ansolino —anexionado por Volodioso—, una niña de ojos avispados, astuta y fuerte, llamada Ardid, con la ayuda de un viejo hechicero y de una criatura del subsuelo, el Trasgo del Sur, jurará venganza y marcará el destino del reino de Olar, ya que, y para no contar nada que desvele la trama de la novela, ella será la madre de Gudú.

La novela, repleta de aventuras, reflexiones, poesía y enseñanzas, es también un inmenso catálogo de personajes inolvidables como el delicioso Almíbar, el noble Predilecto, la extraordinaria Tontina, su protector Once y los niños de su corte, el tierno Contrahecho, el valiente Yahek, el iluso Lisio, la fabulosa Leonia, la desdichada Gudulina, los insufribles Soeces, la triste Ondina, el pobrecito Gudulín, la aviesa Urdska, y tantos otros personajes inolvidables que pueblan sus páginas y su mundo. Olar, el país de los Desdichados, las misteriosas Estepas, la extraña isla de Leonia, el lago de las Desapariciones o el Oeste, del cual sólo puede venir el Olvido, son lugares que Ana María Matute imaginó para contarnos muchas historias que no se ven en el libro, pero que están ahí.

Después de cerca de 900 páginas, uno siente un vacío enorme, una emoción difícil de contener y unas ganas enormes de regresar al principio para saborear otra vez cada renglón, cada descripción, cada lección que nos dejó la autora catalana. Olvidado Rey Gudú nos da, por encima de todas, una lección que afirma que sólo los niños pueden ser totalmente felices. Después, el Olvido. Esta novela tiene reservado un lugar especial en la isla desierta, donde cabalgaré de nuevo por tierras del reino de Olar.

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