La grafía del raigón cultural: la escritura cuneiforme

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Por Tamara Iglesias

Pinturas y grabados rupestres, sistemas pictográficos egipcios, marcas rituales de las tribus amazónicas… el ser humano ha transitado el impertérrito camino de la Historia acompañado siempre por su necesidad de transmitir la realidad individual y subjetiva de su tiempo, casi en un mudo intento por vencer al olvido. Pero todo documento representativo contiene un significado a menudo dependiente de la concepción interpretativa o hermenéutica, motivo por el que la aparición de la escritura constituyó el gran cambio en el lustre ecuánime de la contabilidad, la administración o las rutas comerciales.

La escritura cuneiforme, forma más temprana de expresión textual documentada en restos arqueológicos, se origina a finales del cuarto milenio a. C. como un sistema ideográfico que sería simplificado paulatinamente hasta las abstractas composiciones arcaicas estructuradoras del acadio, el hitita o el persa, lenguas que (como veremos en las próximas líneas) resultan deudoras de la institución sumeria.

Detalle del cálamo y su característica grafía

El primer brote de este bagaje transmisor germinó en Uruk (ciudad comercial situada en la ribera oriental del río Éufrates) entre los años 3400 a.C. y el 3100 a.C. cuando los registros mercantiles de la urbe llegaron a semejante estado de prosperidad que se hizo forzoso el registro físico de las transacciones mercantiles. Los primeros trazos en tablillas de barro sin cocción fueron realizados con un cálamo de punta cúnica al que debemos la denominación de “cuneiforme”, y aludieron a diseños antropónimos de las mercancías dispuestas junto a un numeral que indicaba la cantidad liquidada o provista para cada vendedor; una copia de estos cálculos mensuales recaía en las manos de un valido del regente que gestionaba los gravámenes de manera particular y personalizada a la situación de bienandanza de cada minorista. A este título resulta interesante comentar que para evitar la malversación o permutación de las operaciones originales (para lo que sólo era necesaria un poco de agua) en favor de un mejor trato, los mercaderes estaban obligados a mantener a disposición del dilecto gubernamental las tablillas diarias de estas mismas cuentas (que eran cocidas cada noche de trabajo); en caso de que tras una comparativa los resultados no resultaran coincidentes, el castigo era una multa que duplicaba o incluso triplicaba la contribución original, lo que disuadía a muchos consignatarios de falsificar sus datos administrativos.

La escasez de tiempo material de los comerciantes entre venta y venta, derivó en una descomposición de este sistema hasta obtener unidades silábicas (en total 900 que terminaron reducidas a 50) que facilitaron la creación de conjuntos fonéticos (palabras) estructurados en columnas; de este modo, se les otorgaba un significado global sin caer en interpretaciones que a menudo podían abarcar un gran campo semántico. Esta maniobra de progresión facilitó su posterior desarrollo por parte de diversos pueblos como los hurritas o los acadios, e incluso sirvió como base para la configuración de cincuenta lenguas diversas a lo largo del periodo más vetusto de la civilización sumeria.

Grabado en madera que representa la magnitud de la inscripción de Behistún

Por supuesto debemos establecer una interrelación entre la escritura grabada y los sellos (marcas realizadas sobre bolas de arcilla que servían como legitimador de que lo adscrito a la tabla era verídico) empleados siempre bajo la responsabilidad de determinados apoderados oficiales e institucionalizados en aquellas tablas donde se registraban datos comerciales referentes a relaciones pecuniarias entre comunidades externas a las fronteras del reino (o lo que es lo mismo, las rutas comerciales). Precisamente serían estas plicas primitivas las que ayudarían a la reproducción e interpretación de piezas tan relevantes como la inscripción de Behistún, un relieve de 15 metros de alto por 25 de largo que erigió el rey Darío I el persa (a unos 100 metros sobre el suelo en la actual Irán) entre el 522 a.C. y el 486 a.C. para conmemorar las hazañas previas a su entronización como regente aqueménida. Estiladas en persa antiguo, babilonio y elamita, los caracteres compartían muchas similitudes con los sellos que habían obsesionado a Georg Gotefrend, un filólogo alemán que llevaba desde los 27 años comprometido con la interpretación de la grafía sumeria; su pericia y hallazgos facilitarían el camino a Henry Rawlinson (soldado y diplomático inglés) quien ha pasado a la posteridad como el transcriptor y traductor de este gigantesco epígrafe cuando historiográficamente hablando podríamos decir que únicamente se nutrió de la previa labor ajena. Independientemente de la honestidad de sus operaciones de investigación, debemos reconocer que mediante estos escrutinios cotidianos (favorecidos por el gobernador general de Kandahar) y su acceso a los descubrimientos de Gotefrend, se demostró que el sistema cuneiforme había inspirado la conformación o perfeccionamiento de las lenguas ignotas, el acadio de Sargón I (2300 a.C.), el fenicio (donde se establecieron solo 22 consonantes) y hasta el griego (que añadiría las vocales al prototipo fenicio alrededor del 800 a.C.).

Tras las conquistas de Alejandro Magno en Asia entre los años 333 y 323 a.C., la escritura cuneiforme perdió su antigua reciedumbre y dejó pasó a la incursión de la alfabética aramea o caldea, mucho más cómoda debido a que reducía sus signos fonéticos a una treintena.

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