EL ESCRITOR Y SU CURIOSIDAD (10)

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                                   Los síndromes asociados a personajes literarios

 

La lectura aumenta el conocimiento, estimula la imaginación, nos transforma. Es un vehículo ideal para la enseñanza y la educación, nos permite viajar a los lugares más remotos, nos anima a vivir  vidas de unos y de otros que podemos hacer nuestras o las rechazar. Leer es un gran placer. Hay quien dice que somos lo que leemos. Amamos los personajes que pueblan nuestras lecturas desde la niñez; personajes complejos, agradables, odiosos, aventureros…

La literatura nos ha dejado personajes  que han pasado a la posteridad y todo el mundo identifica sin problemas. Un niño que no quiere crecer, una niña que viaja a un mundo donde la comida la hace crecer y menguar, una princesa con el cabello tan largo que un príncipe es capaz de utilizarlo para subir hasta lo más alto de la más alta torre donde ella está atrapada… Supongo que no hace falta que diga el nombre de los personajes que he descrito; todos los conocéis de sobra.

Sin embargo, no todo es tan bonito como los cuentos de hadas. En la vida real, parecerse a Peter Pan, a Alicia o a Rapunzel puede ser considerado como una enfermedad o, cuando menos, un síndrome bastante preocupante. Algunos de estos síndromes ya están integrados en las patologías médicas, pero todos tienen en común la desgracia de hacer muy dura la vida del que los padece, de convertirla en un auténtico calvario.

Muchos de ellos han trascendido de los libros, y expertos y psicólogos los han utilizado para definir síndromes que compartan síntomas similares con personas de la vida real. Los personajes  salen de la imaginación de los autores  para asentarse en el día a día. Ficción y realidad, de nuevo en el mismo puño. Veamos algunos ejemplos.

Huckleberry Finn, el personaje de Mark Twain, se caracteriza por la tendencia a eludir responsabilidades como niño. Los adultos que lo sufren este síndrome cambian con frecuencia de trabajo cuando son adultos, aunque en los tiempos que corren, en los que la norma es el part-time y da gracias, no creo que sea el más adecuado para sacarlo a colación. ¿O, si? Si los puestos de trabajo son en su inmensa mayoría a tiempo parcial los psicólogos van a tener muy complicado descubrir a los pacientes del síndrome.

El síndrome de Otelo es otro de los más conocidos por sus celos patológicos, un trastorno caracterizado por una desconfianza absoluta en su pareja. El protagonista de la obra, Otelo, de William Shakespeare, está convencido de que Desdémona le es infiel hasta el extremo de matarla. Quienes sufren estos delirios celotípicos son personas desconfiadas, inseguras, con problemas de comunicación e inmadurez emocional. En algunos casos se asocia al alcoholismo y a los desórdenes neurológicos.

Pollyanna es la protagonista de una novela de corte juvenil que escribió la norteamericana Eleanor Porter a principios del pasado siglo y que idealizaba las situaciones y experiencias, solo viendo el lado bueno de las cosas. Un optimismo enfermizo que estaba reñido con la realidad de cada día. El problema es que la realidad no es solo una y depende de la posición que ocupas, de tu ideología, de tu sentido humanitario. Hoy en día lo vemos en el campo de la política, donde unos partidos de carácter más autoritario acusan de buenismo a quien no aplican la mano dura que ellos preconizan.

Otro de los síndromes más conocidos es el de Alicia en el país de las maravillas. Quienes sufren este trastorno perciben distorsiones en la imagen corporal y se ven –se sienten- más grandes o más pequeños. De la misma forma notan alteraciones del tamaño y la forma de los objetos, tienen ilusiones visuales múltiples o de pérdida del color, no reconocen los rostros… Hay quien dice que Lewis Carroll pudo sufrir este trastorno y que lo reflejó en su obra como quien relata un sueño o una pesadilla.

Bovarismo, o síndrome Madame Bovary, la gran novela de Gustave Flaubert. Emma, la protagonista, vive en un estado de frustración e insatisfacción continua, atrapada entre sus aspiraciones y sus fantasías frente a una realidad que nunca le parece suficiente. La eterna insatisfacción es el rasgo definitorio de este síndrome que describió el filósofo francés Jules de Gaultier y que nos muestra los desajustes entre ilusiones y realidades, la dificultad de llevar a buen puerto lo soñado y que, en ocasiones, acaba en una depresión.

Quizás, el síndrome más conocido sea el de Peter Pan, el niño que se negaba a ser adulto y se pasaba el tiempo jugando a no crecer. Es fácil inferir que las personas aquejadas de este síndrome son inmaduras y poco propensas a afrontar las responsabilidades ante el estudio, el trabajo, la pareja o la sociedad en un sentido más general. Vive en el país de Nunca Jamás en el que todo son aventuras, juegos e infancia eterna. Un comportamiento infantil que se traduce en egoísmo y a veces deriva hacia una personalidad narcisista. Dicen que es más frecuente en varones, quienes sufren de ansiedad y tristeza al no saber asumir sus responsabilidades como adulto. En ocasiones, puede derivar en una baja autoestima.

 

Antonio Tejedor Gracía

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