‘La casa de los lamentos’, de Helen Garner

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La casa de los lamentos

Helen Garner

Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

“Ay, Dios, que sea un accidente.”
La frase la suelta, sin rubor, Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) al principio de su obra maestra La casa de los suspiros. La situación es muy comprometida y se propone llegar con la crónica allí donde no pueden llegar los jurados ni el sistema al que están sometidos. La misión de los miembros del jurado será tomar una decisión ateniéndose a las pruebas, sin que les deba importar las consecuencias para el reo. La de Helen Garner es una disquisición ética, pues en ningún momento, y en contra de lo que cree la mayoría, acepta que un padre haya asesinado a sus tres hijos. La situación es comprometida: un coche que se hunde en una balsa de agua de siete metros de profundidad, por la noche, y del que consigue escapar el padre, abandonando a sus hijos a la suerte de las aguas. Se supone que el periodista debería ser imparcial, pero una mujer como Helen Garner, que siempre se ha identificado con los miserables, con los humillados y ofendidos, quiere poner su deseo por delante de la realidad. Al fin y al cabo, ha cumplido sesenta años hace un tiempo y se ha asegurado, a lo largo de su carrera, de tener bien amortizada la credibilidad, incluida la del cronista. El desafío de la objetividad ha quedado al margen, como una experiencia innecesaria, como un trámite absurdo. Lo que importa es que el relato contenga un trozo de vida, por mucho malestar que eso le provoque, y que provoque también al lector. La vejez le está sentando bien, colocando arrugas minúsculas en un rostro de labios finos que sabe sonreír.
Durante mucho tiempo seguirá el caso en los medios y en los juzgados, presentándose con rigor hasta el fallo del tribunal de apelación. “Con frecuencia, durante los siete años siguientes, me arrepentiría de no haberles rezado aquel día y haber seguido mi camino”. Pero el miedo confeso es demasiado extenso, es un miedo a la tristeza, tal vez el miedo más arrogante y oxidado al que nos enfrentamos cada día. La sensación que tenemos al leer esta larga crónica es que Garner siempre tiene presente, en su imaginación y en su memoria, la Oda a la inmortalidad de William Wordsworth:Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba, / de la gloria en las flores,/ no debemos afligirnos / porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo…
En un momento en que un miembro del jurado decide abandonar su función, confiesa que sintió pena por él: “Desde su anhelo del factor humano, limitado como estaba a la más restringida versión de las pruebas, debió de sentirse superado por la curiosidad. Como sus compañeros, como nosotras, se esforzaba por construir una identidad y un lugar significativo para cada persona implicada en la misteriosa trama de la historia”. Será ese “factor humano” lo que la lleve a seguir con ansia, sobre todo, las intervenciones del abogado defensor, un auténtico gato panza arriba, un hombre que debe olvidarse de cualquier esplendor en la hierba para intentar forjar un futuro alejado de la cadena perpetua a su cliente. Alguien que, como ella, se cuestiona el sistema jurídico, que es tanto como cuestionarse la justicia de esta sociedad que hemos construido, tan llena de deformaciones, tan irreal si uno es capaz de saltarse las normas de la conciencia, que son una imposición de reglas de convivencia, con frecuencia carentes de moral. Apela Garner a la empatía, una y otra vez, frente a la contundencia de las pruebas y los testimonios. Construye un libro sobre las emociones, en el que a ella solo le cabe especular, en el que confiesa que le faltan demasiadas piezas y no comprende que quienes se sientan en los distintos banquillos del jurado no sientan idéntica agitación: “me embargaba un sentimiento para el que no tenía nombre, aunque, por extraño que parezca, se parecía a la vergüenza”, llega a pensar tras un intercambio de opiniones con la joven que la acompaña a lo largo del primer juicio. Su compañera está convencida de que desde el primer día los periodistas, también al servicio del sistema, tomaron partido, de que no es necesario el juicio, pues ya están servidos los inamovibles prejuicios: “Tienen que trabajar muy rápido”, la responde, “quizás por eso toman partido tan pronto. Nosotras somos diletantes. Tenemos tiempo para darle vueltas”. Y de nuevo nos enfrentamos a lo peor de nosotros mismos, que es el exceso de conciencia de estar hechos de tiempo, una materia deleznable.
“Tranquilízate”. Se repite en alguna ocasión, y luego necesita poner las cosas en orden, saber cuál es su sitio para no caer en la tentación de la derrota, pues ese es el tema del libro: “Yo no era miembro del jurado. No había hecho ningún juramento. Solo era una observadora. Nadie me iba a pedir que alterase mi vida. Si estar ahí sentada se volvía insoportable, podía guardar el cuaderno y el bolígrafo, dirigirme a la puerta y regresar corriendo al mundo exterior, donde era primavera, donde brillaba el sol y ya despuntaban las pálidas hojitas verdes de los plátanos de Lonsdale Street”. La situación la lleva a preguntarse por los sueños que deben tener cada uno de los que participan en activo en el juicio. Si a ella se los están robando, no concibe cómo son capaces de dormir. Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

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