Living with the lights on: cómo transformar la tragedia personal en una función brillante

Por Ana Riera

La vida, a veces, nos pone a prueba de forma descarnada y brutal. Eso es lo que le pasó precisamente al actor Mark Lockyer. Se encontraba en un momento dulce de su carrera. Estaba trabajando con la Royal Shakespeare Company en Stratford haciendo el papel de Mercucio, el amigo y confidente de Romeo. Sus compañeros le querían y le apreciaban. Tenía una novia que lo amaba. Y de repente todo se fue al traste.

Había salido a dar un paseo por el campo. Quería despejarse, tratar de poner en orden sus ideas, porque desde hacia algunos días sentía que no podía seguir actuando, que no iba a ser capaz de recordar su texto. Y allí sentado en la orilla del río Avon, mientras contemplaba la luz del atardecer, se presentó ante él el diablo en persona. En realidad, estaba sufriendo un trastorno bipolar, solo que no lo sabía. A partir de ese momento, su comportamiento se volvió completamente errático. Se salió por completo del guion y su vida se convirtió en un infierno.

Finalmente, tras todas las peripecias que cuenta en la obra con humor y sobre todo con mucha verdad, fue correctamente diagnosticado y recibió la ayuda médica que precisaba. Le llevó tres largos años recuperarse. Cuando por fin lo logró, decidió escribir este monólogo que narra su caída a los infiernos y su posterior viaje hacia la recuperación. Porque gracias a su férrea voluntad, gracias a ser una buena persona y a que se topó con un par de personas que supieron ver más allá de la enfermedad y le tendieron la mano, la historia de Mark es una historia de superación y de victoria. Y el título de su peripecia convertida en espectáculo, muy significativo: Living with the lights on (Viviendo con las luces encendidas).

La experiencia vivida ha sido muy dura, pero gracias a ella es quien es ahora. Se sabe honesto y eso le permite tomarse algunas libertades. Por eso está en la sala mientras entra el público y se para a hablar con él antes de empezar la representación. Por eso también invita al personal a tomarse una taza de té y una galleta antes de comenzar, como quien invita a unos amigos y los agasaja para que se sientan como en casa. Quiere que estén cómodos y relajados, para que estén receptivos y tengan clemencia con él. En realidad, aunque es de agradecer, no haría falta. Porque es tal su sinceridad en escena, su honestidad al mostrar su historia, sin esconderse ningún as en la manga, sin tratar de justificar o victimizarse, que el público cae rendido a sus pies. No solo le perdona el dañino comportamiento hacia algunas personas, sino que aplaude su historia de superación, su valentía extrema. Por si todo eso fuera poco, es un tío simpático y carismático, que sigue lidiando con la enfermedad, pero que ha salido del proceso fortalecido y mejor persona.

La obra es en inglés, salvo la bienvenida inicial, que lee de una cuartilla en un generoso y sincero esfuerzo por conectar con el público. Los sobretítulos que lo acompañan son realmente buenos y fidedignos. En cuanto a la escenografía puede parecer inexistente, pero no es así. Los focos desordenados por el suelo y el andamio colocado en una esquina no son casuales. Reflejan a la perfección el estado caótico del personaje y a la vez nos permiten concentrarnos en lo esencial: su historia. El montaje original fue dirigido por Ramin Gray y la reposición que ha recalado en el Teatro Español, por Alice Malin.

Sin duda, una experiencia memorable e imprescindible que solo ha estado unos pocos días en cartel, pero que, dado el éxito obtenido, espero que vuelva muy pronto.

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Maestría de un hombre de teatro

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