La noche sin memoria de Jordi Ledesma, por Guillermo Gutiérrez

La noche sin memoria. Jordi Ledesma

Me cito con Jordi Ledesma en uno de nuestros bares/librería favoritos, Vergüenza Ajena para hablar de su última novela: La noche sin memoria. Los dos llegamos un poco antes de la hora, el bar aún no está abierto y empezamos la conversación en un banco.

Enseguida nos presentamos y la conversación comienza a girar por todo tipo de derroteros, razón de más para que empiece felicitándole con admiración cuando nos sirven los cafés y entre risas me confirma que ha conseguido escribir la novela que quería, que cualquiera que escriba sabe lo fácil que es irse por las ramas, como estoy haciendo yo ahora mismo.

La noche sin memoria es una novela que sabe bien hacia donde apunta. Jordi no reniega de la novela detectivesca, pero lo suyo es otra cosa. Charlamos un poco sobre C.S.I. y Sherlock Holmes, un tipo de historias en el que el crimen es la anomalía y los detectives a través de la razón y la investigación restauran el orden de un sistema que funciona. En C.S.I. siempre pillan al asesino al final de cada capítulo y el bueno de Holmes se aburre y se desquicia entre caso y caso, pues no hay nada más que arreglar.

No esperes encontrar nada de eso en la novela de Jordi Ledesma. Tampoco la prosa sucia y el olor de demasiados cigarros de la novela negra al uso. De hecho, una de las primeras cosas que llama la atención sobre el libro es el estilo.

“Artillería esquilando atalayas, me deshice de piel que no era mía, romper la discrección de las almas”. Jordi ha optado por un narrador personal y desde la literatura del yo, ya nos marca la diferencia. Esta investigación y esta historia no nos la va a contar ningún detective carismático, es el relato de un novelista que se define como hijo de puta en la ficción y presume de haber contraído un compromiso con la verdad.

Tengo que reconocerle a Jordi que su uso del narrador me ha producido sensaciones encontradas, la voz casi poética choca frontalmente en cuanto el relato comienza a ponerse sórdido. Hasta que me acostumbro me chirría esa contradicción entre alguien que relata hechos tan vulgares de una forma tan elegante. Por otro lado, me llama la atención y desde el primer momento quiero saber qué ha ocurrido en la elipsis entre los hechos relatados y la manera de aprender a contarlos así.

Jordi Ledesma ha escrito la novela que quería y me responde que los contrastes forman parte de su núcleo. El tránsito de la dictadura a la democracia, el cambio de la sociedad analógica a la digital, la transformación urbana del país, la gran urbe y su periferia y en definitiva, el contraste entre el glamour de la civilización moderna y todo lo que esconde bajo la alfombra.

Aunque “La noche sin memoria” es una novela localizada en lo concreto, situándose entre Cambrills y Tarragona, con unos personajes cuyas desapariciones son reales, el lenguaje del libro es universal y me ha llevado a pensar en otros lugares con los que tengo conexión como Torrelavega, Santa Pola, Ferrol o Cartagena.

Cuando lo comento con Jordi me cuenta que, aunque los desaparecidos son reales, Señoritos, Viejos Pescadores, Sicólogas y Dúmpers hay muchos y que esta misma historia ha ocurrido en muchos otros lugares. Me resulta todo un acierto que Ledesma haya optado porque solo los muertos y el narrador tengan nombre propio en esta historia.

No resulta casualidad que el crimen se resuelva a mitad de la novela y no se presente hasta casi el final. Aquí lo que prima es el relato social del contexto y la fauna que transformó el levante en concreto y el resto de la sociedad desde el franquismo a los años 90.

Le comento sobre una escena en La hija del Señorito navega tranquilamente, ajena a las tribulaciones y las angustias vitales de sus padres. Ignorante de la mancha oscura de su herencia, navegando en paz, disfrutando de lo que tiene sin saber de dónde viene.

Hablamos sobre la memoria, y como la historia es una apisonadora que acaba por enterrar todo lo malo. Como escribió Albert Camus:  “Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje no obtiene recompensa”.

Es posible que hayamos olvidado esto, por eso funciona una estructura en la que no se pilla ni se detiene a los malos, pero al menos se los expone. La gratificación moral y la reparación de la justicia es la justa, así que no nos queda otra que reírnos hablando de micropenes y eyaculaciones precoces de los malvados. Jordi vuelve a reírse y también añade que a veces hay que tener dinero para comprar yates para darse cuenta de que comprar yates no da la felicidad. La verdad que no creo que vaya a confirmarlo nunca por mí mismo.

Por cerrar con algo positivo, saco a colación el tema de Urdangarin y Rato, de que la justicia se mueve un poco y le pregunto si piensa que una generación como la mía, más consciente de las miserias del sistema, puede recuperar la fe y algún día volveremos a creernos las historias de detectives al uso.

Coincido totalmente con la respuesta que me ofrece Jordi, aunque el poder tiene todos los recursos que el dinero pueda comprar, nunca ha habido mayor número de licenciados y de cultura accesible. Si historias como la que cuenta La noche sin memoria han ocurrido es porque la sociedad civil ha mirado hacia otro lado.

Me ha costado un poco llegar hasta aquí, pero por fin le pillo del todo al punto a ese narrador que ahora me comenta en persona. Hay mierda a paladas en nuestro pasado histórico, y es necesario mirar hacia ahí. Pero también surgen las flores del estiércol.

Comenta en que hay esperanza, aunque hace falta mucha responsabilidad por parte de todos. Jordi Ledesma nos coloca en la tesitura de ser aquella niña que navega sin rumbo, ajena a todo lo demás, o la de madurar, culturizarnos y trascender ese pasado oscuro hacia algo mejor. Yo por mi parte le cito el título de la novela de Manuel Astur, aunque la cosa pinte negra, creo que “Seré un anciano hermoso en un gran país”.

Guillermo Gutiérrez 

Licenciado en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Se ha formado en diversos centros de escritura como el Instituto del Cine de Madrid (Especialidad en Guión), Hotel Kafka (Máster de Creación Literaria) o la Escuela Contemporánea de Humanidades (Curso de Tendencias Narrativas del Siglo XXI). Escritor de artículos de opinión, relato breve y guiones para videojuegos. Profesor de Literatura Fantástica en Cursos Culturamas. Fundador, entre otros, del “Día del orgullo Friki”.

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