¿Qué queda del padre? La paternidad en la época hipermoderna

CARLOS MURGUÍA.

1. La dialéctica entre la Ley y el deseo

Una de las tesis principales del libro es el hecho de que en nuestra época se ha evaporado la figura del Padre en su forma de representación trascendental de la Ley. Las consecuencias de ello son el goce ilimitado en la forma del consumo compulsivo, la ausencia de límites, violencia, racismo e indiferencia cínica. Para entrar en materia, es necesario especificar en qué consiste el entronque entre la Ley y el deseo. Si bien la opinión popular puede concebir dichos conceptos como mutuamente excluyentes, el psicoanálisis los teoriza como complementarios. En tanto que hay Ley, se establecen límites y parámetros entre los sujetos, esto significa que el deseo opera bajo coordenadas determinadas por valores familiares y sociales, la noción de normalidad y a fin de cuentas, todo aquello permisible bajo los criterios del gran Otro. Dicho de otra manera, la Ley del Otro establece el terreno de juego y las reglas de contacto. La ausencia de límites, por otro lado, no equivale a la libertad y la humanización, sino a la alienación.

En otras palabras, el sujeto al separarse del Otro no queda libre para desear como se le dé la gana, sino que se extravía. Recordemos lo que ocurre con el adolescente que se encuentra en una lucha perpetua con todos los representantes del Otro en la forma de padres, profesores y otras figuras de autoridad. El joven, irónicamente, al momento que rechaza dichos avatares, busca sustitutos del Otro por medio del grupo de amigos, la música, las barras deportivas, la literatura, la pareja y la ideología. Ley y deseo son dos contrapesos en un subibaja: si se produce un exceso de Ley, el deseo queda aplastado. Si hay ausencia de Ley, lo que brota no es una proliferación del deseo liberad, sino del goce. El goce es aquella modalidad del erotismo que va más allá del equilibrio ofrecido por las señales del placer y el dolor y conduce a la autodestrucción en manifestaciones como la drogadicción, los trastornos alimenticios y el hiperconsumo.

2. Las nuevas ortodoxias

Al evaporarse el Padre titánico y trascendental, retornan los fundamentalismos. Por un lado, los extremos islámicos y cristianos, que son una estrategia maniaca para revivir al Padre muerto, pero en una versión severa, déspota y sádica, que anula la posibilidad del diálogo y la diferencia. Esto se manifiesta socialmente en la persecución de homosexuales, violentación de la mujer como forma reivindicativa de lo masculino y la imposición de ideales religiosos dentro del pensamiento de grupo que establece un muro infranqueable entre “nosotros y ellos”. Por otro lado, la nueva izquierda recurre a estrategias similares al ambicionar una vida en la que no existe la diferencia entre los sujetos mediante la búsqueda de la inclusión y la equidad. Dicho de otra manera, la lógica de derecha consiste en la exclusión del otro (homosexual, transexual, extranjero, mujer) con miras a conservar el orden establecido. En cambio, la lógica de izquierda, consiste en la inclusión del otro con miras a borrar la diferencia y desestabilizar el orden. Lo alarmante es que ambas posturas no son contrarias sino complementarias, lo cual procrea una criatura hipócrita que posee un cuerpo donde residen tendencias antagónicas a la manera de Jekyll / Hyde. Construir un muro para bloquearle el paso a lo diferente así como borrar lo distinto al mezclarlo con la masa, son dos formas complementarias de negar al otro. El problema no puede resolverse reviviendo el Padre violento que aborrece el diálogo ni retornando a la Madre incestuosa y fusional que dice sí a todo y anula lo diferente al integrar a todos sus hijos en un solo amasijo.

 

3. Ante el desamparo paterno, consumo de mercancía e información

El sujeto de la era hipermoderna se encuentra en una posición análoga a la del adolescente: al evaporarse el gran Otro, el Padre Ideal, surge un sentimiento de desamparo que produce soluciones desesperadas. Esta pérdida de  un horizonte de sentido, hace que el sujeto sea fácilmente embrujado por objetos de consumo que prometen la completitud. Sin embargo, esto resulta imposible frente a la obsolescencia programada y las infinitas actualizaciones de software que fecundan un ciclo mortífero de sentimiento de vacío y consumo y obsolescencia. Recalcati escribe que la función del objeto de consumo, del objeto de goce, más que fetichista, es anestésica. Su tarea consiste en mitigar el dolor de existir y domesticar, sedar, congelar el deseo. Esta esclavitud en el consumo (y por supuesto en la deuda bancaria que permite al sujeto responder a la demanda de compra) va acompañada de la soledad hipermoderna. Poco a poco, nos damos cuenta que nuestras estrategias de contacto son más bien un encuentro-desencuentro, pues el vínculo se establece mediante Facebook, Tinder, WhatsApp y otras redes sociales. Esto no significa que seamos luditas o que nos suscribamos a la convicción ingenua de creer que “nuestros tiempos eran mejores” que siempre profesa la generación precedente. Más bien, estamos de acuerdo con McLuhan y su propuesta de ser más críticos al incorporar los medios (cualquier extensión tecnológica del cuerpo), pues ellos transforman las prácticas sociales y los modos de percibir el cuerpo. Desafortunadamente, cuando nos percatamos del cambio, es demasiado tarde, pues los medios ya se han injertado a nuestra identidad mental y somática. Otro punto es que estos vínculos humanos facilitados por las redes sociales en realidad carecen de un espacio en blanco, un reposo necesario que posibilite la reflexión y la elaboración psíquica. En el tiempo de la mega compresión del espacio sufrimos de un exceso de presencia del otro. Lo mismo puede decirse sobre la información pues el exceso de ella no produce conocimiento sino estupefacción. La era de la información no es necesariamente la era del conocimiento.

Ante este sentimiento de vacuidad por ausencia del Padre Ideal, surge también una obsesión por el desempeño y el éxito que genera promesas en torno al mejoramiento del ser como convertirse en un gran conquistador que sostiene relaciones amorosas con fecha de caducidad, un ser humano de sesenta años sin marcas de envejecimiento, experto en estilo mediante tutoriales en Youtube, músico en menos de un año, community manager en cuatro meses, hombre con pene de treinta centímetros  y mujer empresaria con su propio despacho esotérico. De este modo, se abre el mercado de la medicación infantil para tratar patologías como el déficit de atención, el coaching, la espiritualidad de pacotilla y el emprendurismo, todas ellas operaciones que demandan al sujeto que no estorbe y siga produciendo-consumiendo.

4. La incertidumbre puede ser la respuesta ante los nuevos Amos del consumo, el emprendurismo y el coaching

El coach, el líder de sectas, el sargento instructor, el padre déspota y el gran Otro sádico que demanda el consumo tienen algo en común: todos ofrecen la felicidad mediante la certeza del Amo. Ellos afirman implícitamente: “Yo poseo el secreto de la felicidad. Si no obedeces, estás perdido.” En contraste, el Padre humanizante es el que asume su propia falta, acepta que no puede resolver el misterio de la vida y la muerte, aquel que facilita el diálogo y el intercambio y acepta que no tiene la verdad absoluta. Ofrece incertidumbre en lugar de certeza. De esta manera, se le abre el camino a la curiosidad, la creatividad y el deseo. Sin embargo, en la época hipermoderna en donde ya no se distingue la diferencia entre la causa y el efecto, en donde al sujeto se le dificulta situarse puesto las distancias espaciales son vagas en la aldea global del Internet y la telefonía celular, el sujeto prefiere las soluciones rápidas y portátiles sometiéndose a la certeza del Amo.

 

5. La reconfiguración de la familia

Para Recalcati, la evaporación del Padre ha fracturado la estructura familiar manifestándose en separaciones conyugales, familias monoparentales, adopciones en las parejas homosexuales e inseminaciones artificiales. Esto, sin embargo, no tiene que ver con un argumento de indignación por parte del autor, sino con el hecho de que la familia, a pesar de que puede reconfigurarse, sigue siendo una institución que no puede desaparecer porque el lazo familiar está destinado a acoger la vida y humanizarla. Lo importante no es si la familia es dirigida por una madre soltera o dos padres del mismo sexo, sino que perdure como un entorno de  educación y de mutuo reconocimiento entre padres e hijos.

La evaporación del Padre ha llevado a un estado de homogeneización entre padres e hijos en donde los primeros, por la angustia de convertirse en progenitores, terminan colocándose en el mismo lugar de los hijos dando como resultado un discurso pseudodemocrático que lo único que hace es borrar los límites entre los miembros y a su vez, engendra conflictos narcisistas en la forma de madres que no quieren envejecer y así producen rivalidades con sus hijas y padres que se entrometen en el desarrollo sexual de los hijos en un ardid de supuesta amistad puesto que al padre querría volver a ser adolescente.

6.  Al odiar al Padre se le mantiene vivo

Debido a la evaporación del Padre, algunos sujetos, con el deseo de crear su propia identidad en el marco de la época contemporánea, dirigen un odio rampante hacia la representación del Padre. Sin embargo, el odio y la renegación son estrategias que no facilitan la independencia del sujeto. Todo lo contrario, el odio nos mantiene unidos al objeto detestado y nos enreda a un vínculo sado masoquista que no tiene fin. Retomando el tema de la encrucijada adolescente, el joven, para su desdicha, no se convierte en un sujeto independiente por medio del exilio y el desprecio de los ideales paternos. Si los reproches dirigidos al gran Otro prosiguen durante la adultez, lo que tenemos es un esclavo que no ha realizado el duelo de separación y la reconciliación con el Amo.

7. ¿Qué queda por hacer?

Dado que el Padre trascendental ha desaparecido y la interdicción ya no se le puede confiar a instituciones como el Estado, los partidos, las escuelas, Dios y la Iglesia, Recalcati asegura que lo que queda es el acto singular del testimonio, el gesto ético de responsabilidad frente al propio deseo. Dar testimonio no se refiere a dar un buen ejemplo o ser el transmisor de universales. Consiste más bien en un ejercicio de la Ley, pero ejecutándola sin caer en la trampa del despotismo de los absolutos o la relatividad permisiva. Esto recuerda al concepto de la madre suficientemente buena (m.s.b.) de Winnicott que consiste en la madre que brinda sólo los cuidados necesarios para el bebé, de modo que éste no quede asfixiado por la angustia de desempeño de su progenitora. A su vez, la m.s.b. falla cuando es necesario. Si hay un equilibrio entre ambas posturas, se establece un ritmo vivaz entre la presencia y la ausencia. Si extrapolamos el concepto de Winnicott, podríamos decir que el padre suficientemente bueno es aquel que posibilita el deseo y la creatividad, pero a su vez, no pierde de vista la necesidad de los límites pues a fin de cuentas, la creatividad y el deseo se fosilizan ante la ausencia de  restricciones. Sin embargo, aún no hay indicios de que sepamos cómo lograr ese equilibrio.

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