La crueldad de mirar sin participar: Ángela Chica es Dolores en una vida de “Mirona”

Por Horacio Otheguy Riveira

En la cima del mundo algunos carecen de vértigo, no temen caer ni desmayarse, más bien adoran esa sensación de plenitud al observar la vida de los otros desde muy lejos, pero sin salpicarse con sus emociones: nada de amor ni de odio, nada de padecer la tensión de elegir entre varios caminos que lleven a alguna clase de paraíso o redención. Así, Dolores es una mujer esbelta que oculta su sensualidad en un infantilismo de niña muy dulce y muy egocéntrica. Desde un tejado observa la vida de los otros, está atenta a los gozos y los sufrimientos ajenos con meticulosidad y texto propio. El personaje conforma su propia dramatización, una teatralidad que surge naturalmente de una necesidad de huida de su propio mundo, una categoría cuyos episodios desconocemos, pues la mujer-niña sólo nos hace partícipes de su mirada actual sobre la vida ajena y sobre el único ser vivo que tiene a su alcance: una mosca que caza al vuelo y encierra en una caja. Le habla como a una amiga que todo lo comprende, es su dosis de comunicación en una existencia más vulnerable por lo que no se dice, ya que la crueldad que es capaz de expresar oculta un misterioso dolor de mujer perdida, como una criminal en fuga, sin contacto humano por propia decisión.

Situaciones verosímiles, incluso realistas, en una pieza que funciona adecuadamente como teatro simbólico, expresionista incluso, en el que las formas y el contenido confluyen con un halo de misterio. Cruel Dolores cuando podría ayudar a quien padece maltrato o está en situación de indefensión. Implacable Dolores cuando sus prismáticos se dirigen a nosotros mismos, espectadores atrapados en su singular tela de araña, un juego escénico notablemente protegido por la iluminación de Pedro Yagüe y Braulio Blanca, quienes nos transportan al tejado de tal manera que también logramos ser los mirones perfectos e intocables al margen del dolor y de sospechosas alegrías. Un objetivo muy conseguido por el propio concepto de producción: ante Dolores, somos ella misma y sus víctimas, los seres abandonados a su suerte… cuando podría en un pispás modificar nuestro destino.

El texto de Paco Bernal es interesante, pero muy breve; le vendría muy bien un mayor desarrollo en el que el personaje pudiera expandirse entre vivencias y recovecos más profundos. Ángela Chica interpreta con detalles enriquecedores, entre matices de encanto con aire angelical, lo que permite sentirla muy cerca en su temible encarnación de una sociedad como la nuestra, cada vez más cerrada en su pequeño hábitat, colgada de su depresiva rutina, incapaz de atender otra cosa que no sea su miedo a mezclarse, su temor a sentir.

Muy atractiva la escenografía de Ícaro Maiterena: madera, cartón y metales, bunker de una criatura que todo lo mira pero a nadie toca, y cuando entra en contacto con un ser vivo lo encierra.

Estupenda atmósfera de comedia negra la creada por el director Juan Vinuesa —más conocido como actor en el Club Caníbal, un fantástico grupo teatral con variopintas demostraciones de humor inclasificable (Herederos del ocaso, Algún día todo esto será tuyo)—.

MIRONA

Texto: Paco Bernal

Dirección: Juan Vinuesa

Monólogo interpretado por Ángela Chica

Iluminación: Pedro Yagüe y Braulio Blanca

Vestuario: Paloma de Alba

Ayudantes de dirección: Tania Medina e Iria Parada

Fotografías: Óscar Arribas

Dirección técnica: Javier Cala

Producción ejecutiva: Edu Díaz

Teatros Luchana, Madrid. 

 

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