‘¡Mira los arlequines!’, de Vladimir Nabokov

RICARDO MARTÍNEZ.

Nunca sería oportuno esperar decepción en la obra de este extraordinario escritor, de su literatura, y sí siempre una grado de sorpresa, de encantamiento por cómo plantea su visión de la realidad, lo que nos viene a deparar en ocasiones algo así como una amplitud de los ricos significados bajo los que ésta puede ser entendida.

Creo que con acierto se nos hace una invitación a la lectura de un modo comprensivo: “Esta última novela constituye el postrero y definitivo eslabón de la larga cadena de ejercicios de autobiografía ficcional en que Nabokov quiso siempre que se acabara convirtiendo su obra” Y hablo del modo comprensivo por cuanto, ¿es que acaso el autor tiene un objetivo, a la hora de escribir, que vaya más allá de sí propio? Es más, cada vez estoy más próximo a considerar que, para el escritor, lo otro y los otros no son sino un complemento, un aditamento a su condición de protagonista único y universal. Y tal vez no podría ser de otra manera. El individuo a solas es tan complejo, tan sorprendente y variada su psicología, su enfrentamiento con lo que llamamos realidad-verdad, que ahí pudiera radicar verdaderamente todo su argumento. Eso sí, por pudor u otras consideraciones, nunca (o casi nunca) llamará a su obra Autobiografía, por cuanto tal título implicaría un condicionamiento de interpretación que no se acepta. Sí ha nacido, como tabla de salvación, una definición equívoca en sí: autobiografía ficcional. Un recurso estilístico, una forma de justicia poética.

Volvamos al principio; lo importante es toparse, en cualquiera de las páginas por las que se abra este libro que es como un cuaderno de viaje vital del autor, con expresiones como: “Solo proyectando esas imágenes estilizadas en la pantalla de mi mente podía aliviar la angustia de los celos carnales, centrados en los espectros. Pero no era infrecuente que resolviera sucumbir ante ellos” La frase, a mi entender, no solo está limpia, escueta y brillantemente construida, sino que es sugerente, insinuadora. Y definidora también de una calidad de escritor. Construye la voluntad de compañía al hipotético lector de una manera sincera, directa. Y éste, necesariamente, ha de iniciar un ejercicio de pensar, de reflexión, de consideración de la verdad-realidad. De su verdad-realidad.

Nabokov, ya se ha dicho muchas veces, es un estilista impecable, un escritor ejemplar para cualquier escuela de iniciación por su concisión. Por su sabia alusión a las cosas y sus significados. O bien, como él gustaba decir, “esmerando la forma de reparar en los detalles”.

Vivió y escribió así, para sí; “¿atrapado en la telaraña del arte?” Por ahí va la cosa

La traducción me parece correcta –y no es fácil salvar la dificultad de traducir a un autor tan perfeccionista- y las notas al texto y la Introducción, un acierto clarificador.

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