Los libros de la isla desierta: ‘Los desposeídos’, de Úrsula K. Le Guin

ÓSCAR HERNÁNDEZ CAMPANO. Tw: @oscarhercam

Antaño, había un anuncio en la tele que afirmaba que un brandy era cosa de hombres. Aseveración desafortunada y repleta de prejuicios que me ha venido a la mente al pensar que la ciencia ficción parece ser cosa de hombres. Nada más lejos de la realidad. Soñar mundos futuros, problemas derivados de la tecnología y experimentos sociales ha sido el terreno explorado por escritores y escritoras de todas las épocas. Los nombres de Huxley, Bradbury, Orwell, Asimov o Dick son conocidos y aclamados como pilares de la literatura de ciencia ficción. Sin embargo, junto a todos esos nombres hay uno que brilla con luz propia; es el de la escritora norteamerica Ursula K. Le Guin. La autora californiana, recientemente fallecida, fue distinguida con numerosos premios de prestigio como el Hugo y el Nébula, galardones del género de la ciencia ficción. Así mismo, se convirtió en la Gran Maestra de la asociación de escritores americanos de dicho género.

Aunque cultivó diferentes géneros literarios, fue en el mundo de la ciencia ficción en el que destacó con especial relevancia. Y fue con Los desposeídos que alcanzó el Olimpo de las letras fantásticas.

El sistema solar cetiano alberga dos mundos habitables que orbitan entrelazados, como la Tierra y la luna. Urras, el planeta madre, es un vergel frondoso, repleto de vida y rico. Allí se desarrolló una variada civilización humana, compleja y con una historia turbulenta. Dos naciones, superpotencias, destacan sobre las demás: A-Io, rica, capitalista e imperialista, y Thu, poderosa y socialista. Los paralelismos con la sociedad de principios de los 70, cuando Le Guin escribió la novela, son evidentes. Bien, pues conoceremos que más de siglo y medio antes surgió en Urras un movimiento anarquista con una filosofía que recuerda al Budismo o al Taoísmo -que la autora practicaba- y que lideró Odo, una mujer visionaria y sabia. Los odonianos pusieron en jaque a A-Io y a todo Urras, propugnando una sociedad sin gobierno, sin dinero, solidaria, fraternal y en la que reinara la igualdad de géneros y la libertad individual por encima de todo. El Gobierno, temiendo una revolución global, ofreció una salida a los odonianos. Les ofreció su luna, Anarres, el planeta vecino, árido, asolado por sequías y pobre, aunque habitable. Los anarquistas aceptaron y firmaron un acuerdo con Urras: minerales de Anarres a cambio de dejarlos vivir. Los odonianos aceptaron para desarrollar su sociedad revolucionaria ideal.

Siete generaciones después, Shevek, un físico brillante anarresti, es invitado a Urras para recibir un prestigioso premio por sus descubrimientos teóricos que podrían revolucionar los viajes espaciales. El científico acepta visitar A-Io pese a las protestas de sus hermanos y hermanas revolucionarias. El viaje al viejo planeta conllevará cambios en la manera de ver los mundos de Shevek y afectará a todos los mundos conocidos.

La novela está construida en dos tiempos que coinciden con los capítulos bajo el epígrafe Urras o Anarres. En los primeros asistimos al periplo del protagonista en A-Io. Sus conversaciones científicas y el contraste entre las maneras tan diferentes de vivir de personas que, a fin de cuentas, son de la misma especie. Shevek va conociendo la verdad sobre Urras, los diferentes países que lo componen y la naturaleza de la sociedad que sus antepasados abandonaron.

En los capítulos sobre Anarres conocemos la vida del protagonista desde niño, su proceso de maduración, sus relaciones y, sobre todo, el sistema de vida odoniano -que la autora describe con detalle-, la sociedad anarquista, las ventajas e inconvenientes, las inercias y los peligros que la acechan, en definitiva, el precio de la libertad, la igualdad y la fraternidad verdaderas.

También Le Guin nos da cuenta, en breves pero clarificadores pasajes, del futuro de la Tierra, de lo que ocurrió o, mejor dicho, ocurrirá, añadiendo a la ciencia ficción la narrativa propia de la distopía.

Los desposeídos es una novela reveladora, emocionante, bella, repleta de reflexiones y sabiduría, de amor por la humanidad, por el planeta que nos acoge y por el cosmos, nuestra casa. Todo sin descuidar el alma humana, sus anhelos, sus sueños, sus contradicciones y sus deseos. Es una novela que arranca un suspiro al terminarla, porque es imprescindible y hermosa, y por eso me la llevo a la isla desierta, para leerla a la luz de la luna e imaginar que otra sociedad es posible.

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