‘Frankestein in Baghdad’, atisbo y miradas

JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA.

Todo relato es apenas recuento de los incidentes definitorios de una vida: jirones fundamentales que conforman la memoria humana y permanecen después de que todo lo susceptible de recordar haya desparecido: “No hay inocentes que sean completamente inocentes, así como no hay delincuentes que sean del todo criminales … Todos los criminales que [el Whatsitsname] mató también fueron víctimas”. Es ésta una novela sobre los estragos y las recompensas de la guerra: de cómo los civiles luchan por adaptarse a las estructuras del enfrentamiento, y cómo encuentran (o no) una manera de acomodar los vestigios del conflicto hasta que llegan los tiempos de paz.

Retrato perversamente humorístico de la invasión estadounidense de Iraq desde el punto de vista de los daños colaterales, Frankenstein in Baghdad (Oneworld, 2018. Traducción de Jonathan Wright) propone una relectura del clásico de la autora decimonónica Mary Shelley entre descripciones saturadas de luz, polvo, minaretes y el fragor de la lucha. Retrata la novela del autor y cineasta iraquí Ahmed Saadawi (1973) un mundo brutal dominado por la destrucción y rodeado por la nada: la violencia arbitraria y el sinsentido se encuentran con la dignidad, lo que a su vez les confiere significado. La oscuridad impregna el comienzo y el final del recuento, la repetición es implacable: en medio de la descripción concreta, el detalle en el vacío. El efecto material del estilo ascético redunda en el significado, que reside en lo más profundo de las palabras, en los espacios que las separan.

El chatarrero Hadi no tolera la idea de entierros apresurados de cadáveres incompletos, por lo que aprovecha la miríada de miembros amputados que cubren las calles para crear un ser humano de retazos: “El lugar donde la nariz debería haber estado [estaba] desfigurado, como si un animal salvaje la hubiera mordido”. Como en un ciclo sombrío e interminable, la historia alude al devastador efecto de la violencia en cuerpos, mentes, familias y sociedades. El conflicto libera el sadismo rampante dentro de la población civil. Escenas de mutilaciones y asaltos están impregnadas de un raro lirismo, mientras dan paso a la sensación de apocalipsis.

Seguido de cerca por el dantesco Departamento de Seguimiento y Persecución, surge la trama apartada del campo de batalla, en un prosaico Bagdad de autobuses escolares y riberas vistas como a través de un cristal. Mina el relato el conflicto en Iraq para investigar cuestiones universales sobre la medida en que tenemos el control de nuestras vidas, el grado en que somos capaces de ejercer el libre albedrío: “Durante sus espasmos de muerte lenta a través de las calles desoladas, [el Sin Nombre] estaba plenamente convencido de que su rostro era un compuesto de los rostros de su pasado más lejano, la cara de su propio pasado, que él jamás pensó que pudiera tener rostro alguno”. A base de atisbos y miradas, en lugar de historias extrapoladas, Frankenstein in Baghdad (Premio Internacional 2014 de Ficción Árabe) muestra lagunas que son ausencias embarazadas en las que la emoción cruda yace codificada. La realidad se discute, pero nunca explícitamente.

Logra su autor, seleccionado en Beirut39 como uno de los mejores autores árabes menores de cuarenta años, manejar opresión y reconciliación en el contexto reducido de unas páginas. Guerra, locura, sufrimiento: si bien no pueden transmitirse en palabras, dar testimonio de ellas es esencial. Se desdibujan para ellos los límites entre realidad y fantasía: aporta el autor de The Beautiful Country (2004) en esta novela, seleccionada para el Premio Man Booker Internacional de 2018, una representación perceptiva del conflicto bélico: cose lo misterioso a lo vulnerable, sutura el dañado tejido de lo entumecido. Testigo de una guerra en particular, aporta una visión vital de la humanidad a partir de su vergüenza e incomprensible violencia.

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