Así no se puede gobernar, César Mundaca

CÉSAR MUNDACA.

En 1990, el miedo recorría todos los rincones de mi escuálido cuerpo. Miedo de que Sendero Luminoso, luego de diez años de asesinatos selectivos, apagones, paros armados y coches bomba, tome el poder por la fuerza. Miedo de quedar atrapado en el torbellino caótico de la extrema pobreza, porque la situación económica del país no sólo era catastrófica, sino también dramática, muy dramática. Miedo del tenebroso poder del narcotráfico. Virus infeccioso al igual que la corrupción. Plaga aniquiladora de los anhelos republicanos más sublimes. Miedo, miedo, miedo, todo era miedo en mi aturdido, saqueado y ultrajado país. En ese contexto, tan tétrico, tan desesperanzador, tan jodido, se realizaron las terceras elecciones generales desde el retorno a la democracia.

El ganador fue nuestro multipremiado cuentista Mauricio Vargas Llona, candidato de Revolución Liberal, un emergente movimiento político de derecha. Este triunfo no causó sorpresa. Todos sabíamos que ganaría. Todos sabíamos que sería “Varguitas”, como lo llamaban cariñosamente sus allegados, el que iba a ceñirse la banda presidencial frente a los jubilosos ojos del mundo entero. Así lo revelaban las encuestas desde hacía tres años antes. Y así ocurrió.

Vargas fue consciente, desde la noche festiva del triunfo, que no podía gobernar con el talante confrontacional de la afiebrada campaña electoral. La ciudadanía, asqueada de los políticos profesionales, le otorgó más del cincuenta por ciento de los votos, pero a su movimiento no le concedió la mayoría absoluta en el Congreso. Lo cual hacía peligrar la aprobación de las reformas prometidas por Mauricio. Por ello, creó una comisión especial para negociar el programa reformista con los demás partidos y las organizaciones sociales.

Las negociaciones tuvieron lugar en el mítico Bar La Capilla. Allí, entre humeantes sopas de pescado y margaritos de Cerveza Cristal, nació, cuatro días antes de la investidura, el Pacto Raúl Porras Barrenechea. Acuerdo que fue firmado por el presidente electo, representantes de Revolución Liberal, Adelante, el Partido Popular Bedoyista, el minoritario Poder Andino, las combativas centrales sindicales, los gremios empresariales, la iglesia católica y las iglesias evangélicas. El Partido del Pueblo e Izquierda Mariateguista se abstuvieron de participar.

Sin embargo, quienes imaginaban, quizás con cierta ingenuidad, que el gobierno liberal sería el del diálogo fructífero, el de las transformaciones estructurales, se equivocaron. Desde los primeros meses, la oposición recalcitrante, algunos parlamentarios camaleónicos del oficialismo y empresarios avorazados vinculados a la campaña de Revolución Liberal, se encargaron de socavar, paulatinamente, al nuevo régimen. En cambio, Adelante y el Partido Popular Bedoyista adoptaron una posición ambigua, con tintes demagógicos. “Ni con el gobierno, ni con la oposición. Hoy más que nunca somos aliados del Perú”, afirmaban sus viejos líderes.

Cuando el presidente anunció las primeras medidas de ajuste económico, Izquierda Mariateguista y los sindicatos acusaron al gobierno de destrozar los bolsillos de los trabajadores, de matar de hambre a los desposeídos, de entregar el país en bandeja a las clases pudientes. Durante el primer año de mandato, examen de fuego para cualquier gobernante, sembraron la semilla del desconcierto: organizaron tres paros nacionales, sorpresivas tomas de entidades públicas, violentas marchas callejeras y barricadas en las carreteras longitudinales.

El Partido del Pueblo, por su parte, apostó por el obstruccionismo. Rechazó, en contubernio con sus aliados, ambiciosos proyectos de ley enviados desde el gobierno, auspició absurdas interpelaciones contra ocho ministros de Estado y con sus votos contribuyó, como tantas otras veces en el pasado, a la censura del primer gabinete ministerial. Todo esto ocasionaba continuas fricciones entre el presidente Vargas y el Congreso. Las tensiones se aliviaban cuando mediaba el Cardenal Augusto Villa.

Tras las fiestas patrias, el Partido del Pueblo radicalizó su postura. Interceptaron, mediante agentes encubiertos, bochornosas conversaciones telefónicas entre influyentes senadores liberales, capos colombianos de la droga y empresarios lobbystas. Cuando un nuevo audio era difundido, aparecía el gangsteril expresidente Alfieri Gatica repudiando los actos de inmoralidad cometidos por los involucrados: “Este es el gobierno de las ratas gordas, de los faenones. ¿Para eso quería transformar la patria, señor Vargas? El Perú se jodió cuando usted decidió meterse a la política”, sostuvo indignado, sobreactuando frente a las cámaras de televisión.

El presidente, naufragando en las arremolinadas aguas de la anarquía, se enclaustró en su casa de Barranco para reflexionar durante la Semana Santa. La noche del domingo de resurrección anunció su renuncia irrevocable a la presidencia. Lo hizo por medio de un mensaje transmitido desde Palacio de Gobierno, acompañado por sus ministros, con el rostro enojado, alzando su peculiar voz para increpar a las escorias.

Mientras tanto, el Perú continuaba entrampado en la crisis más calamitosa, más profunda, más deprimente, de toda su historia republicana. Fuimos un país invivible, sin brújula, sin rumbo, sin nada, por unos cuantos años más. “¿Cómo hemos sobrevivido al desastre?”, le pregunté alguna vez a Felisberto, mi abuelo materno. Me observó de reojo, meneó la cabeza, y respondió: “Mijito, sobrevivimos de milagro. Lo malo es que salimos de un desastre, pero luego entramos en otro. Ya nos acostumbramos”.

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