Roma (2018), de Alfonso Cuarón – Crítica

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Por Jordi Campeny.

Cuando el cine se pone al servicio de la vida, minúscula, puede dar lugar a cine mayúsculo, del que atraviesa la piel y se queda atesorado en el alma. Cuando de una película emerge verdad, desnuda, puede pulsar nuestras teclas más íntimas, aunque estemos viendo los pasos erráticos de una actriz iraní en busca de una admiradora muerta, el deambular en círculos de un exconvicto gaditano o los quehaceres diarios de una empleada del hogar en el México de principios de los setenta.

Coinciden ahora mismo en cartelera tres grandes películas, bellísimas y humanistas, en las que realidad o memoria van de la mano con la pura ficción cinematográfica, y en las que resulta muy difícil discernir dónde acaba lo uno y dónde empieza lo otro. La primera, la de la actriz iraní en busca de una admiradora que cree muerta Tres caras del director Jafar Panahi, condenado a arresto domiciliario por el régimen de su país; un sutil y estimulante ejercicio autorreferencial, no exento de una crítica feroz a la realidad de su tierra. La segunda, Entre dos aguas; un hermoso y complejísimo cruce entre ficción y documental, tras el cual su director, Isaki Lacuesta, se desvanece para que emerja, simple y llanamente, la puta vida. Y la tercera, la que nos ocupa, un maravilloso fresco de la memoria sentimental de su autor, el mexicano Alfonso Cuarón: la evocadora y exquisita Roma.

Roma vio la luz con la controversia debajo del brazo. Premiada con el León de Oro en el último Festival de Venecia, la película, producción de Netflix, no tenía prevista su exhibición en las salas de cine. Sus múltiples galardones, su innegociable sello de calidad, las peticiones y su condición de película-evento lograron que, finalmente, Netflix haya cedido a la exhibición, por tiempo muy limitado, en algunas –poquísimas– salas españolas. La polémica sobre las nuevas formas de consumo de cine en detrimento de la clásica liturgia de acudir a las salas está más viva que nunca. Que cada uno vea cine como quiera; pero que lo vea. En cualquier caso, las salas se están llenando para ver Roma, y ello constituye una excelente noticia, puesto que no puede haber una forma mejor de disfrutar de esta importante –e imponente– pieza maestra que en la oscuridad de una sala, con un sonido óptimo y una pantalla grande.

En 2013, Alfonso Cuarón viajó al futuro y al espacio exterior en Gravity. Cinco años después emprende un viaje al pasado y al interior de su memoria. A su infancia, a sus recuerdos y ausencias, a un México en ebullición y, por encima de todo, a la sirvienta de su familia, la mujer que lo crió. Cleo. Roma es un sentido homenaje a su Cleo y a todas las Cleos de este mundo. Mujeres valientes y abnegadas al servicio de familias más acomodadas; mujeres normalmente situadas en los márgenes –tanto en la realidad como en la ficción– que aquí ocupan su merecido lugar en el epicentro.

Cuarón asombra y conmueve con su cámara y con su vida, con su bellísima fotografía en blanco y negro y sus coreografías domésticas; íntimas y universales. Cleo y todos sus satélites se mueven entre hermosas panorámicas laterales y planos para el recuerdo, ofreciendo una auténtica lección de lenguaje cinematográfico. Y, aunque autobiográfica y profundamente personal, la película nunca pierde su perspectiva histórica ni un cierto carácter universal. Ante Roma, a cualquiera le puede arañar la nostalgia por su propio paraíso perdido.

Roma es el humo del tabaco del padre, las lágrimas de la madre hablando por teléfono en una habitación cerrada, el ruido de los coches familiares entrando con dificultad en el patio, la luz de la mañana en la azotea y las mierdas del perro. Es el dolor por los que se van y es la tranquilidad que transmiten los que siempre se quedan. Son los aviones reflejados en el agua, los baños temerarios en un mar embravecido y la familia unida frente al televisor. Es Cleo haciendo la vida más fácil a los demás, aunque la suya esté hecha pedazos. Roma es una inolvidable mirada al pasado, a todo lo que se perdió y a lo único que permanece: el amor. Este amor puro y auténtico que hace que no nos detengamos y que no se detenga el mundo.

 

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