El Léthe bizantino: de cómo el diestro Imperio intelectual cayó por la latreía atávica

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Por Tamara Iglesias

Desde el génesis de nuestra trinchera histórica, la sagacidad de representación y expresión de nuestra autárquica forma de vida se ha aglutinado con la necesidad de hacer constar nuestras inquietudes personales, políticas, sociales e intelectuales, configurando y transmutando diversos registros en función de las parquedades deontológicas de cada cultura, período y lugar. La coartación cronológica y geográfica resulta por tanto inherente a la adaptación de este pensamiento que, al igual que adelantaba Foucault en su magnífica tesis “encaballa una sacralización del corte habitual y rutinario cual potro de carreras desbocado que no se atreve a mirar en derredor”.
Precisamente la historiografía ha caído a menudo en este galope dirigido por un jinete más focalizado en la curva del conservadurismo que en el envite presentista del caballo, motivando la demarcación de cientos de figuras, compendios y organismos que hallaron su final entre las raídas páginas de aquellos divinizados libros de texto que actuaban como tamizadores de lacerantes epístolas discontinuas. Uno de tantos segregados fue sin duda Bizancio y su pingüe memoria insigne que si bien nos permite discernir su incentivo en la rotación cognitiva de la Edad Media, hubo de perder en la lidia contra aquella Elláda clásica laureada en el podio del saber popular.
Orientados hacia la Nova Roma refundada por Constantino I el Grande en el 330 (y no en la colonia griega tracense), debemos considerar que la vida en Bizancio trotaba rasante entre la influencia del helenismo, del Imperio romano y del orientalismo (especialmente dirigido este último por la mano del movimiento espiritual conocido como Islam), siendo cada porción de estas áreas fundamental para la simbiosis sucesiva; del mundo clásico tomarán la lengua (latín y griego) esencial para la transmisión de textos filosóficos, destacando especialmente los de Juan Filopono de Alejandría (comentarista de las obras de Aristóteles), los manuscritos de índole histórica (mención honorífica merece Procopio por su “Historia Secreta” sobre el emperador Justiniano) o incluso teológica, de entre los que destacaré a Gregorio de Nissa y Juan Crisóstomo por su registro de un lenguaje más subjetivo y notoriamente personalizado. Mientras que del islam sin duda hubieron de beber de la expedita sapiencia científica, médica y matemática que hasta el siglo VII había encontrado su morada en la actualmente extinta ciudad de Alejandría.

Portada de la obra “Historia secreta” de Procopio, publicada y traducida en 1369

Tres culturas dispares fusionadas gracias a dos notorios pilares: la necesidad burocrática de conocimientos que facilitasen un buen gobierno de la región a través del cálculo, la base jurídica y la resonancia literaria, y la intensa curiosidad intelectual recogida en los monasterios, espacios que más allá del culto o la oración buscaban la conjunción de una agudeza letrada por medio del estudio y la recolección-transcripción de códices. Pero si bien en este ámbito de la cultura sinérgica de Bizancio la iglesia cristiana tendió su mano a la tolerancia y la investigación por lo desconocido, no lo hicieron así los emperadores León III (el Isaurio) ni Constantino V, quienes vieron en el aglomerado cultural una llamada revulsiva contra su hegemonía; su marcada postura de ayuno ilustrado encontró su cabeza de turco en la iconoclasia, es decir, en la lucha sin cuartel en contra de la imaginería y la riqueza didáctica. El temor de ofrecer al pueblo una mirada esférica e infinita anidaba bajo sus coronas, trasladando la necesidad de un legado eclesiástico en su estado más austero y coartando la libertad de aquellos artistas o pensadores que habían emitido con absoluto fervor heurístico las escenas más variadas del saber continental; en su lugar el solitario ornato que encontró la admisión sacra fueron las volutas, los acantos y la flora al más puro estilo de un papel pintado de los años 80. De algún modo podríamos argüir que la naturaleza semejaba recuperar involuntariamente aquello que el civitatis le había sustraído, forzándola a una atracción inesperada y considerablemente pro-destructiva.
Los trabajos del excelso Juan Damasceno (defensor de la iconodulía) y la profusión erudita vivida desde la era de Justiniano (con el estudio de la simetría, anatomía y representación realista de las figuras) fueron insuficientes para hacer frente al caos de esta crisis, de la que ni tan siquiera las obras de Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto pudieron zafarse; cientos de composiciones magistrales que adornaban templos y volúmenes compendiados fueron devastadas o veladas con nuevas trazas que instigaban al reflejo de una imagen pura, sin ambigüedades, sin interpretaciones humanísticas y, en definitiva, sin una devoción cultural que no retornaría hasta la llegada del Renacimiento. De pronto Bizancio cerraba sus puertas a la diversidad.

Representación de la Emperatriz Irene (Mosaico en la basílica de Santa Sofía de Constantinopla)

Tras años de violentas partidas en monasterios e iglesias de todo el imperio, la partida iconoclasta vio su fin cuando Irene de Atenas (nuera de Constantino V y esposa de León IV, más conocido como el Jázaro) ocupó el trono en lugar de su joven hijo Constantino VI en el año 792, restituyendo mediante el II Concilio de Nicea los inconódulos (la veneración de la imagen humana frente a la decoración vegetal) y reunificando el concepto de ratificación docta; nuevamente los beaterios acogieron corrientes filosóficas extranjeras, las escuelas apostaron por una doctrina desembarazada de preconcepciones segregacionistas, los templos se adornaron con ricos mosaicos, y en las calles se aclamaba a la mujer que había devuelto el esplendor al territorio. Por desgracia, la inesperada flecha de Eris (la discordia) ya había fijado su diana en el corazón de aquella potencia reformada que fuera ideal de tolerancia y adhesión libre (casi a la maniera de una utopía dependiente de la voluntad imperial), en tal modo que la adventicia presa comenzaba a ralentizar sus latidos ante al voraz depredador de la estructura falocentrista. La ignominiosa latreía atávica (adoración patriarcal) forjó una alianza entre Carlomagno y el papa León III quienes, movidos de nuevo por el miedo al destierro supratorio, acusaron el certero lance a la capital que ahora se encontraba maniatada por la envestida de una generatriz proverbial: el rechazo de Irene a la proposición de un matrimonio de conveniencia con el Imperator Augustus derivó en sucesivos ataques que culminaron con el golpe de estado de Nicéforo y el destierro de esta gran mujer a Lesbos en el año 802.

“Aquella peligrosa hembra que predicaba sin razón en el reino ya no podrá destruir la estoica disposición que mantiene viva nuestra gloria”, escribiría el Papa en una de sus cartas a Alcuino de York tras la muerte de ésta en el exilio, y con estas mismas palabras Léthe (el olvido) había logrado profanar el principio de evolución cultural a costa de mantener una dinámica idiosíaca, forzando al retroceso de Bizancio hasta convertirlo en una mera sombra, una significación anecdótica para las conciencias europeas, cuya nominación no volvería a dejarse oír hasta el siglo XIV.

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