‘Radiografías de la melancolía y la nostalgia’, de José Manuel Bielsa-Gibaja

Radiografías de la melancolía y la nostalgia

José Manuel Bielsa-Gibaja

El Transbordador

Málaga, 2018

120 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Un buen radiólogo reconoce en las imágenes no solo la patología, sino la historia del cuerpo retratado, con sus nudos y desenlaces. De ahí que buena parte del libro esté dedicado a la historia de la melancolía y la nostalgia, la una considerada enfermedad mayor, la otra un apéndice de la primera que, a su vez, se define por remitirse al pasado sin cortesía. De hecho, José Manuel Bielsa-Gibaja tiene el acierto de no hablar en abstracto sobre ambas, de referirse a ellas en tanto que sentimientos humanos, como algo concreto. Digamos que como algo que atañe a los enfermos, no a las enfermedades. De ahí que buena parte del libro sea una confrontación socio-histórica entre la depresión, con sus contextos, y las convicciones. Son las convicciones, los ideales, los sueños, las causas de justicia lo que nos arranca de los brazos de la melancolía -y la nostalgia- para permitirnos vivir en el presente y construir proyectos de vida. Sobre esa hipótesis se cimenta este ensayo que comienza en el momento en que el mono se baja del árbol y agarra un palo gracias al dedo gordo o, para ser más exactos, con el momento en que el hombre pone en marcha el relato.

Durante siglos lo que se impone, con uno u otro nombre, es el mito. El carácter del melancólico es inexplicable y como a todo lo que carece de concreción, se le viste con mito o con leyenda. Así pasa el depresivo, que es el enfermo de melancolía, al colectivo imaginario y se le integra socialmente, o se le deriva socialmente. Los mitos y la religión, tan estrechamente vinculados (si no se considera lo mismo) dominarán el parecer público sobre el melancólico, sin negar dos aspectos en los que se centran los estudios de quienes se preocupan por ellos: el médico y el político. Sí, porque son parte de la polis y es preciso gobernar con ellos y para ellos. Mientras tanto, los estudios en medicina siguen corrientes que, desde la descripción que nos hace Bielsa-Gibaja, a fecha de hoy resultan, de nuevo, míticos. Las lecturas pueblan el ensayo, así como las facultades de resumen del autor, que son precisas y, tal y como las expresa, nos entregan al texto con una facilidad inesperada en el panorama del ensayo español, donde se premia lo oscuro.

Todo lo que viene siendo mito, política o ciencia, terminará acabando en corrientes filosóficas, en ética, hasta que se fundan la psicología y la psiquiatría. Las fechas que parecen figurar como los cambios de perspectiva sobre la melancolía y, sobre todo, la nostalgia, son el inicio y el fin de las corrientes románticas. A partir de entonces Bielsa-Gibaja nos lleva al ensayo de actualidad, a la tristeza del mundo actual, una forma de arrancarnos el yo, de desnaturalizarnos, en la que la pérdida de contacto humano, y con la naturaleza, predice un futuro sombrío. Son párrafos escritos desde la reflexión, ideas cogidas a vuela pluma mientras pasea por las calles de un polígono industrial, confiesa, que se emparejan con las de algún autor que ha tratado el tema con rigor, como Byung-Chul Han. Son conclusiones sobre un tema que ha llevado a la humanidad a identificar un temperamento con el hombre lobo y, más recientemente, con los zombis y vampiros. Existir es difícil, y hacerlo sin melancolía es casi imposible. La diferencia es de grado, de definición patológica, como expresa Bielsa-Gibaja, por ejemplo, cuando compara un cuadro de Vermeer con uno de Hopper. Y parece que se está haciendo tarde para reaccionar. Aunque el optimismo del autor es de un incorregible que agradecemos. Al fin y al cabo, si no se confía en el resto de la estirpe humana para salir del atolladero, ¿en quién podemos confiar?

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