Los libros de la isla desierta: ‘La vuelva al mundo en 80 días’, de Jules Verne

ÓSCAR HERNÁNDEZ CAMPANO.

Ahora que son tiempos de rememorar la infancia, he elegido leer este clásico de la literatura de aventuras. Tras disfrutarlo como un niño y adentrarme en sus páginas con la mirada de un adulto -y de un escritor, para más inri-, llego a la conclusión de que esta novela debe tener un hueco en mi biblioteca de la isla desierta.

Jules Verne -me permitirán que no insista en lo de ‘Julio’, igual que nadie diría ya Carlos Dickens o Guillermo Shakespeare como era costumbre antaño-, el prolífico escritor galo, escribió una serie de novelas que se engloban en el ciclo de los ‘Viajes extraordinarios’, donde hallamos Cinco semanas en globo o Veinte mil leguas de viaje submarino, entre otras. Pero quizá, La vuelta al mundo en 80 días es la más icónica de todas, por su audacia, por su humor y por su protagonista.

Supongo que nadie ignora el argumento, grosso modo, de esta novela. Por si acaso, lo resumiré. Phileas Fogg es un solitario, flemático, frío y puntual caballero inglés, un digno representante de la Inglaterra victoriana y del Imperio Británico. Cada día, con exquisita puntualidad, acude al Reform-Club, un lugar elegante donde los gentlemen juegan al whist, leen el Times y toman el té hasta que se hace hora de volver a sus elegantes residencias. Pues un día, el señor Fogg y sus compañeros de naipes comentan la noticia de la inauguración de la línea férrea que une Bombay con Calcuta, y discuten sobre si sería posible dar la vuelta al mundo en tres meses. En 80 días, replicó Fogg. Así se inicia una discusión que termina en una apuesta. Si Fogg regresa al cabo de 80 días exactos al Reform-Club, ganará la fortuna de 20.000 libras. Si no lo logra, las pagará él y quedará en la ruina.

El viaje se inicia inmediatamente. En esta aventura lo acompaña su recién contratado sirviente -el anterior fue despedido por calentar el agua para el té unos grados más o menos, poco importa, de lo que Fogg le había ordenado-. Passepartout, el sirviente de origen francés, no da crédito a la aventura en la que se ve inmerso, sin embargo, su poderoso sentido de la lealtad lo lleva a acompañar a su señor alrededor del mundo.

Por otro lado, esa misma semana, alguien cuya descripción coincide con la de Phileas Fogg ha atracado el Banco de Inglaterra y se ha llevado un botín de 55.000 libras. La repentina marcha de Fogg, así como su carácter hermético -no tiene familia ni se le conocen amistades- ponen a la policía tras su pista. El agente Fix se convertirá de ese modo en el acompañante no invitado de nuestros intrépidos aventureros.

París, Bríndisi, Suez, Adén, Bombay, Calcuta, Hong-Kong, Yokohama, San Francisco, New York, Liverpool y Londres. Este es itinerario del intrépido e imperturbable gentleman. Aunque, claro está, las dificultades comienzan enseguida a poner en peligro el éxito de tamaña empresa.

Hasta aquí la sinopsis de la novela de aventuras. El nudo y desenlace es de todos conocido. No obstante, esta novela, calificada siempre como juvenil (la edición elegida, la de Edebé, así lo explicita), esconde otras capas o niveles de lectura. Se podría decir que es un texto que pone en evidencia el eurocentrismo que nos ha acompañado desde hace siglos. En la práctica, Fogg viaja -salvo en los Estados Unidos- por territorios del Imperio Británico. De hecho el agente Fix espera echarle el guante en cualquiera de estos lugares con la autoridad del Gobierno, imperante en medio mundo. Es un texto que evidencia la oposición entre la civilización occidental y los otros pueblos, que no salen demasiado bien parados. Árabes, hindúes, chinos, japoneses, nativos americanos e incluso franceses, aparecen como salvajes, incultos, torpes, cortos de entendederas e incivilizados. ¿Trataba Jules Verne de ironizar o criticar la flema y los aires de superioridad de los británicos o pensaba así, como era bastante general en su época y propio de su educación conservadora?

Otro apunte habitual en Verne es el de remarcar las bondades del progreso científico y tecnológico. Defensor del progreso tecnológico por el bien de la humanidad, se le considera uno de los padres de la ciencia ficción y visionario (describió el submarino, el helicóptero, internet e incluso el AVE).

Sea como fuere, La vuelta al mundo en 80 días es una novela magistral, divertidísima y digna de releer con la mirada de un joven lector.

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