‘Relatos para piano’, de Felisberto Hernández

PEDRO PUJANTE.

Volver a leer a Felisberto Hernández es siempre un placer, así que se agradece que Jus Ediciones haya rescatado algunos de sus cuentos para armar una antología titulada Relatos para piano. En ella afloran muchas de las obsesiones temáticas del escritor y pianista uruguayo, como las claves autorreferenciales, ambientes lírico-oníricos, los pianistas mediocres y la colisión sutil entre realidad y fantasía.

Hay en este volumen un cuento que destaca, “Las Hortensias”, una historia de amores y obsesiones, que se establece entre la ternura y la parafilia, entre el amor infiel y la locura. El protagonista es un coleccionador de muñecas que adquiere por una de ellas una fijación enfermiza. La mujer, quien contemplaba a las criaturas artificiales como hijas, acaba por sucumbir a los celos y el “triángulo amoroso” acaba por desestabilizarse. En esta historia Hernández muestra sus mejores dotes de cuentista, desgranando una historia de una belleza sutil pero aderezada con la intensidad de lo macabro, rayando en lo patológico y hasta en lo grotesco. Esa frágil frontera en la que se mueve el relato, sin decantarse ni hacia la cursilería ni hacia la obscenidad, ni hacia lo real ni hacia lo imaginario, hace que se constituya como una pieza perfecta, una delicia de narración cargada de poesía, sueños, predicciones, hondura y también de hermosas reflexiones sobre la naturaleza humana de los objetos, el alma y los fantasmas. Hay en este cuento insinuaciones acerca de posesiones de muñecas, escenas truculentas de muñecas apuñaladas o metáforas tan funestas como el piano convertido en ataúd.

En “La envenenada” el narrador y protagonista es un escritor, lo que le permite al autor reflexionar con cierta crudeza e ironía sobre el acto de escribir, a través de las imágenes que le sugiere la visión de una mujer muerta por envenenamiento. Esta frialdad que se consigna al transformar la muerte en mera imagen literaria funciona para construir la realidad desde la literatura, reclamando ese poder de la ficción como herramienta vertebradora de la realidad, y a la vez para exponer una visión desabrida, incluso nihilista de la existencia.

También en “Juan Méndez o Almacén de ideas o Diario de pocos días”, texto con tres títulos, es una reflexión metaliteraria, en la que Felisberto Hernández desdeña el argumento para teorizar sobre el mismo acto de la escritura, la ficción, aunque esta pieza pueda quedarse, a pesar de sus logros en cuanto a meditación del propio yo escritor, como un mero ejercicio de estilo.

El texto más inclasificable es “Genealogía”, una pieza simbólica (y simbolista) en la que leemos “Hubo una vez en el espacio una línea  horizontal infinita. Por ella se paseaba una circunferencia de derecha a izquierda. Parecía como que cada punto de la circunferencia fuera coincidiendo con cada punto de la línea horizontal. La circunferencia caminaba tranquila, lentamente e indiferentemente”. ¿De qué nos habla el autor?

En “El cocodrilo” el protagonista es un pianista fracasado que se gana la vida vendiendo medias y que ha desarrollado la habilidad de llorar para lograr aumentar sus ventas. Paródico a la vez que melancólico, este cuento condensa varias de las claves de la poética hernandiana: el fracaso, la complejidad de la vida, el humor y el recuerdo como evocación lírica de la existencia.

Los cuentos de este volumen, en general, son irregulares, pero pueden servir para hacernos una idea cabal de la gran plasticidad del autor, de su gran sensibilidad y su capacidad para fabular desde la intuición. Como él mismo advierte en “Explicación falsa de mis cuentos”, la breve pieza que cierra la antología, él mismo ignora el funcionamiento de su conciencia y cómo procede para escribir sus cuentos, porque estos tienen vida propia.

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